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Resucitado Por Venganza

Resucitado Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Venganza
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: Galeano

Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.

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Capitulo 18

El eco sordo de los violines y el murmullo lejano de las conversaciones en el gran salón de baile se disipaban a medida que Isabella se adentraba en el pasillo lateral del piso superior del hotel. Necesitaba aire. El calor sofocante de la gala, sumado a una extraña e inexplicable presión en el pecho que la acompañaba desde hacía horas, la había obligado a retirarse hacia la zona de suites privadas en busca de un instante de absoluta soledad.

Avanzaba a pasos lentos sobre la espesa alfombra de terciopelo borgoña, ajustándose el chal oscuro sobre los hombros. El lugar estaba sumergido en una penumbra elegante, iluminado únicamente por apliques de pared en forma de velas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes empapeladas en tonos dorados.

De pronto, al doblar la esquina que conducía hacia el gran ventanal del fondo, escuchó unos pasos firmes y cadenciados que se aproximaban en dirección opuesta.

Isabella alzó la vista por puro instinto, dispuesta a disculparse por interrumpir el paso de algún invitado. Pero las palabras se le congelaron de golpe en la garganta. Su corazón dio un vuelco salvaje, deteniendo de forma violenta su ritmo dentro del tórax, mientras que todo el aire de sus pulmones se escapó en un jadeo mudo.

A menos de tres metros de distancia, bañado por la luz tenue y dorada de la penumbra, se encontraba él.

Un hombre alto, de hombros anchos y postura impecable, enfundado en un esmoquin negro que realzaba su imponente presencia. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás de la misma forma en que solía llevarlo en las ocasiones especiales, pero lo que paralizó el universo de Isabella fue encontrarse de lleno con esos ojos: dos orbes de un azul gélido, profundos e inconfundibles, que la miraban con una mezcla desgarradora de amor, agonía y devoción absoluta.

El tiempo se detuvo. El suelo bajo sus pies pareció desaparecer por completo, sumergiéndola en un abismo de vértigo irreal. Tenía ante ella la estructura exacta de su mandíbula, las cicatrices casi imperceptibles en las sienes y la forma única de sus labios. Era el rostro que había llorado sobre el mármol de una iglesia, la cara que había besado en mil sueños durante diez años de profunda soledad y la imagen viva que cada mañana contemplaba en los rasgos del pequeño Alex.

—No... —susurró Isabella con la voz rota, tiritando de pies a cabeza mientras daba un paso vacilante hacia atrás—. No... es un sueño... Es una alucinación...

Alexander permaneció inmóvil durante una fracción de segundo, sosteniendo la respiración mientras sentía que el alma se le desgarraba en mil pedazos al ver el pavor y la conmoción reflejados en el rostro de su esposa. La coraza de hierro de "Sasha", la mano derecha de la mafia rusa, se desmoronó por completo en ese preciso instante.

—Isabella... —murmuró él con un hilo de voz grave, rasposo y cargado de una ternura tan devastadora que hizo vibrar el aire del pasillo.

Al escuchar su voz —esa voz cálida, profunda y limpia que creía enterrada para siempre bajo dos metros de tierra—, las piernas de Isabella perdieron de golpe toda fuerza. La cabeza le giró en un torbellino de pánico y confusión absoluta. Su piel se tornó de un color pálido y céreo, los párpados se le volvieron pesados y su cuerpo se desplomó hacia adelante en una caída libre.

—¡Isabella! —gritó Alexander con desesperación.

En un movimiento felino y veloz, cruzó la distancia que los separaba y la atrapó antes de que su cuerpo tocara la alfombra. Sus brazos, fuertes y temblorosos por la adrenalina, la estrecharon contra su pecho. Sostuvo su nuca con una mano firme, sintiendo la calidez de su piel y el fragante aroma de su perfume, el mismo aroma a flores frescas que lo había acompañado durante diez años de oscuridad en las tierras gélidas de San Petersburgo.

