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Será Porque Te Amo

Será Porque Te Amo

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos / Amor eterno
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15 Una propuesta imposible

Durante los días siguientes, Marco intentó convencerse de que aquella idea había sido fruto del cansancio.

Casarse.

Él.

Después de pasar casi veinte años evitando cualquier compromiso sentimental.

Era absurdo.

Irracional.

Y, sin embargo, cada vez que intentaba apartar el pensamiento, este regresaba con más fuerza.

No porque deseara un matrimonio.

Sino porque necesitaba uno.

Las palabras de Riccardo Bianchi seguían resonando en su cabeza.

"Los inversores quieren estabilidad. Quieren una imagen familiar."

Marco siempre había despreciado ese tipo de exigencias.

Pero si perdía aquellos contratos, cientos de familias que vivían del viñedo también sufrirían las consecuencias.

No podía permitirlo.

Aquella mañana, Lorenzo Ferri llegó a la bodega con dos copas de vino.

—Traigo malas noticias.

Marco sonrió con ironía.

—Últimamente todos traen malas noticias.

Lorenzo le entregó una copa.

—Los rumores siguen creciendo.

Ya no hablan solo en el pueblo.

También en Florencia.

Y algunos periódicos de economía empiezan a mencionar tu "vida reservada".

Marco bebió un pequeño sorbo.

—Que escriban lo que quieran.

—No puedes seguir ignorándolo.

Marco dejó la copa sobre un barril.

—¿Qué sugieres?

Lorenzo lo observó fijamente.

—Que encuentres una mujer.

Aunque sea solo para callar bocas.

Marco soltó una risa seca.

—Qué sencillo suena cuando lo dices.

—Nunca has querido intentarlo.

—Porque sería injusto.

Lorenzo frunció el ceño.

—¿Injusto para quién?

Marco guardó silencio.

Como siempre.

No podía contarle la verdad.

Ni siquiera a su mejor amigo.

Esa tarde, mientras caminaba entre las viñas, vio a Isabella ayudando a unos trabajadores mayores a recoger las cajas de uvas.

No era necesario que lo hiciera.

Pero allí estaba.

Con las manos manchadas por el mosto.

El vestido sencillo.

El cabello recogido de cualquier manera.

Y una sonrisa que parecía iluminar toda la colina.

Uno de los ancianos perdió el equilibrio.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, Isabella dejó la caja que llevaba y corrió a sostenerlo.

—¿Está bien, señor Carlo?

El hombre sonrió agradecido.

—Solo me fallaron estas viejas rodillas.

Ella rió.

—Entonces mañana trabajaremos más despacio.

Marco observó la escena desde lejos.

Aquella muchacha tenía la extraña costumbre de preocuparse por todo el mundo.

Y jamás esperaba nada a cambio.

Al terminar la jornada, Lucía encontró a Marco sentado en la biblioteca.

Tenía varios documentos abiertos.

Pero era evidente que no había leído una sola línea.

—¿Sigues pensando en lo que habló Riccardo?

Él levantó la vista.

—Sí.

Lucía se sentó frente a él.

—¿Y ya tomaste una decisión?

Marco respiró profundamente.

—Creo que sí.

La mujer esperó.

—Voy a casarme.

Lucía abrió mucho los ojos.

Por un instante creyó haber escuchado mal.

—¿Cómo dices?

—Necesito una esposa.

El silencio que siguió fue absoluto.

Después Lucía sonrió.

Una sonrisa llena de ilusión.

—Nunca pensé que llegaría este día.

Marco negó lentamente.

—No es por amor.

Aquellas palabras hicieron que la sonrisa de Lucía desapareciera.

—Entonces...

¿por qué?

—Porque debo proteger la empresa.

Ella lo miró con tristeza.

—Marco...

un matrimonio no es un contrato.

Él sostuvo su mirada.

—Para mí tendrá que serlo.

Al día siguiente, Marco pidió a Lucía que enviara un mensaje a Isabella.

La joven llegó al despacho con cierta curiosidad.

