Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.
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Capítulo 23: Las líneas del espejo y el motor del éxito
Cuatro años en los niveles más altos del mundo corporativo de la Costa Este pueden moldear una personalidad de acero, pero el espejo siempre conserva la verdad. En el piso cuarenta de la torre principal de Medik-Core en Miami, el silencio solo era interrumpido por el siseo suave del aire acondicionado central. Detrás del imponente escritorio de roble negro, Amelia revisaba un balance de activos internacionales.
Si alguien del barrio de Neuquén la hubiera visto en ese momento, habría sentido una contradicción desconcertante. Físicamente, no era una desconocida. Las complejas cirugías que el padre de Benjamín había coordinado no buscaron cambiarle las facciones, sino reconstruir con precisión milimétrica los daños que las piedras de la barda le habían provocado. Sus ojos seguían siendo del mismo color miel profundo, su boca mantenía la misma línea y la forma de su rostro era, en esencia, la de Camila. Sin embargo, el cambio era rotundo en todo lo demás. La madurez de los veinte años había afilado sus rasgos adolescentes, y una fina cicatriz, casi imperceptible, le corría por el borde de la mandíbula como el único recuerdo físico del abismo. Pero el verdadero abismo estaba en su postura. Vestía un traje sastre de dos piezas de un gris marengo impecable, llevaba el pelo castaño recortado de forma simétrica por encima de los hombros y unos zapatos altos que acentuaban una marcha firme, fría y dominante. Ya no quedaba rastro de la chica movediza que corría por la plaza; Amelia era un témpano de negocios. Su mente funcionaba con una precisión analítica. El éxito y el control eran su forma de llenar el vacío negro de su amnesia: si no sabía de dónde venía, se aseguraría de dominar exactamente hacia dónde iba.
Las puertas dobles de su oficina se abrirían para dejar pasar a Benjamín. A sus veintiún años, se había convertido en el heredero del imperio médico de su padre, pero su verdadera órbita seguía siendo ella. La había acompañado en cada dolorosa sesión de hospital y en cada examen de la escuela de negocios.
—Amelia, los contratos de la naviera para el transporte en el Cono Sur ya están listos —dijo Benjamín, acercándose al escritorio con una sonrisa afectuosa y depositando los papeles frente a ella—. Mi padre dice que tu proyección de mercado para este trimestre fue perfecta. De nuevo.
Amelia levantó la vista de la pantalla. Sus ojos miel, fijos y calculadores, se suavizaron apenas un milímetro, el único gesto de calidez que se permitía en el día.
—Gracias, Benja. Sabés que no me permito los márgenes de error —respondió con una voz clara y de una formalidad empresarial que carecía de cualquier rastro de la impulsividad del pasado—. Si tu padre confió en mí para la expansión, lo mínimo que puedo hacer es devolverle números impecables.
La relación de Amelia con la familia de Benjamín estaba cimentada sobre una base de gratitud descomunal. Para ella, ellos eran sus salvadores, los hombres que la habían recogido de la muerte, que habían pagado su educación y cuidado de ella cuando nadie en el mundo parecía reclamarla. Los quería profundamente, pero era un afecto filial, un lazo nacido del agradecimiento. Y ahí radicaba el gran conflicto silencioso de Benjamín.
El chico rodeó el escritorio y le apoyó una mano suave en el hombro. La miraba con una devoción que rozaba la obsesión desde los diecisiete años.
—Amelia... ya pasaron cuatro años —susurró Benjamín, buscando su mirada—. Mi padre ya da por sentado que somos algo más, y yo sigo esperando el momento en que me dejes dar el siguiente paso. Sabés lo que siento por vos.
Amelia retiró suavemente el hombro con un movimiento sutil pero firme, acomodándose los papeles. Lo miró con una honestidad gélida que a Benjamín siempre le helaba la sangre.
—Benja, ya lo hablamos. Te aprecio más que a nadie, sos mi apoyo, pero no puedo darte algo que no me sale de adentro —explicó con total control—. No puedo comprometerme con un futuro cuando todavía siento que mi identidad es un espacio en blanco. No sé quién soy antes de ese hospital de pueblo. Mi vida no puede empezar de verdad hasta que no descubra mi pasado. Necesito que me tengas paciencia.
Benjamín apretó los puños. El terror de que ella descubriera la verdad —el cartel de búsqueda que él mismo había destruido cuatro años atrás— lo obligaba a morderse la lengua y callar.
—Está bien —cedió—. Te he esperado cuatro años, puedo esperar un poco más. Pero no entiendo por qué insistís con revolver el pasado. Tu vida está acá, en la cima.
El quiebre definitivo ocurrió esa misma tarde, durante una reunión de directorio para evaluar la apertura de nuevos mercados en Sudamérica. El director de logística proyectó un mapa detallado del sur de la Argentina en la pantalla gigante.
—La ruta terrestre entrará directamente a la zona de distribución en el norte de la Patagonia, utilizando la base operativa de Neuquén Capital —explicó el analista, señalando el punto geográfico.
Al escuchar la palabra "Neuquén" y ver la imagen de los cañadones grises y las bardas arcillosas que rodeaban la ciudad, Amelia experimentó un violento cortocircuito en el cerebro. La taza de café que Lorenzo sostenía entre sus dedos finos tintineó contra el plato. Una punzada de dolor agudo le perforó la sien. En una fracción de segundo, la pantalla desapareció: vio una ráfaga de viento helado, el crujido de una roca desmoronándose y el reflejo borroso de unos ojos verdes llenos de lágrimas que la miraban con una desesperación desgarradora.
«Cami...», pareció escuchar en el fondo de su subconsciente, un eco lejano que la dejó sin respiración.
Amelia se puso de pie de inmediato, interrumpiendo la presentación. Su rostro mantenía los mismos rasgos de siempre, pero sus ojos miel brillaban con una determinación feroz que asustó a los directores.
—La reunión se suspende hasta mañana —dictaminó con una voz de mando implacable que no admitía réplicas—. Dejen los informes en mi escritorio.
Minutos después, encerrada en su despacho a solas con Benjamín, Amelia caminó con pasos firmes hacia el gran ventanal. La debilidad del mareo había desaparecido, reemplazada por una claridad gélida. Estaba lista.
—Voy a viajar a la Argentina, Benjamín —dijo Amelia, sin girarse, observando las luces de Miami—. Voy a encabezar personalmente las negociaciones de la empresa en Neuquén, pero ese va a ser mi disfraz. Mi verdadero objetivo es bajar a ese terreno, investigar los registros de los hospitales de hace cuatro años y descubrir quién soy. Ya soy lo suficientemente fuerte para la verdad, y nadie me va a detener.
Benjamín, detrás de ella, sintió que el piso se le abría. El pasado que tanto esmero había puesto en ocultar estaba a punto de desenterrarse, y Camila, oculta bajo la ropa elegante de Amelia pero con sus mismos ojos de siempre, se dirigía directamente al encuentro del novio que la seguía llorando en el sur.