Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.
La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?
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capitulo 19
La noche sobre el valle no era oscura, sino de un azul profundo y aterciopelado. Catrina cabalgaba en silencio, guiando a Máximo por senderos que no figuraban en ningún mapa. El aire se volvía más frío a medida que ascendían hacia el "Mirador de las Sombras", un risco solitario donde los algarrobos crecían retorcidos por el viento. Máximo la seguía de cerca, observando la silueta de la mujer frente a él; ya no veía a la Jefa implacable, sino a una sombra cargada de memorias que pesaban más que el hierro.
Se detuvieron en un claro donde el río se escuchaba como un susurro lejano, cientos de metros abajo. Catrina desmontó con un movimiento lento, casi solemne. No se quitó el sombrero, pero su postura, apoyada contra un tronco centenario, denotaba una fatiga que no era física.
—Mi padre murió aquí —dijo ella, con una voz que el viento pareció atrapar al vuelo—. No fue una bala lo que lo mató, Máximo. Fue la traición. Y esa duele más porque se cocina a fuego lento, en la misma mesa donde compartes el pan.
Máximo se acercó y se paró a su lado, respetando el espacio de su silencio. La luz de la luna llena bañaba el rostro de Catrina, revelando una vulnerabilidad que ella ya no intentaba ocultar con gritos o látigos. Sus dedos jugaban con una pequeña medalla de plata que colgaba de su cuello, un gesto nervioso que Máximo nunca le había visto.
—Todo el mundo cree que Elías heredó su parte porque mi padre así lo quiso —continuó ella, mirando hacia el abismo—. Mi padre, Antonio, era un hombre recio, pero creía en la sangre. Cuando enfermó de aquella fiebre pulmonar que lo consumió en semanas, Elías no se separó de su cama. Yo era apenas una muchacha, asustada, ocupándome de la hacienda mientras mi padre deliraba.
Catrina apretó el puño contra la corteza del árbol. Sus nudillos se pusieron blancos.
—Una noche, la última noche, Elías me sacó de la habitación diciendo que yo debía descansar. Cuando volví al amanecer, mi padre ya no respiraba. Y sobre la mesa de noche, junto a las medicinas vacías, había un testamento nuevo. Uno que le entregaba a Elías el control de las aguas y la mitad de las mejores tierras del valle.
—¿Él lo obligó a firmar? —preguntó Máximo, con el corazón apretado por la indignación.
—Fue peor —Catrina se giró hacia él, y sus ojos brillaron con una mezcla de lágrimas y odio puro—. Mi padre ya no podía sostener una pluma. Elías falsificó la firma. Usó un sello seco que mi padre guardaba en la caja fuerte, una reliquia de familia. Yo lo sé porque vi el sello en el bolsillo de la chaqueta de Elías esa misma mañana. Pero en este pueblo, la palabra de una huérfana de dieciocho años no valía nada frente a un documento notariado por un abogado que Elías ya tenía en su nómina.
Ella bajó la mirada, avergonzada por un pasado que no fue su culpa. —Me robó el legado de mi padre mientras él agonizaba. Convirtió "El Renacer" en un campo de guerra y me obligó a convertirme en una fiera para no perder lo poco que me quedaba. Por eso lo odio, Máximo. No es por la tierra. Es porque profanó la muerte del hombre que más amé.
La Promesa del Diamante
Máximo sintió una oleada de rabia que lo sorprendió. Ya no era la indignación del abogado que ve una injusticia; era el dolor del hombre que ama a una mujer herida. Se acercó y, con una suavidad que hizo que Catrina cerrara los ojos, le tomó el rostro entre las manos. Sus pulgares acariciaron sus pómulos, limpiando el rastro de una lágrima solitaria.
—Él cree que el papel es su escudo —dijo Máximo, con una voz cargada de una determinación letal—. Pero el papel deja huellas. Mi abuelo me enseñó que no hay mentira perfecta, solo mentiras mal investigadas. Si ese sello existió, y si ese abogado fue comprado, hay un rastro de dinero o un registro que Elías no pudo borrar del todo.
Catrina lo miró, incrédula. —¿Qué puedes hacer tú contra un documento de hace quince años?
—Mucho —respondió él, y por primera vez, Máximo mostró ese brillo de tiburón financiero que lo hacía temible en la capital—. Elías es un hombre de costumbres. Si compró a ese notario, lo hizo con fondos que salieron de algún lado. Voy a rastrear las cuentas de las empresas fantasma de mi tío de aquella época. Voy a encontrar el error, Catrina. Te prometo, por mi nombre y por este suelo que ahora también siento mío, que voy a encontrar la prueba que lo hunda legalmente.
—Él te matará si se entera de que estás escarbando en sus cenizas —advirtió ella, aunque su mano se cerró sobre la de él, buscando apoyo.
—Que lo intente —replicó Máximo, acercando su frente a la de ella—. Tú me enseñaste a no tener miedo al barro. Ahora yo te voy a enseñar cómo se destruye a un gigante sin disparar una sola bala. Le vamos a devolver a tu padre su honor, y a ti, tu paz.
Bajo la luz de la luna, el pacto de sangre que habían firmado semanas atrás se transformó en algo sagrado. Catrina se dejó envolver por los brazos de Máximo, escondiendo el rostro en su hombro. El olor a pino y a la colonia que él aún conservaba la hizo sentir, por primera vez en años, que no tenía que ser la guardia de su propio corazón.
—Gracias —susurró ella contra su cuello—. Por no irte. Por quedarte a ver los fantasmas conmigo.
—Los fantasmas no asustan cuando se enfrentan de a dos —respondió él, besándole la frente—. Mañana empezaré a mover mis hilos en la ciudad. Elías cree que el tiempo borró su crimen, pero no contaba con que el heredero de cristal tiene un filo que él nunca vio venir.
Se quedaron así, abrazados en el Mirador de las Sombras, mientras el viento mecía los árboles. La confesión había liberado a Catrina de una carga que la asfixiaba, y le había dado a Máximo una misión que iba más allá de la redención personal. Ya no era una pelea por tierras o agua; era una pelea por la verdad.
Cuando regresaron a la hacienda, cabalgando lado a lado en el silencio de la madrugada, algo había cambiado para siempre. Don Elías seguía durmiendo tranquilo en su mansión, creyéndose intocable, sin saber que en la montaña, bajo la luz de la luna, su caída acababa de ser jurada por la mujer que más odiaba y el sobrino que siempre despreció. La justicia estaba en camino, y esta vez, no venía a caballo, sino oculta en los registros que el "caballero de las finanzas" estaba a punto de desenterrar.