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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Química inestable

El reflejo en el espejo era una trampa.

Tenía la piel descubierta, brillando por la crema hidratante, La realidad me soplaba en la nuca: con Liam Black las cerraduras eran un adorno y las reglas no existían.

Su mirada no era un simple vistazo indiscreto; era un incendio forestal avanzando sin freno. Recorrió cada curva de mi cuerpo con una lentitud deliberada, hambrienta y posesiva, quemándome los poros como si tuviera derecho sobre cada centímetro de mi piel.

El corazón me estalló contra las costillas, desatando una euforia salvaje y oscura que me sacudió entera. La furia, la vulnerabilidad y una atracción tan visceral que rozaba el dolor colisionaron en mi pecho al mismo tiempo. Quise gritarle, arrojarle el frasco de crema, taparme, salir corriendo... pero me quedé congelada, con los ojos fijos en los suyos a través del espejo, respirando el mismo aire denso y prohibido.

Liam no se movió de la puerta. Su pecho subía y bajaba con un ritmo más pesado de lo normal, y en la profundidad de sus ojos oscuros vi destellar algo peligroso: el cazador que por fin acorrala a su presa, sabiendo perfectamente que ella no tiene intenciones de escapar.

-¿Te vas a quedar ahí babeando como un idiota o vas a tener la decencia de largarte de mi habitación? -logré exhalar, con la voz temblando apenas por culpa de una rabia que ya no sabía si era hacia él... o hacia mí misma.

Una sonrisa lenta y torcida se dibujó en los labios de Liam. No apartó los ojos de los míos ni un segundo cuando, con una tranquilidad exasperante, dio un paso al frente dentro de la habitación, acortando la distancia entre el dintel y el tocador.

-Podría largarme -respondió Liam, con la voz ronca, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro áspero que me acarició la piel-. Pero la verdad es que prefiero ver cómo pretendes fingir que no te importa tenerme aquí.

-¡Eres un maldito descarado! -le espeté, girándome por fin hacia él con la cara encendida de furia, sin importarme un bledo estar completamente desnuda, decidida a enfrentarlo antes de que su cercanía terminara de desarmarme.

Pero subestimé su velocidad.

En un parpadeo, Liam cerró el espacio que nos separaba. Sus manos grandes y firmes me agarraron de la cintura con una fuerza posesiva que me cortó la respiración, levantándome apenas unos centímetros para estampar mi espalda contra el frío cristal del espejo. El impacto me sacó un jadeo, pero antes de que pudiera reclamarle nada, su boca se estrelló contra la mía.

No fue un beso tierno ni prudente; fue un choque de trenes. Estaba cargado de toda la rabia acumulada, de los años de insultos, de la tensión contenida en esa maldita sala y del pánico absoluto que nos provocaba saber que nuestra vida había cambiado para siempre. Mis manos, por instinto propio y traidor, se aferraron a los hombros de su sudadera, arañando la tela mientras le devolvía el beso con la misma ferocidad, hundiéndome en un torbellino de adrenalina pura.

Él gruñó contra mis labios, profundizando el beso con una desesperación ciega que me hizo perder el equilibrio del mundo. Su mano recorrió mi columna, avivando el fuego de la crema sobre mi piel desnuda, haciendo que cada terminación nerviosa de mi cuerpo se encendiera en una mezcla indomable de odio y deseo.

-Maldita sea, Zoé... -murmuró él contra mi boca, con la respiración entrecortada y los ojos ardiendo de una intensidad salvaje-. Me vuelves completamente loco.

-Te odio -jadeé contra sus labios, apretando los dientes mientras mis manos se deslizaban por su cuello, tirando de su cabello con fuerza, atrapados en esa extraña y retorcida órbita de la que ninguno de los dos quería salir.

El sabor de sus labios era una mezcla de peligro y adicción, una bofetada a todas las razones por las que deberíamos habernos matado en lugar de tocarnos. El aire se nos agotaba, pero a ninguno le importaba; cada roce era un recordatorio físico de que las reglas ya no existían, de que habíamos cruzado una frontera de la que jamás podríamos regresar.

Liam me pegó más a su cuerpo, ignorando por completo la sensatez, y su mano bajó por la curva de mi cadera con una posesividad que me hizo arquear la espalda contra el frío cristal del espejo. Sentí su pulso acelerado contra el mío, un tambor de guerra que marcaba el ritmo de nuestra propia destrucción.

-Si querías una tregua, elegiste la peor manera de empezarla -jadeé contra su boca, intentando recuperar un ápice de autoridad mientras mis dedos se aferraban con más fuerza a la nuca de su sudadera, atrayéndolo todavía más hacia mí.

Una risa áspera y gutural escapó de su garganta. Liam se apartó apenas unos milímetros, lo suficiente para mirarme a los ojos. Tenía los labios ligeramente hinchados, la respiración caótica y la mirada oscurecida por una tempestad de deseo y desafío.

-¿Quién dijo que quería una tregua, Zoé? -susurró él con una intensidad que me recorrió la columna como una descarga eléctrica, rozando la punta de su nariz con la mía-. Desde el primer día supe que esto iba a terminar exactamente así.

