Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 8
Sin embargo, alguien que caminaba en dirección contraria se cruzó repentinamente en su camino.
El choque fue inevitable.
—¡Fíjate por dónde caminas! —exclamó Lara, llevándose una mano al hombro.
—Eso mismo iba a decirte…
La voz masculina hizo que se quedara inmóvil.
Lara levantó lentamente la cabeza.
El hombre que tenía delante también lo hizo.
Sus miradas se encontraron.
Durante un instante, el ruido de la cantina pareció desaparecer. Lara reconoció aquellos ojos oscuros, la mandíbula firme y el rostro que había visto junto al arroyo. Él, por su parte, reconoció de inmediato a la mujer que hace unas horas le lanzo la piedra.
Ambos abrieron los ojos con sorpresa.
—¡Tú! —exclamaron al mismo tiempo.
Izan fue el primero en recuperar la compostura. Una sonrisa lenta y peligrosa apareció en sus labios mientras inclinaba ligeramente la cabeza, como si acabara de encontrar algo que llevaba mucho tiempo buscando.
—Así que aquí estás —dijo—. Me dejaste moribundo y te fuiste.
Lara miró el parche de su frente y después volvió a clavar los ojos en él.
—¿Moribundo? No exageres. Sigues vivo, por desgracia.
—Podrías mostrar un poco de remordimiento.
—¿Por qué? La próxima vez atinaré mejor y te mataré para que no mires a nadie sin su consentimiento.
Izan soltó una risa breve, sorprendido por la facilidad con la que ella lo desafiaba.
—Sigues teniendo una lengua bastante afilada.
—Y tú sigues siendo un descarado.
—Ya que te encuentro, me las cobraré.
Lara cruzó los brazos y alzó el mentón, negándose a demostrar que la cercanía de aquel hombre la ponía nerviosa.
—¿Qué harás? ¿Me lanzarás una piedra?
La sonrisa de Izan se ensanchó.
—Tengo mejores métodos.
Antes de que Lara pudiera responder, él acortó la distancia entre ambos y le tomó el rostro con las dos manos.
La besó.
Lara se quedó paralizada durante una fracción de segundo, sorprendida por aquella acción inesperada. Inmediatamente, apoyó las manos contra el pecho de Izan e intentó apartarlo.
—¡Suéltame! —protestó contra sus labios, forcejeando para liberarse.
Pero Izan no la soltó de inmediato.
Lara se resistió con todas sus fuerzas, empujándolo y girando el rostro para escapar de aquel beso que él se había tomado sin pedirle permiso. La rabia le ardía en el pecho. ¿Quién se creía aquel hombre para atreverse a tocarla de esa manera?
Sin embargo, en medio de la lucha, ocurrió algo que la desconcertó.
Por un instante, sus movimientos vacilaron. La cercanía de Izan, la firmeza de sus manos sobre su rostro y aquella intensidad con la que la miraba hicieron que una corriente inesperada le recorriera el cuerpo. Su corazón comenzó a latir con una fuerza que no pudo comprender.
Y, durante un breve momento, dejó de luchar.
El beso cambió. La tensión entre ambos pareció transformarse en algo que Lara no estaba preparada para reconocer. Sus dedos se aferraron por un instante a la camisa de Izan, y una parte de ella se descubrió disfrutando de aquella cercanía, de aquel contacto que jamás habría admitido desear.
Pero la sensación duró apenas unos segundos.
La razón regresó de golpe, acompañada de una oleada de indignación.
¡¿Qué demonios estaba haciendo?!
Lara reunió todas sus fuerzas y lo empujó con violencia.
Izan retrocedió, sorprendido por la rapidez con la que ella se apartó. Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Lara cerró la mano y le propinó un puñetazo en la cara.
—¡Maldito imbécil!
El golpe le dolió también a ella. Lara sacudió la mano y apretó los labios, conteniendo una queja.
—¡Ay! ¡Mi mano!
Izan se llevó una mano al rostro, aturdido por el golpe.
—¿Estás loca?
—¡Eso debería preguntártelo yo!
Él apenas tuvo tiempo de reaccionar. Lara levantó la rodilla y le dio un golpe en la entrepierna.
Izan se dobló de inmediato, soltando un quejido ahogado mientras se llevaba ambas manos a la zona dolorida.
—¡Por todos los…!
—¡Eres un imbécil! —le espetó Lara, furiosa—. ¿Cómo te atreves a tocarme?
Izan intentó enderezarse, aunque el dolor no se lo permitió de inmediato.
