Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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El trayecto hasta mi casa fue un infierno.
Dante iba en el asiento del copiloto con la cabeza apoyada hacia atrás, respirando por la boca, las manos cerradas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El olor a durazno llenaba el coche de una forma casi obscena, espesa, dulce y desesperada. Tuve que bajar un poco las ventanas para no terminar intoxicado por una mezcla indecente de preocupación, deseo y furia contra medio mundo. Por suerte llevaba mis supresores Omegas, así que tomé dos por si acaso.
No hablé demasiado.
Él tampoco.
Solo una vez, al detenerme en un semáforo, me tomó la muñeca con la mano buena.
—No me lleves con mi familia, que no los sepan —dijo, casi en un hilo de voz.
—No lo haré.
—Por favor. Mi padre me buscará a un Omega... Y ...
—No lo haré, Dante.
Cerró los ojos otra vez, como si esa promesa fuera lo único sólido en medio del caos.
En cuanto llegamos a mi casa, lo ayudé a entrar por la puerta de la cocina. Subió las escaleras con la torpeza de un hombre que todavía intenta fingir que está bien cuando claramente no lo está. Lo metí directo al baño de invitados del segundo piso, abrí la ducha y empecé a aflojarle el nudo de la corbata.
Dante me sujetó la muñeca otra vez.
Sus ojos estaban más oscuros.
Más húmedos.
Más perdidos.
—Trébol…
—No empieces. Primero bajemos tu temperatura y luego resolvemos algún supresor para tí.
—Hazme tuyo.
La frase me golpeó en el centro del pecho.
No por lo sexual.
No solo por eso.
Sino por la forma en que la dijo.
Como una súplica.
Como si no estuviera pidiéndome placer, sino refugio.
Como si quisiera entregarme el control porque ya no soportaba seguir sosteniéndose solo.
Mi pulso se disparó.
No.
No podía.
No así.
No con él fuera de sí.
—Dante —dije, obligándome a mantener la voz firme—. Mírame bien. No voy a tocarte de esa forma mientras estés en rut.
—Pero yo quiero.
—Ahora mismo no estás pensando con claridad.
—Sí lo estoy —protestó, acercándose un paso, con el olor a durazno volviéndose casi doloroso—. Quiero que seas tú. Quiero que me marques tú. Quiero…
Le tapé la boca con la mano.
No fuerte.
Solo lo suficiente para detener esa avalancha de palabras que amenazaban con destrozarme el poco control que me quedaba.
—No —murmuré—. No me hagas esto.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Había deseo en ellos.
Calor.
Necesidad.
Pero también había una herida vieja que yo reconocí demasiado bien: la de alguien tan acostumbrado a que decidan por él, o a que lo usen, o a que no lo elijan de verdad, que termina ofreciendo demasiado de sí mismo solo por miedo a ser rechazado.
Le quité la chaqueta con movimientos rápidos, luego la corbata, luego la camisa. Lo metí bajo la ducha sin demasiada ceremonia y abrí el agua fría.
Dante soltó un jadeo ahogado.
—Te odio —dijo entre dientes.
—Qué romántico.
—No bromees.
—Es eso o besarte, y ninguna de las dos opciones te conviene ahora mismo.
Se quedó quieto con su erección a todo volumen.
Respirando con dificultad.
Empapado.
Hermoso de una manera que me estaba complicando seriamente la vida.
Entonces recordé algo.
Uno de mis hermanos, alfa dominante y dramático, había olvidado un supresor de emergencia en el botiquín del baño de abajo la última vez que vino con un problema de feromonas por estrés. No era lo ideal, pero era mejor que dejar a Dante consumirse en un rut sin ayuda.
Bajé corriendo por él.
Cuando regresé, Dante seguía bajo el agua, apoyado contra la pared, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. Le expliqué lo que era. Asintió apenas. Se lo di con agua y esperé.
Pasaron quince minutos.
Luego veinte.
