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El Juego De Las Apariencias

El Juego De Las Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Enfermizo
Popularitas:322
Nilai: 5
nombre de autor: E.white Verdun

​¿Hasta dónde llegarías para sobrevivir en un mundo de mentiras?
​Elara Varela ha perdido su herencia y su dignidad a manos de su propia familia, pero tiene una última carta que jugar, un matrimonio arreglado con el hombre más poderoso y enigmático de la región. Damian Montecristo vive confinado a una silla de ruedas, rodeado de enemigos que acechan su imperio.
​Lo que nadie sospecha es que ambos guardan secretos letales. Elara oculta una mente brillante tras su fragilidad, y Damian esconde una fortaleza que desafía a la parálisis que todos creen real. En esta red de engaños, traiciones y ambición, lo único prohibido es confiar... y, sin embargo, es lo único que podría salvarlos.
​Bajo una misma máscara, la verdad es el arma más peligrosa.

NovelToon tiene autorización de E.white Verdun para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Sombras en la tormenta

Los días siguientes a aquella noche de ruidos extraños transcurrieron con una calma engañosa, densa y pesada como el aire antes de una tormenta. Elara no volvió a mencionar lo que había visto ni escuchado; se mantuvo en su papel de siempre, apacible, distraída, casi ajena a todo cuanto ocurría a su alrededor. Sin embargo, sus sentidos estaban mucho más alerta que nunca. Cada movimiento de Damian, cada conversación interrumpida al verla llegar, cada mirada que se cruzaban, quedaba grabado con nitidez en su memoria.

Había caído la tarde, y el cielo se había oscurecido de golpe, llenándose de nubes negras y cargadas de agua que amenazaban con desbordarse en cualquier momento. El viento empezó a golpear con fuerza las altas ventanas de la mansión, haciendo crujir levemente las estructuras de madera y piedra. Elara caminaba despacio por uno de los corredores traseros, apoyándose en su bastón; había decidido explorar esa zona menos transitada, donde se encontraban las antiguas bodegas y almacenes, impulsada por esa intuición que le decía que allí se escondían respuestas.

De repente, un estruendo fuerte retumbó por toda la casa, seguido de un chirrido metálico agudo. Elara se detuvo en seco, el corazón dándole un vuelco. Al final del pasillo, una pesada puerta de hierro, que daba acceso a una escalera que bajaba a los niveles inferiores, se había soltado de sus goznes viejos por la fuerza del viento y el terreno inestable, cayendo de golpe y bloqueando casi por completo el paso, al mismo tiempo que hacía ceder parte del suelo de madera podrida justo delante de ella.

El grito de alarma se le quedó atorado en la garganta. El suelo se abría en una grieta ancha y oscura justo a sus pies; al intentar retroceder con prisa, su pierna herida falló, el dolor agudo le recorrió todo el cuerpo y perdió el equilibrio. Cayó al borde mismo del agujero, con medio cuerpo colgando hacia el vacío helado y húmedo, agarrándose con desesperación a un trozo de viga medio podrida que crujía peligrosamente bajo su peso.

—¡Ayuda! —alcanzó a gritar con voz entrecortada, mientras el miedo le helaba la sangre. Nadie solía pasar por allí a esa hora, y la tormenta ahogaba cualquier sonido lejano.

Cerró los ojos un instante, pensando que ese sería su fin, que todo lo que había soportado terminaría allí, entre escombros y olvido… hasta que escuchó el sonido de ruedas deslizándose rápido sobre el suelo de piedra, y luego una voz profunda, firme y llena de sorpresa mezclada con preocupación.

—¡Elara! ¡Quédese totalmente quieta, no se mueva ni un milímetro!

Abrió los ojos de golpe. Allí estaba Damian, con el rostro más pálido de lo habitual, sus ojos grises fijos en ella con una intensidad aterradora. Había llegado con una velocidad inusual, empujando su silla con fuerza, y se detuvo justo al límite seguro del suelo, extendiendo una mano larga y fuerte hacia ella.

—¡Damian… la madera… se romperá! —sollozó ella, sintiendo cómo la viga crujía más cada segundo.

—Confíe en mí solo esta vez —ordenó él con autoridad absoluta, sin levantar la voz, pero haciendo que cada palabra penetrara en ella — Tómese de mi mano con fuerza, muy despacio. Yo la sostengo. No la dejaré caer.

Ella alargó su mano temblorosa; en cuanto sus dedos se entrelazaron, sintió una firmeza y una seguridad increíbles en ese agarre, mucho mayor de lo que alguien que solo usara los brazos podría tener. Con calma sorprendente, él tiró de ella hacia sí con fuerza medida, ayudándola a ganar terreno seguro hasta que, por fin, ella cayó agotada y temblando contra el costado de su silla de ruedas, respirando con dificultad.