Con la urgencia de un hombre que protege su tesoro más sagrado de las miradas curiosas de la gala, Alexander miró a ambos lados del corredor. Abrió con un empujón de hombro la puerta de la suite privada más cercana —cuya cerradura biométrica obedeció de inmediato a su pase de alta seguridad— y la llevó al interior, cerrando de un golpe seco que aisló cualquier ruido del exterior.

La habitación privada estaba a oscuras, iluminada apenas por los destellos de las luces de la ciudad que entraban a través de las grandes persianas de cristal. Alexander la recostó con suavidad absoluta sobre el mullido sofá de terciopelo del salón.

—Isabella, mi amor... por favor, mírame —suplicó Alexander, hincándose de rodillas sobre la alfombra junto a ella, tomándole las manos heladas entre las suyas y cubriéndoselas de besos desesperados—. Despierta, por favor... Estoy aquí.

Isabella dejó escapar un gemido ahogado y entreabrió los ojos con lentitud. La penumbra de la suite le devolvió la imagen del hombre inclinado sobre ella, sosteniendo sus manos con un calor y una fuerza absolutamente reales. No era un espectro ni una sombra de su mente traumatizada; la presión de sus dedos, el pulso acelerado en sus muñecas y la humedad de las lágrimas que resbalaban por las mejillas de Alexander eran tangibles.

Llevó una mano temblorosa hacia el rostro de él, rozándole el pómulo con las yemas de sus dedos tiritantes. El contacto con la piel cálida de su prometido le provocó un shock emocional tan brutal que un sollozo desgarrador brotó desde lo más profundo de sus entrañas.

—Alexander... —gimió ella, inundando su rostro de lágrimas a mares—. ¡¿Eres tú?! ¡¿Cómo es posible?! ¡Te vi morir! ¡Te sepultaron! ¡Toqué tu ataúd! ¡Te lloré cada día de mi vida durante diez años!

—Lo sé, mi vida, lo sé... —respondió Alexander con la voz quebrada por el llanto, pegando su frente a la de ella mientras ambos compartían el mismo aire en medio de la penumbra—. Me salvaron... La noche de mi entierro me sacaron de esa tumba. Me inyectaron un compuesto para reanimar mi corazón... He vivido atrapado en un infierno, Isabella, pero nunca dejé de amarte. Ni un solo segundo de mi existencia.

Isabella lo miraba desorbitada, debatiéndose entre la incredulidad brutal y el amor desbordante que amenazaba con estallarle en el pecho. Sus manos se aferraron con desesperación a las solapas de la chaqueta de Alexander, comprobando una y otra vez que no se disiparía como el humo en la noche.

—Te fuiste... me dejaste sola en medio de la sangre —sollozó ella, golpeando débilmente su pecho con un puño tembloroso antes de ahogarse de nuevo en sus propios sollozos—. ¡Estaba tan asustada! ¡Tuve que ser fuerte por ti!

Alexander no resistió más. La tomó por la cintura, la alzó ligeramente y la envolvió en un abrazo feroz, aplastándola contra su cuerpo como si quisiera fusionar sus almas en una sola. La apretó contra su corazón, que golpeaba salvajemente detrás de las cicatrices de los disparos, permitiendo que Isabella sintiera el milagro de sus latidos verdaderos.

—Perdóname, mi amor... Perdóname por todo el dolor que tuviste que soportar —murmuró Alexander sobre su oído, besando su cabello, sus mejillas húmedas y sus labios temblorosos con una devoción casi religiosa—. El milagro terminó, Isabella. Las sombras quedaron atrás. Volví del mismísimo infierno para devolverte la vida y para no separarme de ti nunca más.

En la penumbra de la suite, envueltos en un llanto compartido de alivio, dolor acumulado y un amor que desafió a la propia tumba, el milagro se consolidó. El fantasma que ella lloró por una década respiraba a su lado, sosteniéndola entre sus brazos con la promesa indestructible de que la tormenta finalmente había llegado a su fin.

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