Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL PRECIO DE UN APELLIDO
El loft estaba en silencio cuando llegamos. Lucas nos esperaba en la mesa del comedor, rodeado de documentos impresos, con el laptop abierto y una botella de whisky intacta frente a él. No había bebido. Lucas nunca bebía. Pero esa noche, la botella servía de ancla, de recordatorio de que la realidad seguía existiendo.
—Hermanita —dijo sin levantar la vista—, siéntate.
Me senté. Patrick se quedó de pie, detrás de mi silla, con una mano apoyada en mi hombro. Su pulgar trazaba círculos lentos sobre la tela de mi abrigo. Un gesto pequeño. Pero suficiente para decirme que seguía ahí. Que no se había roto del todo.
—¿Qué encontraste? —pregunté.
Lucas giró el laptop. En la pantalla, una serie de carpetas numeradas. Cada una con una fecha. Cada una con un nombre.
—Richard —dijo Lucas—, no solo estaba escondido en Buenos Aires. Estaba preparando esto. Durante quince años.
—¿Preparando qué?
—Un expediente. —Lucas abrió la primera carpeta—. Contra Patrick.
Patrick se enderezó. Sentí cómo su mano se tensaba en mi hombro.
—¿Contra mí?
—Contra ti. —Lucas me miró, y en sus ojos vi algo que no había visto antes. Rabia pura—. Richard tiene documentos. Testimonios. Pruebas financieras. Todo preparado para presentar a Patrick como el responsable legal de cada crimen que Victoria y Marcus cometieron en las últimas tres décadas.
El aire se escapó de la habitación.
—¿Qué? —Patrick dio un paso adelante, con la voz baja—. ¿Mi padre biológico me está preparando para...?
—Para entregarte a las autoridades. —Lucas cerró el laptop—. Si algo sale mal, si Victoria habla, si Marcus canta, Richard tiene un plan B. Patrick asume la culpa. Patrick va a prisión. Patrick protege el apellido. Patrick protege el legado.
Patrick se pasó una mano por el rostro. Con un gesto que lo hacía verse, por primera vez, completamente roto.
—No soy su hijo. —La voz le salió quebrada—. Nunca lo fui. Y aun así, me ha estado preparando para ser su chivo expiatorio.
—Richard no te ve como hijo. —Lucas se puso de pie—. Te ve como activo. Como herramienta. Como pieza de repuesto.
Cerré los ojos.
Porque en ese momento, entendí algo que me persiguiría el resto de mi vida.
Que Richard Sterling no era un padre.
No era un amante.
No era un hombre.
Era una corporación con piel humana.
—¿Cuánto tiempo lleva preparando esto? —pregunté, con la voz más firme de lo que me sentía.
—Quince años. —Lucas abrió otra carpeta—. Desde el día en que Patrick nació. Cada documento está fechado, certificado, notariado. Richard tiene un ejército de abogados esperando en Nueva York. Solo necesita una señal para activar el plan.
—¿Y cuál sería esa señal?
—Que Patrick deje de ser útil. —Lucas me miró—. O que Patrick empiece a ser peligroso.
Patrick se alejó. Caminó hacia la ventana. Se quedó de espaldas a nosotros, mirando Manhattan como si buscara respuestas entre los rascacielos.
—Soy peligroso —dijo, con la voz baja—. Porque estoy empezando a hacer preguntas. Porque estoy empezando a elegir. Porque estoy empezando a amar a alguien que no puedo controlar.
Me puse de pie. Caminé hacia él. Me detuve a su lado.
—Patrick —susurré—, no vas a ir a prisión.
—No lo sabes.
—Lo sé. —Tomé su mano. La apreté—. Porque vamos a destruir el expediente antes de que Richard lo active.
—¿Cómo?
—Con la ayuda de Silvia.
Patrick se giró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
Desesperación.
—Silvia nos odia, Elena.
—Silvia se odia a sí misma. —Mi voz salió más suave de lo que pretendía—. Y las mujeres que se odian a sí mismas son las más fáciles de convencer. Porque solo necesitan una razón para hacer lo correcto.
---
Patrick no dijo nada.
Me tomó de la mano. Me guió hacia el dormitorio. Cerró la puerta detrás de nosotros.
Y entonces, por primera vez en toda la noche, me miró de verdad.
No con furia.
No con dolor.
Con *hambre*.
—Elena —susurró—, necesito sentirte. Necesito saber que esto es real. Que tú eres real. Que yo todavía existo.
No respondí con palabras.
Le tomé el rostro entre las manos. Lo besé.