El olor empezó a bajar de intensidad, aunque el calor en su piel seguía siendo alarmante. Lo ayudé a salir de la ducha luego de ayudarlo a masturbarse como seis veces, le puse una toalla alrededor de la cintura y otra sobre los hombros. Estaba tan agotado que apenas protestó cuando lo llevé a la habitación de invitados.
—No te vayas —murmuró, justo antes de dejarse caer en la cama.
Me quedé inmóvil un segundo.
No te vayas.
Dios.
—No me voy, es mi casa —respondí al final.
Y no me fui.
Me senté en el borde del colchón mientras el supresor terminaba de hacer efecto y lo vi luchar contra el cansancio unos minutos más, hasta que perdió la batalla y se quedó dormido.
No inconsciente de forma alarmante, no en peligro.
Solo rendido.
Me quedé allí demasiado tiempo.
Mirándolo.
A la distancia justa para no tocarlo más de lo necesario y lo bastante cerca para asegurarme de que respiraba bien. Le aparté un mechón húmedo de la frente. Le acomodé la manta cuando empezó a enfriarse. Le dejé un vaso de agua en la mesa de noche y un analgésico por si despertaba con la cabeza hecha un infierno.
No dormí casi nada.
No por miedo a que empeorara. Eso estaba controlado.
No dormí porque cada vez que cerraba los ojos escuchaba otra vez su voz en el baño. Podía ver su cuerpo frágil. Y esa frace que rondó mi mente.
Hazme tuyo.
Una parte de mí había querido decir que sí.
A la mañana siguiente me encontró en la cocina, con café recién hecho, el cabello recogido de cualquier manera y un humor lo bastante decente como para no matar a nadie antes del desayuno.
Escuché sus pasos en la escalera.
Lentos. Cautelosos.
Cuando entró, llevaba una de mis camisetas y un pantalón deportivo que le quedaba apenas corto en los tobillos. Se veía despeinado, recién bañado, precioso y peligrosamente serio.
—Buenos días —dije, sin girarme todavía.
No respondió enseguida.
Me volví con la taza en la mano.
Dante estaba de pie junto a la isla de la cocina, mirándome con una expresión cerrada que no me gustó nada.
—¿Cómo te sientes?
—Bien.
Mentira.
—¿Dolor de cabeza?
—Un poco.
—Te dejé un analgésico.
—Lo vi y lo tomé.
Dejó pasar un segundo.
Luego otro.
Y entonces entendí.
No estaba avergonzado. O sí, pero no solo era eso.
Estaba herido.
No físicamente.
Herido en el orgullo.
—Dante… —empecé.
Él apartó la mirada, tomó aire y caminó hacia la silla donde había dejado doblada su ropa de la noche anterior.
—Gracias por traerme y lavar mi ropa—dijo con una frialdad demasiado pulida—. Y por no dejar que hiciera un espectáculo peor del que ya hice. Voy a cambiarme y me iré antes de seguir causandote problemas.
Ah.
Así que era eso.
Creía que lo había rechazado.
Creía que no lo había tocado porque no lo deseaba. O peor: porque me había dado asco verlo así.
Dejé la taza sobre la encimera con más fuerza de la necesaria.
—No te vas a ir con esa cara de funeral sin escucharme.
Se detuvo, de espaldas a mí.
—No tienes que explicarme nada.
—Sí, sí tengo.
—Trébol…
—Date la vuelta. Estoy hablando contigo.
Hubo un silencio breve.
Tenso.
Finalmente lo hizo.
Lo miré fijo.
—Anoche no pasó nada porque no iba a aprovecharme de ti.
Su mandíbula se tensó apenas. Bingo, había acertado.
—No estaba inconsciente cuando te lo pedí.
—No, pero estabas en rut, alterado, vulnerable y fuera de equilibrio. Y yo no pienso tocar a un hombre así, por más que me guste.
La última parte se me escapó sin permiso.
Dante parpadeó.
—¿Te gusto?
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(人*´∀`)。*゚+
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