Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.
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PARÍS, LUZ Y DESEO
El avión aterrizó bajo un cielo despejado, y cuando Lía salió del aeropuerto, se detuvo un instante, con la boca entreabierta, mirando todo como si fuera un sueño. Las calles anchas, los edificios elegantes, la luz dorada que bañaba la ciudad… nunca imaginó que un lugar así existiera de verdad.
Dante la tomó de la mano y la atrajo hacia sí.
— Te gusta —dijo él, no como pregunta, sino como certeza.
— Es hermoso… —susurró ella, sin dejar de mirar a su alrededor—. Parece que todo brilla. No es como mi barrio… no es como nada que haya visto.
— Esto es solo el comienzo —prometió él.
Llegaron al hotel: una suite de lujo en el corazón de París, con ventanales enormes que daban directamente a la Torre Eiffel. Lía entró y se quedó quieta, sin atreverse a avanzar, impresionada por la amplitud, los muebles de seda, las luces cálidas, la vista imponente.
— Dante… esto… es demasiado —murmuró ella—. No merezco estar aquí.
Él la giró hacia sí, le tomó el rostro entre las manos y la miró a los ojos.
— Mereces todo lo que yo decida darte, Lía. Y hoy… te voy a dar todo.
🛁 LUZ Y AGUA
Más tarde, cuando el sol empezó a caer y la habitación se llenó de una luz suave y anaranjada, Dante la llevó al baño. El jacuzzi estaba lleno, el agua tibia y espumosa, con velas encendidas alrededor que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de mármol.
— Ven —le dijo, desabrochando lentamente su blusa.
Lía se dejó hacer, tímida pero sin retroceder. Se miraron a los ojos mientras entraban juntos al agua, y el calor los envolvió a ambos. El agua los cubría hasta los hombros, el vapor los rodeaba… y ahí, entre burbujas y luz tenue, Dante la besó despacio, saboreando cada instante. Ella respondió con toda su ternura, con esa gratitud que lo envolvía todo, con un cariño sincero que hacía que cada caricia fuera única.
— Eres tan dulce… —susurró él contra su piel—. Tan mía…
— Soy suya —respondió ella, sin dudar—. Gracias por dejarme estar aquí. Gracias por todo.
Esa gratitud, esa entrega sin reservas, encendió en él un fuego distinto. No era solo deseo… era la certeza de tener algo puro, algo que nadie le había dado nunca. En el agua, entre luces y sombras, se entregaron el uno al otro con lentitud, con cuidado, descubriendo cada rincón, cada suspiro, cada gemido suave y entrecortado que ella soltaba cuando él la tocaba. Era perfecta. Era suya.
🛏️ ENTRE SÁBANAS Y ESTRELLAS
Cuando salieron del baño, la noche ya había caído por completo. La Torre Eiffel empezó a brillar con luces parpadeantes justo frente a su ventana, iluminando la habitación con destellos dorados. Se acostaron en la cama inmensa, entre sábanas de satén blanco, y ahí, con la ciudad de luz como testigo, la tomó de nuevo. Más despacio, más profundo, sintiendo cada movimiento, cada respiración compartida.
Lía no se reprimía. No fingía. No calculaba. Se entregaba a él con total confianza, complaciéndolo en todo, atenta a cada gesto, a cada suspiro suyo. Cuando él quería más, ella daba más. Cuando él la abrazaba con fuerza, ella se aferraba a él como si fuera su salvación. Y en medio de todo, entre besos y caricias, ella le susurró:
— Te doy todo lo que soy, Dante. Porque tú me diste algo que nadie me dio nunca: valor.
Esas palabras terminaron de derribar cualquier barrera que quedaba en él. La amó con intensidad, con pasión, con una devoción que no esperaba sentir tan pronto. Y ella… ella respondió con la misma entrega, con la misma llama, fundiéndose con él en una sola respiración, en un solo latido.
Cuando terminaron, quedaron abrazados, sin hablar, escuchando el silencio roto solo por el murmullo lejano de la ciudad. Dante la tenía pegada a su pecho, su mano dibujando círculos lentos sobre su espalda desnuda. La miraba dormir, o medio dormir, con la cabeza sobre su hombro, y sentía algo que no tenía nombre: plenitud.
— Eres mi regalo, Lía —susurró contra su cabello—. Mi descubrimiento más hermoso. Y mientras seas mía… nadie te hará daño. Nadie.
Ella levantó la cabeza apenas, lo miró con esos ojos verdes brillantes, y lo besó suavemente en la mandíbula.
— Siempre seré tuya —dijo, con voz suave pero firme—. Gracias por elegirme.
Dante sonrió, satisfecho, sintiendo que por primera vez en su vida… estaba exactamente donde debía estar. Con la mujer que no le pedía nada, pero le daba todo. Con la mujer que lo miraba como si él fuera el mundo entero. Y en París, bajo las luces más hermosas del planeta, supo una cosa con certeza: no la soltaría jamás.