Tras una dolorosa traición amarosa, Jane Macdogal ha cerrado las puertas de su corazon y se ha refugiado por completo en su trabajo como directora de una prestigiosa revista de moda en Nueva York. Sin embargo, su mundo se tambalea cuando el dueño de la empresa le anuncia un auditoria de emergencia para vender la compañia. El encargado de revisarlo todo es Adam Preston, un misterioso y actractivo experto en financias que revoluciona la vida de Jane desde su desastroso primer encuentro en el aeropuerto. Obligados a convivir dia y noche, y tras un accidentado viaje a la semana de la moda de París, la innegable atracción fisica da paso a un secreto mucho mas peligroso. Lo que comenzaba como una simple revision de numeros se convertira en una carrera a contrareloj para salvar la empresa. En un juego donde las apariencias engañan y los enemigos acechan en las sombras, Jane y Adam deberan aprender a confiar el uno en el otro si quieren salvar la empresa y sus propias vidas.
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CAPITULO 21. EL CUARTEL GENERAL
Las agujas del reloj digital marcaban las tres y cuarto de la madrugada cuando entramos sigilosamente en mi apartamento de Nueva York. El viaje en taxi desde el aeropuerto JFK había sido un calvario de paranoias constantes; me había pasado todo el trayecto vigilando los faros de cada coche por el retrovisor, temiendo que Víctor o los hombres de Stone nos hubieran estado esperando en la terminal. Sin embargo, al abrir la cerradura, la familiar calidez de mi hogar nos recibió junto a Rose y Lucía, que nos esperaban despiertas con tazas de café humeante y marcadas ojeras de pura preocupación en sus rostros. Daniel, el primo de Rose y experto auditor, estaba sentado en la mesa de madera del comedor con su potente portátil ya encendido y listo. La tensión en el ambiente era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
—Menos mal que estáis bien y de regreso en la ciudad —susurró Rose, rompiendo el protocolo para abrazarme con una fuerza que me devolvió el aliento—. No os podéis imaginar cómo se ha puesto la oficina desde que tomasteis el avión a España. Víctor no ha parado de rondar por tu despacho haciendo preguntas indiscretas sobre vuestro paradero real, y Arthur Jones ha estado revisando obsesivamente las cámaras de seguridad del departamento de contabilidad. Saben que algo pasa.
Adam no perdió un solo segundo en saludos formales. Se quitó la americana arrugada, se remangó la camisa blanca hasta los codos y conectó con cuidado la memoria USB de Salazar al ordenador de Daniel.
—No hay un solo minuto que perder. Tenemos las pruebas definitivas y los registros bancarios contra el señor Stone —anunció Adam, con una voz firme y cargada de autoridad que nos devolvió el alma al cuerpo a todas—. Daniel, necesito que cruces estos códigos de transferencia de Suiza con el contrato oficial de venta que Stone pretende hacernos firmar este próximo lunes por la mañana.
Durante las siguientes tres horas, mi modesto apartamento se transformó en un auténtico cuartel general de investigación criminal. Lucía aportó los códigos de acceso digitales y las claves de usuario que había salvado valientemente del servidor de administración antes de que Jones intentara borrarlos, mientras Daniel desentrañaba la maraña de números y cuentas extranjeras. Yo observaba los gráficos y las hojas de cálculo que se multiplicaban en la pantalla, sintiendo una mezcla de náuseas estomacales y profunda rabia editorial. El veredicto final de la auditoría era demoledor: la supuesta venta de la empresa a un gran grupo inversor era una farsa absoluta. El señor Stone nunca quiso salvar la revista que mis padres tanto respetaban; su plan real era traspasar los activos valiosos a una empresa fantasma de su propiedad en Europa, declarar la editorial de Nueva York en quiebra fraudulenta y evaporar por completo el fondo de pensiones e indemnizaciones de todos los trabajadores para pagar sus deudas de juego y malas inversiones.
—Es un auténtico monstruo —murmuré, tapándome la boca con las manos temblorosas mientras una lágrima de pura impotencia y dolor rodaba por mi mejilla al pensar en mis compañeros de trabajo.
Adam se acercó a mí de inmediato, dejando de lado los ordenadores. Colocó sus manos grandes sobre mis hombros y me besó la sien con una ternura infinita ante la mirada discreta y comprensiva de mis fieles amigas.
—No va a salirse con la suya, Jane —me prometió firmemente al oído, con una frialdad implacable y calculadora en su mirada azul—. El lunes por la mañana convocaremos formalmente la reunión de cierre de la auditoría. Creerán que venimos sumisos a firmar la venta, pero lo que van a firmar en esa sala de juntas es su propio pasaporte directo a una cárcel federal.