Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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El corazón del arrecife.
El centro de conservación marina del hotel Meliá Internacional era un modesto edificio de madera pintada de blanco y azul, semioculto entre las palmeras y buganvilias, a un costado de la playa principal. Un pequeño muelle de tablones gastados por la sal se adentraba unos metros en el mar, y junto a él, flotaban dos boyas amarillas que delimitaban la zona de recuperación de coral. Para los turistas, era apenas un punto pintoresco en sus fotografías del atardecer. Para Marina, era el centro del universo.
Aquella mañana, el sol aún no calentaba con toda su furia y la brisa era un bálsamo fresco que olía a yodo y a vida. Marina estaba inclinada sobre uno de los tanques de agua salada, anotando los niveles de pH y temperatura con la meticulosidad de una científica y el cariño de una madre. Dentro del tanque, un pequeño fragmento de coral cuerno de alce, rescatado una semana atrás de una zona dañada por un ancla imprudente, comenzaba a mostrar signos de recuperación. Sus pólipos, diminutas estrellas de un blanco traslúcido, se abrían con timidez, como párpados que despiertan de un largo sueño.
—Vamos, pequeño, tú puedes —susurró Marina, con la voz apenas audible sobre el ronroneo del filtro del agua—. El arrecife te espera.
Se apartó un mechón rebelde de la frente con el dorso de la mano, dejando una pequeña mancha de sal en la piel bronceada. Amaba ese trabajo con una pasión que le venía de la infancia, de las historias que su abuelo, un pescador de la costa de Trinidad, le contaba sobre una diosa del mar llamada Yemayá. Decía que Yemayá tenía los ojos azules como el agua más profunda y que protegía a todas las criaturas del océano. Marina, que había heredado esos mismos ojos de una bisabuela canaria, sintió desde niña la llamada de esa deidad, la responsabilidad de ser su aprendiz en la tierra.
El sonido de unos pasos sobre la madera del muelle la sacó de sus pensamientos. No eran los pasos torpes y ruidosos de un turista con sandalias de plástico, sino pisadas firmes, pausadas, que parecían medir cada tabla antes de pisarla. Se incorporó, secándose las manos en el pequeño paño que llevaba al cinto, y alzó la vista.
Era él. El hombre de la terraza.
Lo reconoció al instante, aunque ahora, a plena luz y sin la mediación de un objetivo de cámara, resultaba aún más imponente. Era alto, con una complexión delgada pero atlética, y llevaba una camisa de lino blanco arremangada hasta los codos que contrastaba con el tono ligeramente bronceado de su piel. El cabello, de un castaño oscuro salpicado con algunos destellos dorados por el sol, caía desordenado sobre una frente amplia. Pero lo que más llamó la atención de Marina fue la expresión de sus ojos. Eran del color del ámbar, o quizás del caramelo oscuro, y estaban cargados con una mezcla de curiosidad, timidez y una intensidad que la hizo sentir como si fuera la única criatura sobre la faz de la tierra.
—Perdone la interrupción —dijo él, con un acento francés que envolvía cada palabra en terciopelo—. Estaba paseando y vi el letrero del centro de conservación. Me llamó la atención.
Marina sonrió, una sonrisa profesional pero que, en las comisuras, ocultaba una chispa de diversión. Sabía que era una excusa. Lo había sentido ayer, cuando se giró y lo descubrió apuntándole con su cámara. Una corriente eléctrica invisible había viajado desde la terraza hasta la orilla, un reconocimiento mudo entre dos almas que no se conocían pero que, de algún modo, se habían estado buscando.
—No es ninguna interrupción. El centro está abierto a los huéspedes que quieran conocer nuestro trabajo. ¿Le interesa la biología marina?
—Me interesa la belleza —respondió Álix, y por la forma en que su voz se quebró ligeramente en la última palabra, Marina supo que no se refería al coral.
Se acercó al tanque donde ella trabajaba, acortando la distancia que los separaba. Marina pudo percibir su aroma: una mezcla de protector solar de alta gama, brisa marina y algo más profundo, más personal, como el sándalo y la tinta. Olía a hombre y a viajero.
—Este es un coral cuerno de alce —explicó Marina, volviendo a concentrarse en el tanque para ocultar el leve rubor que amenazaba con treparle por el cuello—. Lo rescatamos de una zona donde un barco turístico fondeó mal. Un ancla puede destruir en segundos lo que a la naturaleza le cuesta décadas construir.
Álix se inclinó sobre el tanque, tan cerca que Marina sintió su respiración en la nuca. No la tocó, pero la cercanía era tan íntima como una caricia.