Golpeó suavemente la puerta.

—¿Me llamó, señor Vivaldi?

—Sí.

Pasa, por favor.

Isabella entró.

Marco permanecía de pie junto a la ventana.

Parecía más nervioso de lo habitual.

Ella lo notó enseguida.

—¿Ha ocurrido algo?

Él tardó unos segundos en responder.

—Necesito hacerte una propuesta.

Isabella sonrió.

—¿Más trabajo para mi madre?

—No.

—¿Entonces?

Marco respiró hondo.

No sabía cómo decirlo.

Nunca había imaginado una conversación semejante.

—Quiero que te cases conmigo.

El silencio fue tan profundo que incluso el reloj del despacho pareció dejar de sonar.

Isabella permaneció inmóvil.

Creyó no haber entendido bien.

—¿Perdón?

Marco mantuvo la serenidad.

—Quiero que seas mi esposa.

Ella soltó una pequeña risa nerviosa.

Esperó que él sonriera también.

Que dijera que era una broma.

Pero Marco seguía completamente serio.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿Lo dice... de verdad?

—Sí.

Isabella dio un paso atrás.

Su corazón latía con fuerza.

—Señor Vivaldi...

usted y yo apenas nos conocemos.

Marco asintió.

—Lo sé.

—Entonces...

¿por qué?

Él respondió con absoluta sinceridad.

—Porque necesito casarme.

Aquellas palabras cayeron como una piedra.

Isabella sintió un vacío en el pecho.

—¿Necesita...?

Marco continuó hablando con la misma frialdad con la que negociaba un contrato.

—Tendrías una vida cómoda.

Nunca te faltaría nada.

Tu madre estaría protegida.

Podrías estudiar en la universidad si así lo deseas.

Jamás tendrías preocupaciones económicas.

Isabella lo observó sin dar crédito a lo que escuchaba.

No había una sola palabra de cariño.

Ni de ilusión.

Ni de amor.

Solo condiciones.

Solo ventajas.

Solo conveniencia.

Una lágrima apareció en sus ojos.

Marco la vio.

Pero no comprendió el motivo.

—¿He dicho algo que te moleste?

Ella soltó una risa amarga.

—¿Eso es todo?

Él frunció el ceño.

—¿Qué más debería decir?

Isabella respiró profundamente para contener el llanto.

—Cuando era niña...

soñaba muchas veces con el día en que alguien me pidiera matrimonio.

Pensaba que habría nervios.

Flores.

Palabras bonitas.

Que ese hombre me diría cuánto me quería.

Que me miraría como si yo fuera la mujer más importante de su vida.

Bajó la mirada.

Una lágrima cayó sobre el suelo de madera.

—Pero usted...

usted me está ofreciendo un contrato.

No un matrimonio.

Marco sintió una punzada desconocida en el pecho.

Intentó responder.

Pero ella levantó una mano.

—No.

Déjeme terminar.

Lo miró directamente a los ojos.

—Le estoy muy agradecida por todo lo que hizo por mí aquella noche con Darío.

Y le tengo un enorme respeto.

Pero nunca aceptaría casarme con un hombre que solo busca una esposa para resolver un problema.

Porque yo...

quiero ser elegida por amor.

No por necesidad.

El silencio volvió a llenar el despacho.

Marco no encontraba palabras.

Isabella respiró hondo.

Secó sus lágrimas.

Y sonrió con la dignidad que siempre la caracterizaba.

—Espero que encuentre a la mujer que busca, señor Vivaldi.

Pero esa mujer...

no soy yo.

Abrió la puerta.

Y salió del despacho.

Marco permaneció inmóvil.

Escuchó sus pasos alejarse por el pasillo.

Por primera vez en muchos años...

acababa de fracasar en algo que no podía resolver con dinero, prestigio ni poder.

Y mientras contemplaba la puerta cerrada, comprendió que Isabella tenía razón.

No le había pedido matrimonio.

Le había ofrecido un negocio.

Y, por primera vez desde que la conocía, sintió vergüenza de sí mismo.

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