Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 22: El hogar donde florecen las segundas oportunidades
Nica permaneció inmóvil.
Las palabras de aquella mujer seguían resonando en su cabeza.
"Así que vos sos la joven de la que Ian no deja de hablar."
Desvió lentamente la mirada hacia él.
Ian, que siempre encontraba las palabras justas, parecía completamente desarmado.
Se pasó una mano por la nuca y sonrió con cierta vergüenza.
—Creo que exageró un poco.
La mujer soltó una cálida carcajada.
—¿Exageré?
Entonces decime cuántas veces mencionaste a Nica esta semana.
Ian bajó la mirada.
—Abuela...
—¿Qué?
¿Ahora también te da vergüenza decir la verdad?
Nica observaba la escena con una sonrisa que no podía ocultar.
Era la primera vez que veía a Ian perder la calma.
Y, por alguna razón, le resultaba encantador.
La mujer extendió nuevamente la mano.
—Perdoná mis modales.
Mi nombre es Elena.
Nica la estrechó con cariño.
—Mucho gusto.
—El gusto es mío, querida.
Ian habló enseguida.
—Ella no es mi abuela de sangre.
Pero hace muchos años decidió adoptarme como nieto del corazón.
Elena le dio un suave golpecito en el brazo.
—¿Cómo que "decidí"?
Vos aparecías todos los domingos a comer mis tortas.
No tuve muchas opciones.
Los tres comenzaron a reír.
El ambiente era tan cálido que Nica sintió que los nervios desaparecían poco a poco.
La casa era sencilla.
Las paredes estaban llenas de fotografías antiguas, flores secas cuidadosamente enmarcadas y estanterías repletas de libros.
No había lujos.
Pero sí una paz difícil de describir.
Elena los llevó hasta la cocina.
El aroma a pan recién horneado llenaba cada rincón.
—Siéntense.
El té ya está listo.
Nica recorrió el lugar con la mirada.
Sobre una repisa había varias macetas de lavanda.
No pudo evitar sonreír.
—Le gustan mucho las lavandas.
Elena siguió su mirada.
—Me recuerdan que las cosas más hermosas necesitan tiempo para florecer.
Nica pensó inmediatamente en la pequeña planta que tenía en su habitación.
Tal vez no había sido casualidad que la llamara "Esperanza".
Mientras compartían el té, Elena observó a Nica con atención.
No era una mirada incómoda.
Era la mirada de alguien que intentaba conocer el corazón de otra persona.
—Ian me contó que trabajás en el Café del Puerto.
Nica asintió.
—Sí.
Es el lugar donde encontré una nueva oportunidad.
Elena sonrió.
—Entonces ese café hizo mucho más que servir bebidas.
Ian levantó la taza.
—Estoy de acuerdo.
Nica bajó la vista, un poco avergonzada.
—¿Y vos? —preguntó Elena—. ¿Qué soñabas cuando eras chica?
La pregunta la sorprendió.
Hacía años que nadie le preguntaba por sus sueños.
No por sus responsabilidades.
Ni por los negocios.
Ni por las obligaciones.
Solo por sus sueños.
Permaneció unos segundos en silencio.
—Quería viajar...
Conocer el mundo.
Escribir.
Y tener una vida donde pudiera decidir por mí misma.
Elena sonrió con dulzura.
—Entonces todavía estás a tiempo.
Los sueños no tienen fecha de vencimiento.
Nica sintió un nudo en la garganta.
Aquellas palabras eran exactamente lo que necesitaba escuchar.
Después del té, Elena pidió ayuda para acomodar unas cajas en el jardín.
Mientras Ian entraba al galpón a buscar unas herramientas, la mujer aprovechó para quedarse unos instantes a solas con Nica.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Te sentís segura cuando estás con Ian?
Nica respondió sin pensarlo.
—Sí.
Muchísimo.
Elena sonrió satisfecha.
—Entonces escuchá bien lo que voy a decirte.
Ian carga un peso muy grande sobre sus hombros.
A veces intenta resolverlo todo solo.
Y eso termina haciéndole daño.
Nica observó hacia el galpón, donde Ian acomodaba unas cajas sin darse cuenta de que hablaban de él.
—No parece una persona que pida ayuda.
—Porque no sabe cómo hacerlo.
Siempre fue el que cuidó a los demás.
Nunca aprendió a dejar que alguien lo cuidara a él.
Aquellas palabras quedaron grabadas en el corazón de Nica.
Quizás por eso siempre veía tanta tristeza escondida detrás de la tranquilidad de Ian.
En ese momento, él regresó con una vieja regadera en las manos.
—¿De qué hablan?
Elena sonrió con picardía.
—De lo mucho que te cuesta aceptar un cumplido.
Ian negó entre risas.
—Ya empezaron a hacer equipo.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada cómplice.
Nica sintió algo extraño.
Como si acabara de encontrar un lugar donde podía ser simplemente ella.
Sin máscaras.
Sin secretos.
Sin el peso del apellido Beaumont.
Pero, muy lejos de allí, en la oficina principal de la Mansión Shervian, un hombre cerró lentamente una carpeta con el nombre de Nica Beaumont escrito en la portada.
Miró por la ventana durante unos segundos.
Después tomó una decisión que cambiaría el rumbo de todos.
—Es hora de ir a Puerto Azul.
El viento movía suavemente las lavandas del jardín.
Nica tomó la vieja regadera que Ian acababa de apoyar sobre el suelo.
—¿Dónde las riego?
Elena sonrió.
