Una historia sobre las cicatrices del pasado, las decisiones imposibles y la dolorosa lección de que, a veces, incluso el amor más intenso necesita ser Cuestión de tiempo.
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Capitulo 18 El detonante
El timbre de mi apartamento seguía sonando, interrumpiendo las palabras posesivas de Liam a través de la pantalla. Sus exigencias de que no abriera la puerta y su desesperación solo me generaron un profundo cansancio. Yo ya sabía lo de su hijo; conocía esa realidad desde antes de que se parara en el altar con Tiffany. Que ahora usara el dinero y ese embarazo —el mismo que destruyó nuestro futuro— como una justificación para mantenerme en pausa mientras él resolvía su farsa, era algo que yo no iba a permitir.
—Llegaste tarde, Liam. Muy tarde —le dije con voz gélida, mirándolo fijamente a los ojos a través de la cámara—. Disfruta de tu dinero y de tu nueva vida. A mí déjame en paz.
Antes de que pudiera gritar o protestar desde su auto en Nueva York, deslicé el dedo por la pantalla y corté la llamada. Acto seguido, apagué el celular por completo y lo dejé caer sobre el sofá. Respiré hondo, intentando obligar a mi corazón a recuperar su ritmo normal, y caminé hacia la puerta.
Al abrir, la figura alta y la sonrisa cálida de Oliver funcionaron como un bálsamo inmediato.
—¿Lista para conquistar la biblioteca? —preguntó de buen humor, aunque su sonrisa se desvaneció un poco al notar mi palidez—. Zoe, ¿estás bien? Parece que hubieras visto un fantasma.
—Estoy bien, solo... un poco abrumada con las lecturas del posgrado —mentí, forzando una sonrisa mientras tomaba mi abrigo—. Vamos, el aire fresco me hará bien.
Pasamos la tarde entera en la biblioteca del campus. Oliver se portó increíblemente tierno y comprensivo; me trajo un té caliente, me ayudó a organizar las fichas de estudio y respetó mis largos silencios. Sin embargo, por más que clavaba los ojos en los libros, mi mente era un caos total. Las palabras de Liam resonaban en mi cabeza como un eco molesto. Me sentía culpable de estar allí, compartiendo un espacio con un hombre tan noble como Oliver, mientras el fantasma de mi pasado seguía persiguiéndome a miles de kilómetros de distancia.
Acepté la tregua que Oliver me ofrecía sin decir nada, decidida a disfrutar de ese breve oasis de normalidad.
Pero la paz dura poco para quienes tienen cuentas pendientes con el destino.
Al regresar a mi apartamento ya entrada la noche, encendí mi teléfono. Casi de inmediato, la pantalla se iluminó con una llamada entrante. No era Liam, ni el número de Dominic. Era mi mamá.
Al atender, el llanto desesperado de mi madre al otro lado de la línea me heló la sangre.
—¡Zoe, hija! Tienes que venir, por favor... Esto es un desastre —sollozó ella, con una angustia que nunca antes le había escuchado.
—¡Mamá, calma! ¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Dominic está bien? —pregunté, sintiendo que el pánico me oprimía el pecho.
Entre lágrimas, me soltó la bomba que terminó por derrumbar mi estabilidad. Mis padres llevaban meses peleando como perros y gatos antes de mi partida, pero la situación había alcanzado un punto de no retorno. Mi papá, en un arranque de irresponsabilidad, había hipotecado la casa familiar a espaldas de todos. Lo peor no era eso; lo peor era que tanto mi mamá como Dominic le habían estado dando dinero a manos llenas para cubrir las cuotas, pero él, en lugar de pagarle al banco, se había dedicado a derrocharlo en negocios fantasma que no iban a ningún lado.
—El banco nos va a ejecutar la hipoteca, Zoe... Nos quieren dejar en la calle. Dominic está haciendo lo que puede con los abogados, pero no es suficiente. Te necesito aquí, hija. Por favor.
Colgué el teléfono minutos después, con las manos temblándome de la indignación y la impotencia. Mi papá nos había arrastrado al abismo por sus malas decisiones. Miré la habitación de mi apartamento en Londres, el lugar que apenas empezaba a sentir como mi refugio, y supe que no tenía opción. Tenía que hacer una parada obligatoria.
Caminé hacia el armario, saqué mi maleta y comencé a empacar con el corazón en un hilo. Regresar a Nueva York para salvar a mi familia significaba volver al epicentro del huracán. Significaba volver a respirar el mismo aire que Liam, y muy en el fondo, sabía que el destino me estaba tendiendo una emboscada de la que no saldría ilesa.