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El Precio De Tu Silencio

El Precio De Tu Silencio

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:647
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro

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Capítulo 19 – Justicia y cicatrices

El juicio duró nueve días. Nueve días de testimonios, de pruebas, de abogados gritando "¡protesto!" y de periodistas acampados a la puerta del tribunal. Valentina fue la última testigo en declarar. Cuando subió al estrado, vestida de negro, con el pelo recogido y los ojos secos, la sala entera contuvo la respiración.

—Señora Valdés —preguntó el fiscal—. ¿Puede contarnos qué sintió cuando descubrió que su esposo planeaba matarla?

Valentina miró a Adrián. Él estaba sentado en el banquillo de los acusados, con un traje gris que ya no le quedaba bien, la barba crecida y la mirada perdida en algún punto de la pared. No la miró en ningún momento. Quizá no podía. Quizá no quería.

—Sentí miedo —respondió ella—. Pero no el miedo que uno siente por sí mismo. Sentí miedo por todas las mujeres que no habían sobrevivido. Por Rocío. Por las otras. Sentí que si no hacía nada, él seguiría matando para siempre.

—¿Y por eso decidió tenderle una trampa?

—No fue una trampa. Fue una defensa. Puse a mi alcance las herramientas para demostrar lo que él era. No inventé nada. Solo mostré la verdad.

El abogado de Adrián, Darío Mendoza, se levantó para el contrainterrogatorio.

—Señora Valdés, ¿es cierto que usted mantuvo una relación sentimental con el socio de su esposo, Leonardo Sánchez, durante su matrimonio?

—Es falso.

—¿Es cierto que tras la detención de su esposo, usted vació las cuentas bancarias conjuntas sin su consentimiento?

—Las cuentas eran mías. El dinero provenía de mi herencia. Solo recuperé lo que me pertenecía.

—¿Es cierto que usted misma abrió la llave del gas esa noche para incriminar a su esposo?

Valentina sonrió. Era una sonrisa cansada, como de alguien que ha respondido esa misma pregunta cien veces.

—Las cámaras muestran a mi esposo abriendo la llave. Las grabaciones recogen su voz planeando el asesinato. Hay una decena de testigos. No sé qué más pruebas necesita, señor Mendoza.

El abogado se sentó. No tenía más preguntas.

Al noveno día, el jurado se retiró a deliberar. Tardaron cuatro horas. Cuando volvieron a la sala, el veredicto fue unánime: culpable de todos los cargos.

Adrián escuchó la sentencia sin inmutarse. Veinte años de prisión por tentativa de homicidio, estafa agravada y falsificación de documentos. Por el asesinato de Rocío Jiménez, no se pudo probar su participación directa, pero el juez añadió cinco años más como cómplice necesario. Veinticinco años en total.

Cuando le preguntaron si quería decir algo antes de ser retirado de la sala, Adrián se puso de pie. Miró a Valentina. Esta vez sí la miró.

—No te olvides de quién te hizo fuerte —dijo—. Fui yo. Mi mentira te construyó. Sin ella, no serías nada.

Valentina no respondió. Lo miró con una tranquilidad que no necesitaba palabras.

Se lo llevaron.

Afuera del tribunal, una multitud de periodistas la esperaba. Las cámaras enfocaron su rostro, sus manos, su vestido negro. Le gritaron preguntas: "¿Cómo se siente?", "¿Cree que es suficiente justicia?", "¿Volverá a confiar en el amor?".

Valentina levantó una mano. El silencio se hizo.

—Hoy no es un día de venganza —dijo—. Es un día de memoria. Por Rocío. Por todas las mujeres que no están aquí para contar su historia. Esto no es un final feliz. Es un final, nada más. Y ahora toca seguir viviendo.

Dio la vuelta y caminó hacia el coche de Leonardo. Él le abrió la puerta. Ella subió. Se alejaron mientras los flashes seguían iluminando la tarde gris.

Dentro del coche, Valentina se recostó en el asiento y cerró los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó Leonardo.

—No lo sé. Debería sentirme aliviada. O feliz. Pero solo siento vacío.

—Es normal. Has pasado meses luchando. Ahora que la lucha terminó, el cuerpo no sabe qué hacer con tanta calma.

—¿A ti te pasó? Cuando descubriste lo de Rocío… ¿también sentiste vacío?

Leonardo tardó en responder. Condujo en silencio durante unos minutos, las manos firmes en el volante, la mirada fija en la carretera.

—Sí —dijo al fin—. Pero luego entendí que el vacío no es malo. El vacío es espacio para cosas nuevas. Solo hay que atreverse a llenarlo.

—¿Y tú lo llenaste?

—Estoy en ello.

Llegaron a la casa de Valentina. El sol se había puesto y las farolas comenzaban a encenderse. Ella se bajó del coche y esta vez no se despidió con un simple saludo. Se acercó a la ventanilla de Leonardo y apoyó una mano en el marco.

—¿Quieres pasar? —preguntó.

Él la miró. Sus ojos verdes buscaron los suyos, tratando de entender si la invitación era lo que parecía.

—¿Segura?

—No. Pero estoy cansada de estar sola.

Bajó del coche. Caminaron juntos hacia la puerta. Valentina abrió la cerradura con manos que ya no temblaban. Entraron. La casa estaba a oscuras, pero ella no encendió la luz. No la necesitaba.

Se sentaron en el sofá, el mismo donde Adrián le había pedido que se casara con él. Leonardo no dijo nada. No hizo ningún gesto. Solo se quedó a su lado, en silencio, presente.

—Háblame de Rocío —pidió Valentina—. Cuéntame cómo era.

—Era como tú. Valiente. Y al mismo tiempo, tan frágil que daba miedo.

—¿La quieres mucho?

—Era mi prima. Mi única familia. Después de que ella desapareció, estuve solo mucho tiempo.

—Ya no lo estás.

Leonardo la miró. En la penumbra, sus ojos parecían dos estrellas lejanas.

—No —respondió—. Ya no.

Y se quedaron así, sentados en la oscuridad, sin tocarse, sin hablar. Dos almas rotas aprendiendo a estar enteras.

No era amor. Todavía no. Pero era el principio de algo.

Y a veces, el principio es suficiente.

1
Teresa Orellana
perro maldito
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