No fue un beso suave. No fue un beso tierno. Fue un beso que sabía a supervivencia. A promesas rotas. A verdades que dolían más que las mentiras.
Patrick me tomó por la cintura. Me pegó a su cuerpo. Y yo sentí, contra mi espalda, cada línea de él. Cada músculo tenso. Cada latido de un corazón que, a pesar de todo, seguía latiendo.
—Dime que soy real —susurró contra mi cuello—. Dime que no soy solo un error.
—Eres real. —Mis manos se enredaron en su cabello—. Eres lo más real que me ha pasado en dos vidas.
Patrick se detuvo.
—¿Qué dijiste?
Cerré los ojos.
Maldición.
—Nada.
—No. —Me giró hacia él. Me miró a los ojos—. Dijiste "dos vidas". ¿Qué significa eso, Elena?
No respondí.
Porque no podía.
Porque no estaba lista.
—Elena. —Su voz se quebró—. Llevas semanas diciéndome cosas que no tienen sentido. Mirándome como si me conocieras de antes. Sabiendo cosas que no deberías saber. ¿Qué me estás ocultando?
Las lágrimas comenzaron a caer. Libres. Sin control.
—Patrick —susurré—, si te lo digo, vas a pensar que estoy loca.
—No voy a pensar eso.
—Vas a pensar que soy una mentirosa.
—No.
—Vas a alejarte de mí.
Patrick me tomó el rostro. Con ambas manos. Con una ternura que me rompió el corazón.
—Elena —susurró—, ya no puedo alejarme de ti. Aunque me digas que eres un fantasma. Aunque me digas que eres una asesina. Aunque me digas que esto —hizo un gesto entre nosotros— es una ilusión. No puedo. No quiero. No voy a.
Cerré los ojos.
Y supe, con esa certeza que solo viene de haber vivido dos vidas, que había llegado el momento.
El momento de decir la verdad.
Toda la verdad.
Incluso la que yo misma no entendía.
—Patrick —susurré—, hay algo que tengo que contarte. Algo que va a cambiar todo. Algo que...
Mi teléfono vibró.
Lo miré.
Silvia.
*"Elena, acepto tu oferta. Necesito verte. Mañana. A las ocho. En el piso 65. Ven sola."*
Levanté la vista. Patrick me observaba con preocupación.
—¿Qué pasa?
No respondí.
Porque no sabía qué decir.
Solo sabía que, otra vez, el juego había cambiado.
Y esta vez, no estaba segura de que quisiéramos seguir jugando.
Pero antes de que pudiera guardar el teléfono, Patrick me tomó del rostro otra vez. Y me besó.
No con desesperación.
No con rabia.
Con *promesa*.
—Sea lo que sea que vayas a decirme —susurró contra mis labios—, quiero escucharlo. Pero no esta noche. Esta noche, solo quiero sentirte. Solo quiero saber que estás aquí. Que soy real. Que nosotros somos reales.
Asentí.
Porque tenía razón.
Porque algunas verdades necesitan ser dichas con la luz del día.
Y esta noche, la noche era para otras cosas.
Para manos que recorrían piel.
Para labios que besaban cicatrices.
Para dos personas que, después de toda una vida de mentiras, finalmente habían encontrado algo real.
Algo que ninguna prueba de ADN podía medir.
Algo que ningún expediente podía destruir.
Algo que, al final, era lo único que importaba.
---
A las seis de la mañana, Patrick dormía a mi lado.
Con el cabello revuelto. Con la respiración tranquila. Con una mano apoyada sobre mi cintura, como si temiera que fuera a desaparecer si la soltaba.
Me quedé mirándolo. Largo rato.
Y supe, con esa certeza que solo viene de haber vivido dos vidas, que iba a decirle la verdad.
Toda la verdad.
Incluso la de las dos vidas.
Incluso la de los sueños que compartíamos.
Incluso la de que, de alguna forma imposible, nos habíamos conocido antes.
Pero primero, tenía que ver a Silvia.
Primero, tenía que asegurar las acciones.
Primero, tenía que destruir a Richard.
Después, le contaría todo a Patrick.
Después, le pediría perdón.
Después, le diría que lo amaba.
No con palabras.
Con hechos.
Con una vida entera de elecciones correctas.
Con una vida entera de no huir.
Con una vida entera de quedarme.
Me levanté en silencio. Me vestí. Tomé mi abrigo.
Patrick se movió en la cama. Murmuró algo ininteligible. Y volvió a dormirse.
Lo miré una última vez.
Y supe que, esta vez, no iba a fallar.
Esta vez, iba a ganar.
No la venganza.
Algo mejor.
*La paz.*
Leee