—¿Está herida gravemente? —preguntó él de inmediato, revisándola con la mirada y con las manos, tocando con delicadeza su pierna dolorida, sus brazos, su rostro —¿Le duele algo más aparte de lo habitual?

Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar por el susto y por la extraña calidez que emanaba de él, a pesar de su frialdad conocida. Lo miró a los ojos, y por primera vez no vio al hombre distante y calculador, sino a alguien profundamente preocupado. Y entonces lo notó, al inclinarse hacia ella para ayudarla, su cuerpo se había apoyado y movido con una flexibilidad y equilibrio que no correspondían a quien llevara años sin sentir ni usar las piernas. Incluso al girarse rápido para protegerla de unos escombros que caían, casi se levantó del asiento sin darse cuenta, apoyando todo su peso sobre una pierna durante un instante breve pero inconfundible.

Él se dio cuenta al instante de su propio deslizamiento, y se recompuso de inmediato, recuperando esa postura rígida y contenida, aunque su respiración seguía agitada por la emoción.

—Gracias… —susurró ella suavemente, sin apartar la mirada —Me salvó la vida.

—No hubiera debido estar usted en esta zona —respondió él, recuperando parte de su tono serio, aunque ya no cortante —Es peligrosa, descuidada. ¿Qué buscaba por aquí?

Elara se secó las lágrimas y el polvo de la cara con la mano libre, y habló con voz baja pero decidida, dejando caer su máscara de inocencia un poquito, lo justo para que él lo notara.

—Buscaba respuestas, señor Montecristo. Igual que creo que usted lleva haciéndolo mucho tiempo. Y hoy he encontrado una más de las que esperaba… o mejor dicho, he visto algo que no encaja con lo que todo el mundo cree de usted.

Damian se quedó inmóvil, la mandíbula apretada, analizando sus palabras y su mirada clara y valiente. Sabía que ella había visto lo suficiente para sospechar la verdad. No hubo enfado en su rostro, sino una evaluación silenciosa y profunda, como si decidiera si podía confiar en ella o no.

—Hay muchas cosas que no encajan en esta casa, Elara —respondió finalmente con voz grave y pausada —Cosas que me obligaron a ser lo que no soy, a esconderme tras una apariencia de debilidad para sobrevivir y descubrir quién quiere destruirme a mí y a todo lo que construí. Pero esos secretos son peligrosos. Saberlos puede poner su vida en riesgo también.

—Mi vida ya corría peligro mucho antes de cruzar su puerta —replicó ella con orgullo suave, señalando su pierna — Mi desgracia tampoco fue un accidente casual. Ambos llevamos cicatrices causadas por la codicia y la maldad ajena. Quizás… quizás nuestras verdades ocultas se complementen mejor de lo que imaginamos.

La tormenta estalló por fin con toda su fuerza afuera, truenos fuertes que hacían vibrar los muros, pero dentro de aquel rincón apartado, el ambiente había cambiado totalmente. Ya no eran dos extraños unidos por un contrato frío, sino dos personas que empezaban a reconocerse en el dolor y en la necesidad de justicia.

Damian la miró largo rato, como si estuviera tomando una decisión trascendental. Finalmente, asintió muy levemente, casi imperceptible.

—Vuelva a sus habitaciones, descanse y cuide su pierna. Hablaremos de esto con más calma cuando pase la tormenta… y cuando estemos en un lugar donde nadie pueda escucharnos. A partir de ahora, tenga mucho cuidado con quién confía dentro de estas paredes. Hay ojos y oídos en todas partes.

La ayudó a caminar despacio hasta el pasillo principal, manteniéndose cerca, protegiéndola de cualquier peligro restante, hasta que ella pudo seguir su camino apoyándose solo en su bastón. Al separarse, sus miradas se cruzaron una vez más, y ambos supieron que aquello que habían empezado a construir una alianza silenciosa, llena de secretos y atracción inesperada cambiaría para siempre el rumbo de sus vidas.

Elara entró a su habitación con el corazón latiendo a un ritmo nuevo, mezcla de temor y esperanza renovada. Se sentó junto a la ventana, mirando la lluvia caer sin descanso, y pensó, Ya no somos dos extraños ocultos tras máscaras. Ahora sabemos que el otro también lleva la suya puesta. Y eso… nos hace mucho más parecidos de lo que jamás hubiera imaginado.

Y lejos de sentirse asustada por lo que descubría en él, sintió por primera vez en mucho tiempo que no estaba completamente sola en su lucha.

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