Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 23: El reclamo de Martín y los celos dementes de Dante
La luz tibia de la tarde entraba por los ventanales del living mientras el aroma a té de manzanilla intentaba calmar el aire pesado. Valeria estaba sentada en la punta del sillón, abrazada a un almohadón, con el rostro pálido y la taza entre las manos. A su lado, Alessia le acomodaba una manta sobre los hombros, mientras Pablo caminaba por la sala con una copa de vino en la mano y la mandíbula apretada.
—No le des más vueltas, Vale —dijo Alessia con suavidad, tomándole la mano—. Esto no fue un descuido de la prensa ni un periodista que investigó de más. Alguien filtró esto con veneno puro para hacerte daño. Tengo una idea muy clara de quién fue.
Valeria levantó la vista y suspiró con amargura.
—Yo también la tengo... Y Alexis me lo terminó confirmando hace un rato. Gianna estuvo sola en el área de dirección antes de que estallara todo.
—Es una rata despreciable —espetó Alessia, indignada—. Sabe perfectamente dónde golpear para lastimarte a vos y a tu papá.
Pablo se detuvo en seco en medio del living, le dio un trago largo a su copa y miró a las chicas con una frialdad absoluta.
—Miren, si quieren enterrarla viva, yo mismo me voy a encargar de hacer el pozo y llevar la pala.
Alessia y Valeria lo miraron con los ojos abiertos de par en par, sorprendidas por el tono tan oscuro y tajante de su amigo.
—¿Hablás en serio, Pablo? —preguntó Alessia, pestañeando sin poder creerlo.
—Totalmente en serio —respondió Pablo sin pestañear—. Esa víbora hace rato que está buscando una muerte social y corporativa, ¿y quién soy yo para atrasarle los planes? Estoy harto de esa mosca muerta. No veo la hora de sacarla del mapa de una vez por todas para que nos deje en paz.
Alessia y Valeria soltaron una carcajada ahogada, aflojando la tensión por un instante ante la ocurrencia de Pablo, pero en el fondo sabían que no bromeaba del todo: Gianna había cruzado un límite peligroso y no habría retorno.
A la mañana siguiente, las oficinas centrales de Rossi Corp amanecieron blindadas. La guardia privada contenía a los fotógrafos en la vereda mientras Valeria caminaba por el vestíbulo principal. Tenía el estómago revuelto, un mareo persistente que la obligaba a dar pasos lentos y un cansancio que le pesaba en los huesos.
Apenas cruzó la puerta de su oficina privada, la figura de Martín la tomó por sorpresa. Estaba de pie junto a su escritorio, vestido con un traje oscuro, despeinado y con los ojos rojos, quemados por el insomnio. En la mano sostenía un periódico arrugado.
—Martín... —murmuró Valeria, frenándose en seco mientras el corazón le daba un vuelco—. ¿Qué hacés acá? No deberías haber venido con la prensa afuera.
Martín la miró en silencio durante tres segundos que parecieron una eternidad. La devastación en su rostro era absoluta.
—Leí los diarios, Valeria —dijo él con la voz quebrada, levantando el periódico antes de dejarlo caer sobre la madera del escritorio—. Decime que es mentira. Por favor, decime en la cara que esto es un invento de la prensa de chismes.
Valeria cerró los ojos, sintiendo una náusea amarga que le subió a la garganta. Se apoyó contra el marco de la puerta para no perder el equilibrio.
—Martín, no escuches todo lo que dicen esos portales...
—¡No evadas la pregunta! —interrumpió él, dando un paso al frente pero manteniendo la distancia por respeto—. Decime si el hombre por el que me dejaste, el tipo con el que te confundiste y que te encendió el cuerpo, era Dante Volkov. Decime si todo este circo fue por el ruso.
El silencio que cayó en la oficina fue aplastante. Valeria la miró a los ojos, incapaz de seguir sosteniendo una mentira que solo lastimaba a un hombre noble.
—Sí —confesó Valeria en un hilo de voz, sintiendo que se desarmaba por dentro—. Fue por él, Martín. Perdoname... Perdoname por este desastre mediático, no tenías por qué quedar envuelto en esta porquería.