—Es fascinante —murmuró él, aunque sus ojos no miraban el coral. Miraban el reflejo de Marina en el agua salada—. Un mundo entero en un fragmento de roca.
—Son animales, no rocas —lo corrigió ella, girándose un poco, y al hacerlo, sus rostros quedaron a escasos centímetros. La cercanía fue tan súbita e inesperada que ambos contuvieron la respiración. Los ojos azul turquesa de Marina se encontraron con los ojos color ámbar de Álix, y el tiempo, ese tirano implacable, se tomó un segundo de descanso.
Marina fue la primera en apartar la mirada, aclarándose la garganta.
—Si quiere, puedo enseñarle el vivero de tortugas. Tenemos dos crías de carey que encontramos desorientadas en la playa.
—Me encantaría —dijo Álix, sin poder disimular el tono embelesado en su voz.
Ella lo guió hacia la parte trasera del centro, donde una pequeña piscina natural excavada en la roca albergaba a las dos tortuguitas. Nadaban en círculos torpes, subiendo a la superficie para respirar con un resoplido cómico que siempre hacía sonreír a Marina.
—Se llamen Sol y Luna. Sol porque tiene el caparazón más claro, y Luna porque prefiere nadar de noche.
Álix se agachó junto a la piscina, sumergiendo la punta de los dedos en el agua. Sol, la tortuga más curiosa, se acercó de inmediato a investigar.
—Tiene un don para poner nombres —comentó él, con una sonrisa.
—Es mi parte favorita del trabajo. Cada criatura es única, ¿sabe? Cuando entiendes su comportamiento, su personalidad, darle un nombre es lo más natural del mundo. Son como... pequeños poemas vivientes.
Álix la miró entonces. Ya no con la curiosidad inicial, ni con la timidez del primer encuentro, sino con una admiración profunda y desarmante. Acababa de conocerla hacía apenas diez minutos, y ya sabía que aquella mujer, con su pasión desbordante por el mar y sus ojos del color del horizonte, era el tipo de persona que no se encuentra dos veces en la vida.
—Mi nombre es Álix —dijo, tendiéndole la mano. El gesto formal contrastaba con la intimidad que ya se había creado entre ellos, como si ambos sintieran la necesidad de presentarse oficialmente para validar lo que ya estaba sucediendo.
—Marina —respondió ella, deslizando su mano en la de él. El contacto fue firme y cálido. La piel de Álix era suave, de alguien que trabaja con las manos pero no con la fuerza bruta. La de Marina, sorprendentemente áspera en las yemas, curtida por el agua salada y el manejo de rocas y corales. Él retuvo su mano un instante más de lo socialmente aceptable, como si quisiera memorizar la textura de su piel.
—Marina —repitió Álix, saboreando el nombre, y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro—. Por supuesto. Un nombre que le queda perfecto.
—Álix es... poco común —dijo ella, retirando la mano con suavidad.
—Es francés. Significa "defensor" o "protector". Mi madre tenía grandes esperanzas para mí.
—¿Y las cumplió?
La pregunta, directa y sin filtro, descolocó a Álix. La gente normalmente asentía con una cortesía vacía o hacía un comentario trivial sobre la belleza del nombre. Pero Marina lo miraba con esos ojos imposibles, esperando una respuesta real.
—Aún estoy trabajando en ello —confesó, con una honestidad que lo sorprendió a sí mismo.
Una alarma en el reloj de Marina sonó, rompiendo el hechizo. Era la hora de alimentar a los peces del acuario principal del hotel, una actividad que solía hacer para los niños huéspedes.
—Tengo que irme —dijo ella, con un deje de pesar genuino en la voz—. Pero si de verdad le interesa la conservación, mañana al amanecer hacemos una expedición al arrecife para recolectar datos. Solo vamos dos biólogos y yo. Los turistas nunca se levantan tan temprano, pero si usted es diferente...
—Lo soy —la interrumpió Álix, con determinación—. Estaré aquí. A la hora que me diga.
—A las cinco y media. En este mismo muelle. Traiga bañador y ganas de mojarse.
—Trato hecho.
Marina le dedicó una última sonrisa, una que iluminó todo su rostro e hizo que sus ojos turquesa lanzaran destellos líquidos, y se alejó con paso rápido hacia el edificio principal del hotel. Álix se quedó inmóvil junto a la piscina de las tortugas, viendo cómo su figura se perdía entre las palmeras. El corazón le latía con una fuerza que no recordaba haber sentido jamás, una mezcla embriagadora de ansiedad y plenitud.
Metió la mano en el bolsillo y sus dedos tocaron el borde frío de la Leica. No le había hecho ni una sola fotografía. Y se alegró. Algunas imágenes, las más importantes, debían guardarse solo en el alma