—¡Mujer, quieres dejarnos sin hijos!
—¡Ojalá hubiera apuntado más fuerte!
—¡Acabas de golpearme dos veces!
—¡Y me quedé corta!
Las personas que estaban cerca comenzaron a volver la cabeza. Algunos se apartaron para observar mejor la escena; otros intercambiaron miradas, sorprendidos por el espectáculo que aquellos dos estaban ofreciendo.
Izan, todavía encorvado, alzó la mirada hacia Lara.
—¿Siempre recibes así a los hombres que te besan?
Lara abrió la boca, indignada.
—¡No vuelvas a mencionar ese beso!
—¿Por qué? ¿No te gustó?
Ella sintió que la sangre le subía al rostro.
—¡Voy a matarte!
—Eso intentaste en el arroyo.
—¡Y puedo hacerlo realidad aquí mismo!
Lara dio un paso hacia él, pero una voz masculina intervino antes de que pudiera continuar.
—¡Izan! ¿Qué demonios está pasando?
Adriel apareció junto a su primo y se quedó inmóvil al verlo doblado de dolor, con una mano en el rostro y la otra protegiéndose la entrepierna.
—¿Qué te han hecho?
—¡Esta mujer está loca! —consiguió responder Izan entre dientes.
—¡Él me besó sin mi permiso! —replicó Lara, señalándolo con el dedo—. ¡Y después de todo todavía se atreve a burlarse de mí!
Adriel miró a Izan, luego a Lara y nuevamente a su primo.
—¿La besaste?
Izan apretó la mandíbula.
—No es el momento, Adriel.
—Eso significa que sí.
—¡Cállate!
En ese preciso instante, Selina regresó del tocador. Al escuchar las voces elevadas, aceleró el paso y se abrió camino entre las personas que se habían detenido a mirar.
—¿Lara? ¿Qué está pasando?
Se acercó a su hermana y la encontró con el rostro encendido de furia, respirando agitadamente y sacudiendo una mano dolorida.
—¿Qué hiciste? —preguntó, alarmada.
—¡Yo nada! ¡Este imbécil me besó sin mi consentimiento!
Selina miró al hombre que permanecía encorvado junto a Adriel.
—¿Qué?
Izan levantó la cabeza con esfuerzo.
—Ella me golpeó en la cara y casi me deja sin descendencia.
—¡Te lo mereces! —exclamó Lara.
Selina miró a su hermana con incredulidad, después a Izan y finalmente a Adriel, que parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reírse.
—Vámonos de aquí, Selina.
Pero Selina no se movió.
Sus ojos se habían encontrado con los de Adriel.
Él había levantado la mirada justo cuando ella se volvió hacia él, y ambos quedaron atrapados en un silencio inesperado.
Adriel olvidó por un instante el dolor de su primo, la multitud que los rodeaba y la escena que acababa de presenciar. Selina, por su parte, sintió que algo extraño le revolvía el estómago. Aquel hombre tenía una mirada cálida, una sonrisa que parecía a punto de aparecer en sus labios y una presencia que, por alguna razón, consiguió desarmarla.
Se quedaron observándose unos segundos más de lo necesario.
—Hola —dijo finalmente Adriel, con una sonrisa.
Selina parpadeó, como si acabara de recordar dónde se encontraba.
—Hola.
Lara miró a su hermana y después siguió la dirección de sus ojos.
—¿Selina?
Su hermana no respondió.
—¡Selina! —repitió Lara, esta vez con mayor firmeza.
—¿Qué? —preguntó Selina, sobresaltándose.
—¡Nos vamos!
—Sí, claro. Ya voy.
Pero antes de que Lara pudiera arrastrarla hacia la salida, Adriel dio un paso al frente.
—Espera un momento. Al menos, déjame disculparme por el comportamiento de mi primo.
—No tienes que disculparte por él —respondió Lara con frialdad—. Tu primo es un adulto y sabe perfectamente lo que hace.
Izan se enderezó como pudo.
—No necesito que nadie hable por mí.
—Entonces aprende a comportarte como una persona decente —replicó Lara.
Adriel se pasó una mano por el rostro, resignado.
—Esto va a ser más complicado de lo que pensaba.
—Para ti no tiene por qué ser complicado —dijo Lara—. Solo mantén a tu primito lejos de mí.
Tomó nuevamente a Selina del brazo y se encaminó hacia la puerta.
Esta vez, su hermana comenzó a seguirla, aunque no sin antes volver la cabeza para mirar a Adriel.