Un amor de adolescentes que a pesar de los años sigue pendiente
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El secreto de adolescentes
El tiempo parecía correr más rápido cuando Valeria estaba con Mateo.
Desde que ambos habían reconocido lo que sentían, cada día en la escuela tenía un significado diferente. Ya no se trataba solamente de asistir a clases, copiar las lecciones o esperar el recreo.
Ahora Valeria sabía que, en algún momento del día, Mateo encontraría la manera de acercarse a ella.
Y siempre lo hacía.
A veces bastaba una sonrisa desde el otro extremo del salón.
Otras veces, una pequeña nota escondida entre las páginas de un cuaderno.
Te espero después de clases.
Aquellas cinco palabras podían cambiarle completamente el día.
Una mañana, mientras la profesora escribía en la pizarra, Mateo deslizó discretamente una hoja hacia Valeria.
Ella la abrió.
Hoy tengo algo para ti.
Valeria levantó la mirada.
Mateo estaba intentando contener una sonrisa.
Ella escribió:
¿Qué es?
Él respondió:
Es secreto.
Valeria puso los ojos en blanco.
No me gustan los secretos.
Mateo tomó el papel y escribió:
Este sí.
Ella guardó la nota en su cuaderno.
Cuando terminaron las clases, Mateo la esperaba junto a la puerta.
—Ven.
—¿Adónde?
—Te dije que era un secreto.
—Ahora tengo más curiosidad.
Caminaron por una calle poco transitada hasta llegar a una pequeña casa abandonada que estaba cerca del río. No era realmente una casa; apenas quedaban unas paredes y un viejo techo de madera.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Valeria.
Mateo entró y señaló una de las paredes.
Había dibujado dos pequeñas estrellas.
Debajo había escrito sus iniciales.
V + M.
Valeria se quedó mirándolo.
—¿Tú hiciste esto?
Mateo asintió.
—Ayer.
—¿Por qué?
—Porque quería tener un lugar que fuera nuestro.
Valeria sonrió.
—Es hermoso.
—No es mucho.
—Para mí sí.
Mateo se acercó.
—Entonces, cuando seamos grandes y volvamos aquí, vamos a recordar que estuvimos aquí.
Valeria lo miró con ternura.
—¿Y si ya no existe?
—Entonces construiremos otro.
Ella se rio.
—Siempre tienes una respuesta.
—Porque siempre quiero encontrar una solución.
Valeria tomó su mano.
—Ojalá todo fuera así de fácil.
Mateo notó que algo había cambiado en su expresión.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No me digas nada. Te conozco.
Valeria respiró profundamente.
—Mis padres están pensando en mudarnos.
Mateo sintió que la sonrisa desaparecía de su rostro.
—¿Qué?
—Todavía no es seguro.
—¿Adónde?
—A otra ciudad.
Mateo soltó su mano lentamente.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Por cuánto tiempo?
—Tampoco sé.
—¿Y tú quieres irte?
Valeria bajó la mirada.
—No.
El silencio llenó aquella pequeña casa.
Mateo intentó mantenerse tranquilo.
—Entonces no te vayas.
—No depende de mí.
—Podemos hablar con tus padres.
—Mateo...
—Podemos encontrar una manera.
Valeria sintió que las lágrimas comenzaban a aparecer.
—No sabemos siquiera si nos vamos a ir.
Mateo se acercó y la abrazó.
—Entonces no pensemos en eso todavía.
Valeria cerró los ojos.
Quería creerle.
Quería pensar que nada iba a cambiar.
Pero una parte de ella tenía miedo.
Durante las semanas siguientes, la posibilidad de la mudanza se convirtió en una sombra que los acompañaba.
Cada vez que Mateo preguntaba, Valeria respondía lo mismo.
—Todavía no sabemos.
Pero había otra cosa que Valeria no sabía.
Los padres de Mateo también estaban haciendo planes.
Su padre había conseguido información sobre una escuela privada de otra ciudad.
—Si lo enviamos allí el próximo año, podrá concentrarse en sus estudios —dijo.
Su madre asintió.
—Y se alejará de esa muchacha.
—Exactamente.
—¿Crees que funcionará?
—Con el tiempo, sí.
Pero Mateo no estaba dispuesto a dejar que nadie decidiera por él.
Una tarde, después de clases, llevó a Valeria hasta la plaza.
—Quiero darte algo.
Sacó una pequeña caja de madera.
Ella la abrió.
Dentro había una fotografía de los dos.
—¿Cuándo tomaste esto?
—El día que fuimos al río.
Valeria