Martín tragó saliva, apretando los puños. El dolor le atravesó el rostro, pero asintió despacio, tragándose la humillación con una entereza que a Valeria le rompió el corazón.
—Gracias por la verdad —dijo él con tono pausado, recuperando el aire—. Duele como la mierda, pero al menos no me mientes.
En ese preciso instante, el ruido de unos pasos pesados y acelerados retumbó en el pasillo exterior. Alexis intentaba frenar a alguien, pero la puerta de la oficina se abrió de golpe, estrellándose contra la pared.
Dante Volkov irrumpió en la sala como una marea destructiva.
El capo ruso venía sin saco, con las mangas de la camisa negra arremangadas y los ojos inyectados en un odio salvaje. Se había enterado por sus hombres de que el exnovio de Valeria había ingresado al edificio y había perdido la cabeza por completo. Los celos dementes le nublaban el juicio; estaba dispuesto a sacar a Martín a golpes o a meterle un tiro allí mismo si hacía falta.
—¿Qué mierda hacés acá? —retumbó la voz de Dante, avanzando dos pasos masivos hacia Martín con los puños cerrados.
Valería se puso instintivamente en medio, aunque las piernas le temblaban de agotamiento.
—Dante, no! —gritó ella—. ¡Atrás! No tenés ningún derecho a entrar así a mi oficina.
Martín ni siquiera se achicó ante la masa física e imponente del ruso. Se giró despacio, se acomodó la corbata y miró a Dante de frente, demostrando una dignidad impecable.
—Tranquilo, Volkov. No vine a pelear —dijo Martín con voz firme y serena, clavándole los ojos al magnate—. Ya entendí todo. Entendí que perdí y me hago a un lado como hombre. Valeria te defiende a vos y no le importa el desastre que se armó afueras con la prensa porque su elección ya está hecha. Me corro de su camino.
Dante apretó las mandíbulas hasta que los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas de acero, respirando con violencia, impactado por la frialdad con la que el rival reconocía la derrota.
—Más te vale que no te vuelva a ver cerca de ella —siseó Dante entre dientes.
Martín no le respondió. Miró a Valeria una última vez con tristeza infinita.
—Cuidate, Vale —murmuró él, y caminó hacia la salida cruzando por al lado del ruso con la cabeza en alto.
Apenas la puerta se cerró y Alexis se retiró para darles privacidad, Dante se giró hacia Valeria como un animal embravecido. La sola idea de que Martín hubiera estado a solas con ella, hablándole de cerca, lo estaba volviendo loco.
Avanzó dos pasos, la tomó de la cintura con una fuerza bruta y la estampó de espaldas contra la pared de madera de la oficina.
—¡Dante, soltame! —alcanzó a jadear ella, sofocada por el impacto y el mareo que le volvió a golpear la cabeza.
—¡No te voy a soltar un carajo! —le gruñó él al oído, pegando su cuerpo caliente y masivo contra el de ella, aprisionándola sin darle margen de maniobra—. Te dije que no quería a ese idiota cerca tuyo. Te dije que sos mía.
Dante le atrapó el rostro con una mano grande, forzándola a mirarlo mientras le devoraba los labios en un beso violento, sucio y lleno de posesión. Le mordió el labio inferior con rabia, metiendo la lengua para reclamarle cada rincón de la boca, demostrándole de forma salvaje quién dominaba su cuerpo y su aliento.
Valeria intentó empujarlo, pero sus manos terminaron aferrándose a los hombros de Dante. El desgaste emocional de los últimos días, sumado al malestar físico que le revolvía las entrañas, le jugó una mala pasada. Sentía que el piso se le movía, que las luces de la oficina se apagaban y que el aire no le llegaba a los pulmones.
—Dante... me siento... mal... —alcanzó a murmurar ella contra su boca, soltando un gemido débil mientras sus rodillas se le aflojaban por completo.
Dante sintió que el cuerpo de Valeria se volvía pesado entre sus brazos, completamente desvanecido. La furia del ruso se transformó en un pánico ciego al ver que ella cerraba los ojos, pálida como el papel, desmayándose en sus brazos.