Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 14 — PADRE
El día amaneció despejado por primera vez en semanas.
Elysia lo notó apenas abrió los ojos. La luz que entraba por la ventana no era gris ni mortecina, sino dorada, cálida, como si el sol hubiera decidido que ya era hora de hacer acto de presencia. Se levantó con más energía de la habitual, se vistió con el uniforme de diario y bajó al patio.
Allí la esperaba una comitiva.
Aster había decidido hacer una ronda de inspección por los territorios cercanos. No era algo inusual: una vez al mes, el señor del castillo recorría las aldeas y los puestos de vigilancia para comprobar el estado de sus tierras. Lo que era inusual era que Elysia no se había enterado hasta ese mismo momento.
—Llegas tarde —dijo Lian, tendiéndole las riendas de su caballo.
—Nadie me avisó.
—El señor Aster decidió la ronda anoche. Dijo que te avisaran al amanecer.
—Nadie me avisó —repitió Elysia, con más énfasis.
—Yo te estoy avisando ahora.
Elysia refunfuñó algo ininteligible y montó en el caballo. La comitiva era pequeña: Aster al frente, Elysia a su derecha, Lian a su izquierda, y cuatro guardias más detrás. Suficiente para una inspección rutinaria. No esperaban problemas.
El recorrido empezó sin contratiempos. Visitaron dos puestos de vigilancia, donde Aster interrogó a los capitanes con su habitual sequedad. Revisaron los suministros. Inspeccionaron las defensas. Todo estaba en orden. O al menos, todo parecía estarlo.
—El puesto del este ha mejorado desde la última vez —comentó Lian, mientras cabalgaban hacia la primera aldea.
—He cambiado al capitán —dijo Aster, sin más explicación.
Lian y Elysia intercambiaron una mirada. Aster no solía dar explicaciones, pero cuando las daba, solían ser así de concisas.
La primera aldea era pequeña. Apenas una docena de casas de piedra y madera, apiñadas alrededor de una plaza central con un pozo. Los campesinos salieron a recibirlos con reverencias y murmullos. Algunos niños correteaban entre las casas, persiguiéndose unos a otros. Era una escena casi idílica.
Elysia desmontó junto a Aster. Los guardias se distribuyeron por la plaza. Todo iba bien. Todo era rutinario.
Y entonces ocurrió.
Un niño pequeño, de no más de cuatro o cinco años, salió disparado de detrás de una casa. Llevaba el pelo castaño revuelto, las mejillas sucias de barro y una sonrisa desdentada que le ocupaba media cara. Corría con los brazos abiertos, con la determinación de un proyectil.
—¡Papá!
El grito resonó en la plaza como un trueno.
Todos se quedaron inmóviles. Los guardias. Lian. Los campesinos. Elysia. El tiempo pareció detenerse mientras el niño, ajeno al terremoto que acababa de provocar, corría directamente hacia Aster.
Y se abrazó a su pierna.
—¡Papá, papá! ¡Has vuelto!
El silencio que siguió fue tan absoluto que Elysia oyó el zumbido de una mosca a diez metros de distancia. Lian abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Uno de los guardias tosió con una urgencia sospechosa, como si estuviera intentando disimular algo que se parecía peligrosamente a una risa.
Aster miró al niño pegado a su pierna. Luego miró a Elysia. Luego volvió a mirar al niño.
—No soy tu padre —dijo, con su tono habitual.
—¡Sí que lo eres! —insistió el niño, alzando la cabeza para mirarlo con unos enormes ojos castaños—. Mamá dijo que mi papá era un hombre importante, vestido de negro, que venía a la aldea de vez en cuando. ¡Y tú eres importante, vistes de negro y has venido a la aldea!
Elysia sintió que algo en su interior se resquebrajaba. Era la risa. Una risa que llevaba semanas acumulada y que pugnaba por salir. Se mordió el labio con tanta fuerza que casi se hace sangre.
—Tu madre —dijo Aster, con una paciencia que Elysia nunca le había visto— debería ser más específica en sus descripciones.
—¿Qué está pasando aquí? —Una mujer joven, de rostro sonrojado y delantal de trabajo, salió corriendo de una de las casas. Al ver al niño abrazado a la pierna de Aster, se quedó pálida como la cera—. ¡Por todos los dioses! ¡Liam, suelta al señor ahora mismo!
