A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
NovelToon tiene autorización de Litaa.Randxm_Girl para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Introducción
El brillo de la pantalla me devolvió el reflejo de una sonrisa que no necesitaba fingir. Por primera vez en semanas, no era la sonrisa ensayada para la cámara, la que se activa automáticamente cuando el círculo rojo parpadea. Era una sonrisa auténtica, tan amplia que me dolían las mejillas, y en mis ojos se reflejaban las lucecitas de la notificación que acababa de aparecer. Cinco años. Cinco años de mi vida condensados en ese número redondo que parpadeaba en mi perfil con una elegancia casi irreal: 100,000 seguidores.
Cien mil personas. Cien mil almas que, en algún rincón del mundo, habían pulsado ese botón azul, que habían decidido que yo, Valeria, la chica que empezó grabando con un teléfono prestado a los 11 años y con el pelo recogido en un moño desastroso, merecía un espacio en sus vidas. No podía evitar preguntarme cuántas de esas personas habían llegado a mi contenido por casualidad, cuántas se habían quedado por mis gameplays torpes, cuántas por mis historias, y cuántas, simplemente, necesitaban ver a alguien como ellas en una pantalla.
Mis primeros videos eran un desastre. Y no lo digo con falsa modestia, lo digo con la honestidad de quien guarda esos archivos en una carpeta secreta llamada "Principios" y se atreve a mirarlos solo cuando necesita recordar lo lejos que ha llegado. La cámara temblaba como si tuviera vida propia, mi voz se quebraba en las partes más inoportunas, y los edits parecían hechos con patatas —cortes bruscos, transiciones que mareaban, música que no pegaba ni con cola—. "Cringísimos", como diría mi hermana mayor entre risas, y no le faltaba razón. Pero cada uno de esos pasos torpes, cada video subido con la respiración contenida, cada comentario que me decía "sigue así" o "esto es horrible", me llevó hasta aquí, a este momento en el que el número 100,000 brillaba como un faro en medio de la oscuridad de mis dudas.
Recuerdo con una nitidez casi dolorosa mi primer teléfono. Fue un regalo de cumpleaños que mi madre me dio después de ahorrar durante meses, y aún lo guardo en un cajón con una funda de unicornio ya desgastada, el plástico agrietado y los colores borrosos por el uso. Ese pequeño dispositivo fue el testigo de aquel primer "¡Hola, mundo!" que lancé al vacío digital con nueve años, la voz aún aguda y los dedos temblorosos sobre la pantalla. En ese entonces no sabía lo que era un algoritmo —esa bestia invisible que decide quién vive y quién muere en el mundo digital—, ni mucho menos cómo editar sin que pareciera un collage de errores. Pero mi corazón, ese que a los 9 ya latía al ritmo de un "graba, graba, graba", sabía con una certeza infantil que aquello era mi lugar. No entendía por qué, pero cuando apretaba el botón de grabar, el mundo se detenía y solo existía yo, la cámara y la historia que quería contar.
Ahora, con 16 años, miro atrás y veo las cicatrices. Las veo como se ven las marcas en la piel cuando el sol las ilumina de frente. Están los comentarios malos —esos que decían que una chica no podía tener un canal de gaming, que mejor me dedicara a maquillaje o moda, que mi voz era irritante, que mis partidas eran aburridas, que a nadie le importaba lo que una niña tuviera que decir—. Esos comentarios que leía a las tres de la madrugada, con los ojos llorosos y el corazón encogido, preguntándome si tal vez tenían razón. Están las noches sin dormir editando, con los párpados pesados y el café frío al lado del teclado, recortando segundos aquí y allá, ajustando el brillo, corrigiendo el audio, obsesionándome con cada mínimo detalle porque sabía que alguien, en algún lugar, se tomaría el tiempo de verlo. Están las veces que quise borrar todo, que tuve el cursor sobre el botón de "eliminar canal" y lloré en la cama abrazando mi almohada, sintiendo que todo el esfuerzo no valía la pena, que nunca sería suficiente, que siempre sería la chica que empezó con un teléfono prestado y sueños demasiado grandes para su edad.
Pero también veo la evolución. La veo en cada frame de mis videos, en la forma en que la cámara ya no tiembla porque aprendí a respirar antes de grabar, en cómo mi voz suena firme y segura incluso cuando estoy nerviosa, en la manera en que el contenido tiene un propósito más allá de entretener. Ya no subo cualquier cosa; cada video es una pieza de un rompecabezas más grande, una conversación con esas cien mil personas que confían en mí. Quiero que sepan que no están solos, que sus luchas son válidas, que ocupar espacios que no fueron diseñados para nosotras es un acto de rebeldía hermoso y necesario. Cien mil personas me han dado la oportunidad de contar mi historia, y esta, aunque empiece con un número redondo que baila en mi perfil, apenas está comenzando.
El siguiente video, el que celebraría el logro, ya estaba en mi mente. Podía verlo con claridad: la celebración, los agradecimientos, alguna anécdota divertida de estos cinco años. Pero por primera vez, mientras el brillo de la pantalla se reflejaba en mis ojos y la notificación seguía parpadeando, sentí que el verdadero viaje no era el número, sino todo lo que había detrás de él. Las trasnoches, los tropiezos, las caídas, las victorias pequeñas que nadie ve, los mensajes de apoyo que llegaban justo cuando más los necesitaba. Y, sobre todo, las chicas que me escribían diciendo que yo les había enseñado que también podían ocupar ese espacio, que no necesitaban permiso de nadie para hacer lo que amaban, que sus voces importaban incluso cuando temblaban. Esas chicas, con sus nombres de usuario y sus historias parecidas a la mía, eran la razón por la que seguía aquí.
Cien mil. Y contando. Y aunque el número siga creciendo, sé que nunca olvidaré este momento, la noche en que todo encajó y entendí que mi viaje era más grande que cualquier estadística. Porque al final, no se trataba de cuántos me seguían, sino de cuántos se sentían vistos. Y eso, eso sí que no se mide con números.