Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 22 EL TRAIDOR DENTRO DE CASA =====================
Los días siguientes vivimos con la sensación de que alguien nos miraba por encima del hombro en todo momento. Dante aumentó la seguridad alrededor de la mansión, cambió las cerraduras de las puertas principales y ordenó que nadie entrara ni saliera sin ser registrado primero. Don Eliseo caminaba por la casa con la mirada perdida, repasando en su memoria cada conversación, cada gesto de Rafael Vidal durante todos estos años.
Álvarez, el investigador, volvió tres días después. Llegó a última hora de la tarde, con la cara seria y una carpeta nueva bajo el brazo. Nos reunimos los tres en el despacho de Dante, cerrando la puerta con llave antes de empezar.
—He seguido la pista de las llamadas y los mensajes que mencionó en su nota —dijo el hombre, sacando los papeles de la carpeta—. Rafael Vidal no trabaja solo. Alguien cercano a ustedes le está pasando información. Alguien que está dentro de esta casa o que entra y sale con total libertad.
Dante frunció el ceño, apoyando los codos sobre la mesa.
—¿Quién? ¿Tienes un nombre?
—Tengo pruebas de que alguien ha estado saliendo de la mansión a medianoche los últimos meses, reuniéndose con hombres de Vidal en un bar de las afueras —explicó Álvarez, señalando unas fotos borrosas de una figura con capucha entrando en un coche oscuro—. También he encontrado mensajes enviados desde un teléfono sin registrar, avisando a Vidal de los movimientos de don Eliseo, de los viajes de usted, señor Ferrer… incluso de cuándo la señora Aitana se fue de la casa hace unas semanas.
Sentí cómo se me ponía la piel de gallina. Alguien nos había estado espiando todo este tiempo. Alguien que conocía nuestros horarios, nuestras costumbres, nuestras peleas. Alguien que estaba ahí, delante de nuestras narices, y no lo habíamos visto.
—¿Pero quién puede ser? —preguntó Don Eliseo, con la voz quebrada por la decepción—. Todos los empleados de esta casa llevan años con nosotros. Los conozco de memoria. Confío en ellos.
Álvarez asintió, con una expresión de lástima en el rostro.
—Sé que es difícil, señor. Pero las pruebas son claras. La persona que le pasa información a Vidal tiene acceso a las llaves de la puerta trasera, conoce los códigos de la alarma y sabe exactamente cuándo los guardias cambian de turno. Eso solo lo sabe alguien de mucha confianza.
Dante se puso de pie. Caminó de un lado a otro del despacho, pensativo. Sus ojos se movieron rápidamente de un lado a otro, repasando caras, nombres, recuerdos. De repente se detuvo. Se giró hacia Álvarez.
—¿Dijiste que los mensajes avisaban también de cuándo Aitana se fue de casa?
—Así es, señor Ferrer. El mismo día que ella se marchó, se envió un mensaje a Vidal diciendo que la señora ya no estaba en la mansión y que la seguridad se había relajado un poco.
Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una expresión de dolor y rabia mezcladas en su rostro.
—Solo cuatro personas sabían que ella se iba antes de que se marchara —dijo, muy despacio—. Yo. Mi abuelo. Clara, la doncella. Y… y Javier.
Don Eliseo se puso pálido.
—¿Javier? No puede ser, muchacho. Javier lleva con nosotros veinticinco años. Trabajó con tu padre. Estuvo en tu bautizo. En el funeral…
—Él tiene las llaves de todas las puertas —continuó Dante, la voz cada vez más tensa—. Sabe los códigos de la alarma. Él fue quien le dijo al conductor que preparara el coche para Aitana aquel día. Él siempre está ahí, siempre escuchando. Nunca le dimos importancia porque siempre ha sido uno de los nuestros.
Álvarez revisó sus papeles.
—Javier Méndez, ¿verdad? El mayordomo principal. He visto que su nombre aparece en los registros de entrada y salida de la casa en fechas que coinciden con las reuniones en el bar. También he encontrado transferencias pequeñas pero regulares en su cuenta bancaria, provenientes de una empresa que pertenece a Vidal.
El silencio cayó sobre el despacho. Javier. El hombre que nos abría la puerta cada mañana, que nos servía la cena, que conocía nuestros gustos, nuestras costumbres, nuestras conversaciones privadas. El hombre en quien habíamos confiado durante años. Todo el tiempo había sido un traidor.
—¿Cómo pudo hacerlo? —murmuró Don Eliseo, con una lágrima rodando por su mejilla—. Le dimos techo, trabajo, familia. Le ayudamos cuando su mujer se puso enferma. ¿Cómo pudo traicionarnos así?
—Dinero —respondió Dante, frío, aunque sus manos temblaban un poco por la rabia contenida—. Vidal le habrá pagado bien. O lo habrá amenazado. No importa. Lo que importa es que lo tenemos. Y ahora lo usaremos para llegar a Vidal.
—¿Qué piensas hacer? —pregunté, acercándome a él y poniéndole una mano en el brazo para calmarlo.
Él me miró. Sus ojos se suavizaron un poco al posarse en los míos.
—Vamos a tenderle una trampa. Vamos a hacerle creer que tenemos una prueba definitiva contra Vidal, que vamos a presentarla en la reunión del consejo de la próxima semana. Él se lo dirá a Vidal. Y Vidal vendrá a por nosotros. O intentará destruir la prueba antes de que la mostremos. Y entonces lo atraparemos. A los dos.
Don Eliseo suspiró, pasándose una mano por el rostro cansado.
—Es peligroso, muchacho. Vidal no es tonto. Si se da cuenta de que es una trampa…
—Lo sé —asintió Dante—. Pero es la única forma de atraparlo con las manos en la masa. Necesitamos que confiese. O que cometa un error que nos dé la prueba definitiva.
Esa noche, cuando estábamos solos en la habitación, Dante se quedó mucho tiempo de pie frente a la ventana, mirando la oscuridad del jardín. Me acerqué a él y lo abracé por la espalda, apoyando la cabeza en su espalda. Él puso su mano sobre las mías, apretándolas suavemente.
—Duele —dijo al fin, muy bajito—. Saber que alguien en quien confiaste tanto te ha estado mintiendo durante años. Que estuvo en el funeral de mis padres con una cara de dolor mientras sabía quién los había matado.
—Lo sé —le susurré, apretándolo más fuerte—. Pero ahora lo sabemos. Ahora podemos detenerlo. Y harás justicia por tus padres.
Él se giró en mis brazos. Me tomó la cara entre las manos, mirándome fijamente a los ojos.
—Prométeme que si algo sale mal, te irás. Que no te quedarás por mí.
Negué con la cabeza.
—No. No me voy a ir. Estamos juntos. ¿Lo olvidas?
Sonrió una sonrisa triste, tierna.
—Eres terca, ¿lo sabías?
—Y tú eres terco —respondí, sonriendo también un poco—. Así que hacemos buena pareja.
Me atrajo hacia sí y me besó suavemente en los labios. Un beso lleno de miedo, de esperanza, de promesa.
—Vamos a ganar —dijo contra mis labios—. Por mis padres. Por nosotros. Por todo lo que nos han quitado.
Fuera, un viento frío agitaba los árboles del jardín. Dentro, abrazados el uno al otro, sentíamos que podíamos con todo.
Aunque sabíamos que la batalla más difícil aún estaba por llegar.