—Donde veas la tierra más seca.
Las plantas siempre te muestran lo que necesitan... solo hay que aprender a mirarlas.
Nica comenzó a caminar entre los canteros.
Cada planta tenía un pequeño cartel con un nombre.
"Esperanza."
"Paciencia."
"Fe."
"Valentía."
Se detuvo frente a una lavanda que apenas empezaba a florecer.
—¿Todas tienen nombre?
Elena se acercó lentamente.
—Sí.
Cada una representa un momento importante de mi vida.
Cuando superé una pérdida, planté una.
Cuando aprendí a perdonar, planté otra.
Cuando alguien llegó para cambiar mi mundo... también.
Nica acarició con delicadeza una de las flores.
—Es hermoso.
—No son solo plantas, querida.
Son recuerdos que siguen creciendo.
Aquellas palabras tocaron profundamente el corazón de Nica.
Por primera vez comprendió que sanar no significaba olvidar.
Significaba aprender a convivir con el pasado sin dejar que destruyera el presente.
Ian observaba la escena desde unos metros de distancia.
Ver a Nica sonreír entre las lavandas le provocaba una tranquilidad difícil de explicar.
Elena se acercó a él mientras Nica seguía recorriendo el jardín.
—¿La querés?
Ian permaneció en silencio.
No esperaba una pregunta tan directa.
—Abuela...
—Contestame.
Él desvió la mirada hacia el horizonte.
—Sí.
La quiero.
Pero no como ella cree.
Elena sonrió con ternura.
—Eso ya lo sabía.
Lo que quiero saber es otra cosa.
¿Estás dispuesto a verla feliz aunque algún día elija a otra persona?
Ian cerró lentamente los ojos.
Esa pregunta dolía.
Mucho.
Después de unos segundos respondió con sinceridad.
—Si verla feliz significa perderla...
Entonces tendré que aprender a hacerlo.
Elena apoyó una mano sobre su hombro.
—Eso es amar de verdad.
Ian no respondió.
Porque, en el fondo, sabía que esas palabras podían convertirse en su futuro.
Al caer la tarde, Elena preparó una pequeña canasta.
Dentro había pan casero, mermelada de naranja y un frasco de miel.
También colocó un pequeño sobre.
Se lo entregó a Nica.
—Esto es para vos.
Nica lo recibió sorprendida.
—No hacía falta.
—Claro que sí.
Pero abrilo cuando llegues a tu habitación.
Prometémelo.
—Lo prometo.
Antes de despedirse, Elena abrazó a Nica con fuerza.
Un abrazo cálido.
Sincero.
Como el de una abuela que acababa de encontrar una nueva nieta.
—Volvé cuando quieras.
Esta casa siempre va a tener una taza de té esperándote.
Los ojos de Nica se llenaron de emoción.
—Gracias... por todo.
El camino de regreso transcurrió casi en silencio.
No era un silencio incómodo.
Era de esos que solo existen entre personas que empiezan a conocerse de verdad.
Mientras la camioneta avanzaba por la ruta costera, el sol comenzaba a esconderse detrás del mar.
—Gracias por traerme.
Ian sonrió sin apartar la vista del camino.
—Necesitaba que conocieras ese lugar.
—¿Por qué?
Él tardó unos segundos en responder.
—Porque cuando mi vida se vuelve demasiado complicada...
Siempre vuelvo ahí.
Y hoy quería compartir ese refugio con vos.
Nica sintió un leve cosquilleo en el pecho.
Era uno de los regalos más importantes que alguien podía hacerle: mostrarle el lugar donde se sentía seguro.
Cuando llegaron a la pensión, Ian estacionó la camioneta.
Ninguno de los dos bajó inmediatamente.
—¿Nos vemos mañana? —preguntó Nica.
Él sonrió.
—Como todos los días.
Ella abrió la puerta.
Antes de bajar, se volvió hacia él.
—Ian...
—¿Sí?
—Gracias por confiar en mí.
Él la observó durante unos segundos.
—Gracias a vos... por darme una razón para volver a confiar en los demás.
Nica sonrió y entró en la pensión.
Ian esperó hasta verla desaparecer por las escaleras antes de marcharse.
Ya en su habitación, Nica recordó el sobre que Elena le había entregado.
Lo abrió con cuidado.
Dentro encontró una pequeña carta escrita a mano.
*"Querida Nica:
Si alguna vez sentís que el miedo vuelve a controlar tu vida, recordá esto: las personas no somos el peor error que cometimos ni el apellido que llevamos.
Somos las decisiones que tomamos cuando tenemos una segunda oportunidad.
No dejes que nadie elija tu camino por vos.
Con cariño,
Elena."*
Nica dobló la carta con cuidado.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, no eran lágrimas de tristeza.
Eran lágrimas de esperanza.
En ese mismo instante, muy lejos de Puerto Azul, un automóvil negro cruzaba el enorme portón de la Mansión Shervian.
Un hombre alto descendió del vehículo.
Vestía un traje oscuro impecable.
Su presencia imponía respeto sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Un empleado se acercó inmediatamente.
—Señor Adrián... el señor Augusto lo está esperando.
Adrián Shervian levantó la mirada hacia la mansión.
Habían pasado años desde la última vez que pensó en aquella joven que desapareció la noche de su compromiso.
Pero ahora...
Todo estaba a punto de cambiar.
Con paso firme, cruzó la puerta principal.
Y sin saberlo...
El destino acababa de poner en movimiento al último hombre que cambiaría la vida de Nica.
Continuará...