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SUGAR MOMMY

SUGAR MOMMY

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Mariana Jurado Ramirez

A los 19 años, un joven conoce a una empresaria multimillonaria que quedó viuda hace muchos años. Ella ha dedicado todo su tiempo a criar a su hijo del y a dirigir su empresa, convencida de que el amor quedó atrás

NovelToon tiene autorización de Paula Mariana Jurado Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL LUGAR AL QUE SIEMPRE REGRESABA

El camino de regreso transcurrió bajo un cielo completamente despejado.

Después de la tormenta de la noche anterior, el aire era fresco y las calles todavía conservaban algunos charcos.

Alejandro conducía su motocicleta con una pequeña sonrisa.

No podía dejar de pensar en la amabilidad con la que Andrea y Adán lo habían tratado.

—Qué buena gente... —murmuró para sí.

Tras casi media hora de recorrido, llegó a un modesto vecindario.

Las casas eran pequeñas y sencillas, muy diferentes a la enorme Mansión de Andrea.

Detuvo la motocicleta frente a una vivienda de paredes desgastadas, pero impecablemente limpia.

Apenas apagó el motor, la puerta principal se abrió de golpe.

—¡¡Hermanito!!

Una pequeña niña de cabello oscuro salió corriendo hacia él con una enorme sonrisa.

Alejandro abrió los brazos justo a tiempo para atraparla.

—¡Buenos días, pequeña!

La niña lo abrazó con tanta fuerza como pudo.

—¡Me hiciste mucha falta!

Él le dio un beso en la frente.

—Lo sé. Perdón por no regresar anoche.

—La abuelita me explicó que una señora buena te dejó quedarte porque estaba lloviendo muy fuerte.

Alejandro sonrió.

—Así fue.

Desde la puerta apareció una mujer mayor de cabello completamente blanco.

Aunque los años se reflejaban en su rostro, sus ojos seguían transmitiendo el mismo cariño de siempre.

—Ya llegaste, hijo.

Alejandro se acercó y la abrazó con cuidado.

—Buenos días, abuela.

—Me alegra verte sano.

—Yo también.

La anciana acarició su cabello con ternura.

—Anoche casi no pude dormir por la preocupación.

—Perdón...

—No tienes que disculparte. Hiciste lo correcto al no arriesgarte.

Alejandro bajó la mirada.

—Tuve mucha suerte.

Entraron juntos a la casa.

Era pequeña.

La sala y el comedor compartían el mismo espacio, y la cocina apenas estaba separada por una barra de madera.

Los muebles eran antiguos, pero estaban limpios y bien cuidados.

La niña tomó la mano de Alejandro.

—¿Ya desayunaste?

Él asintió.

—Sí.

—¿Mucho?

Alejandro soltó una risa.

—Muchísimo.

La pequeña abrió los ojos con emoción.

—¡Qué suerte!

La abuela sonrió al verlos.

—Ve a cambiarte de ropa antes de que vuelvas a salir.

—Sí, abuela.

Alejandro caminó hacia su habitación.

Era un cuarto sencillo.

Una cama individual.

Un escritorio viejo.

Un pequeño clóset.

Y, sobre una repisa, una fotografía de su madre sosteniéndolo cuando era apenas un bebé.

La tomó entre sus manos.

—Mamá...

Sonrió con nostalgia.

—La pequeña está creciendo muy rápido.

Después dejó la fotografía en su lugar y comenzó a cambiarse.

Cuando regresó a la sala, encontró a su hermanita haciendo un dibujo.

—¿Qué haces?

Ella levantó orgullosa la hoja.

—¡Somos nosotros!

Alejandro observó el dibujo.

Estaban los tres tomados de la mano.

Él.

Su abuela.

Y su pequeña hermanita.

No había lujos.

No había una gran casa.

Pero sí mucho amor.

Alejandro sonrió con ternura.

—Está precioso.

La niña rio feliz.

—Lo hice para que nunca se nos olvide que somos un equipo.

Él sintió un nudo en la garganta.

Se agachó y la abrazó con cuidado.

—Y siempre lo seremos.

La abuela los observó desde la cocina con una sonrisa llena de orgullo.

Sabía que Alejandro cargaba demasiadas responsabilidades para alguien de solo diecinueve años.

Trabajaba sin descanso.

Estudiaba.

Cuidaba de su hermana.

Y nunca se quejaba.

Pero también sabía que, pese a todo, seguía conservando un corazón noble.

Mientras preparaba una jarra de agua fresca, lo miró con cariño.

—Hijo.

—¿Sí, abuela?

—Anoche, cuando hablaste por teléfono... tu voz sonaba diferente.

Alejandro la miró con curiosidad.

—¿Diferente?

Ella asintió.

—Sonabas tranquilo... como hace mucho no te escuchaba.

Él permaneció en silencio unos segundos.

Entonces recordó la calidez de aquella Mansión, la sonrisa amable de Andrea y las bromas de Adán.

Sin darse cuenta, volvió a sonreír.

—Sí... supongo que por unas horas sentí... lo que era descansar de verdad.

La abuela lo observó con dulzura.

En el fondo de su corazón, tuvo el presentimiento de que aquella inesperada entrega bajo la lluvia no había sido una simple casualidad, sino el comienzo de un cambio importante en la vida de su nieto.

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