—Pero mamá, es papá...
—¡No es papá! ¡Es el príncipe Aster! ¡El señor de estas tierras! ¡Suéltalo antes de que nos ejecuten!
El niño, llamado Liam, soltó la pierna de Aster con una expresión de absoluta confusión. Miró a su madre. Miró a Aster. Volvió a mirar a su madre.
—¿Entonces papá no es príncipe?
—Tu padre es herrero, Liam. Y está en casa, comiendo sopa.
—Ah. —El niño se rascó la cabeza, sin el menor atisbo de vergüenza—. Pues se parecen.
Aster, impasible, se limitó a sacudir la pierna como si el contacto infantil le hubiera dejado una mancha invisible. La mujer seguía balbuceando disculpas, haciendo reverencias tan profundas que casi tocaba el suelo con la frente.
—Le ruego que perdone a mi hijo, alteza, es un niño, no sabe lo que dice, por favor, no tome represalias...
—No habrá represalias —dijo Aster, cortando el torrente de disculpas—. Enséñele a distinguir a las personas antes de abrazarse a ellas.
—Sí, alteza. Gracias, alteza. No volverá a pasar, alteza.
La mujer agarró a Liam de la mano y se lo llevó casi a rastras. El niño, sin embargo, se giró una última vez y le gritó a Aster:
—¡Adiós, señor que no es mi papá pero se parece!
Elysia no pudo más.
Una risa escapó de sus labios. Primero fue un resoplido. Luego una tos mal disimulada. Luego, directamente, una carcajada que tuvo que ahogar contra su propio puño. Lian estaba en una situación similar: se había girado hacia un lado y fingía estar tosiendo, pero sus hombros temblaban de forma inequívoca.
Aster se giró hacia ellas. Su expresión era tan severa como siempre, pero Elysia notó algo distinto en sus ojos grises. No era enfado. Era... resignación.
—¿Algo divertido, comandante?
—No, alteza —respondió Elysia, con la voz todavía temblorosa—. Absolutamente nada.
—Me alegra saberlo. Porque si hubiera algo divertido, podríamos comentarlo juntos.
—No, no. Todo en orden.
—Bien.
Aster se giró y siguió caminando hacia el pozo, donde el jefe de la aldea lo esperaba con un informe. Elysia y Lian se quedaron atrás, recomponiéndose.
—He visto muchas cosas en mis años de servicio —susurró Lian, con los ojos brillantes—. Pero nunca había visto a un niño llamar papá al señor Aster.
—¿Crees que el herrero se parece de verdad a él?
—Si se parece, ese herrero debe de ser el hombre más guapo del reino.
Elysia soltó otra carcajada. Esta vez no se molestó en disimularla.
El resto de la inspección transcurrió sin más incidentes. Visitaron tres aldeas más. En cada una, Elysia notó que los campesinos miraban a Aster con una mezcla de respeto y miedo. Pero también notó que él, a su manera, se preocupaba por ellos. Revisaba las cosechas. Preguntaba por los enfermos. Escuchaba las quejas. No era cálido. No era cercano. Pero era justo.
Cuando emprendieron el camino de vuelta al castillo, el sol ya empezaba a ponerse. Cabalgaban en silencio, envueltos en la luz anaranjada del atardecer. Elysia se descubrió mirando a Aster de reojo. Recordó la escena del niño y sonrió para sí misma.
—Comandante —dijo Aster, de repente.
—¿Sí?
—Si vuelve a reírse de mí en público, la mando a limpiar establos durante un mes.
Elysia sintió que la sonrisa se le ampliaba.
—Entendido, alteza.
—Y deje de sonreír.
—No estoy sonriendo.
—Sí lo está. La veo en el reflejo del caballo.
Elysia volvió la cabeza hacia un lado, pero ya era tarde. Lian, a su izquierda, estaba directamente riéndose sin disimulo. Y lo peor de todo era que incluso el guardia de atrás parecía estar mordiéndose la lengua.
Aster suspiró. Un suspiro corto, seco, casi imperceptible.
—Odio estas rondas —murmuró.
Y por alguna razón, eso hizo que Elysia se riera todavía más.