La bofetada de su confesión me dejó sin palabras, pero antes de que pudiera replicarle algo, la cruda realidad del mundo exterior se coló en la habitación. El zumbido lejano de un coche pasando por la calle o el crujido de la madera vieja de la casa... cualquier sonido insignificante fue suficiente para romper el hechizo, recordándonos que estábamos a solo unos minutos de tener que salir por esa puerta rumbo al maldito laboratorio médico.

Liam soltó un suspiro denso, cerrando los ojos un instante como si le costara un esfuerzo titánico obligarse a soltarme. Aflojó el agarre de mi cintura, aunque sus manos se negaron a alejarse del todo, recorriendo mis brazos con lentitud antes de dar un paso atrás.

Me quedé allí, apoyada contra el espejo, con el pecho subiendo y bajando desbocado, sintiendo el vacío helado donde su cuerpo había estado hacía apenas un segundo.

-Te doy cinco minutos para vestirte, Miller -dijo Liam con la voz ronca, recuperando esa fachada de frialdad calculadora mientras se pasaba una mano por el cabello revuelto y se giraba hacia la puerta-. Si tardas más, entro a buscarte otra vez, y te juro que esta vez no nos vamos a ir a ningún hospital.

Me quedé allí, apoyada contra el espejo, con el pecho subiendo y bajando desbocado, sintiendo el vacío helado donde su cuerpo había estado hacía apenas un segundo. La adrenalina aún corría por mis venas, transformándose de golpe en una oleada de frustración absoluta al ver que el muy maldito se había marchado tan campante.

-¡Eres un hijo de puta, Liam! -le grité a pleno pulmón hacia el pasillo vació, con la voz temblando de rabia y un calor insoportable anidado en el centro del pecho-. ¡Me dejas con las ganas y te largas como si nada, pedazo de imbécil!

El eco de mi propio insulto rebotó en las paredes de la habitación, haciéndome hervir la sangre todavía más. Respirando entrecortadamente y con los puños apretados, maldije su nombre mil veces mientras me giraba hacia el armario, furiosa por darme cuenta de que tenía razón: me había encendido por completo y ahora tendría que lidiar con este desastre a medias antes de tener que salir a soportarlo otra vez.

Me vestí a la velocidad de la luz, odiando cada prenda que rozaba mi piel y maldiciendo en silencio a Liam por haberme dejado con los nervios a flor de piel. Cuando por fin salí de la habitación con unos jeans ajustados y una camiseta básica, pisando con fuerza el suelo de madera, lo encontré recargado contra la pared del pasillo, cruzado de brazos y con una maldita sonrisa de suficiencia dibujada en los labios.

-Vaya, pensé que te ibas a mudar al vestidor -soltó él con total tranquilidad, empujándose de la pared para empezar a caminar hacia la salida.

-Cierra la boca, Liam -le espeté pasando a su lado a empujones, dándole un codazo intencional en las costillas que él apenas y se molestó en esquivar-. Si sigo soportándote hoy va a ser milagrosamente porque no quiero ir a prisión antes de tener a este crío.

Liam soltó una risa ronca, un sonido grave y satisfecho que me hizo hervir la sangre todavía más, siguiéndome los pasos de cerca mientras salíamos de la casa y cerrábamos de golpe tras nosotros.

El trayecto hasta el centro médico fue una auténtica bomba de tiempo. Nos subimos a su coche en un silencio tan denso que casi se podía masticar. Ninguno de los dos abrió la boca durante las primeras cuadras; el aire acondicionado apenas lograba templar el calor sofocante que parecía irradiar del habitáculo, o tal vez era simplemente la cercanía de nuestros cuerpos en el espacio reducido del asiento delantero.

Cada vez que Liam cambiaba de marcha, su brazo rozaba el mío por inercia, y una corriente eléctrica invisible me recorría la piel, recordándome exactamente lo que había pasado hacía apenas diez minutos en mi habitación. Yo miraba fijamente por la ventanilla, intentando concentrarme en los edificios que pasaban volando, pero sentía su mirada de reojo, pesada y burlona, clavada en mi perfil.

-Si sigues poniendo esa cara de amargada, vas a espantar a la enfermera apenas entremos -comentó él de repente, rompiendo el silencio sin apartar la vista del tráfico.

-Si sigues hablando, te juro que voy a abrir la puerta del carro y me voy a tirar en plena marcha -le contesté sin mirarlo, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

Liam volvió a sonreír de esa manera torcida que tanto me exasperaba, girando el volante para estacionar el coche justo frente a la clínica de análisis. Apagó el motor y, antes de bajarse, se inclinó hacia mí con una lentitud desesperante, acercándose lo suficiente para que su aliento me rozara la oreja.

-Guarda toda esa rabia para más tarde, Miller -murmuró con voz áspera y baja, justo antes de abrir su puerta-. La vamos a necesitar.

Apreté los puños con fuerza, conteniendo las ganas de estrangularlo allí mismo, y bajé del coche detrás de él. Estábamos a punto de entrar al territorio aburrido de las citas médicas, pero tenía muy claro que, con Liam Black a mi lado, la paz absoluta era una mentira en la que ya ni intentaba creer.

La sala de espera de la clínica olía a cloro y a desesperanza, pero lo único que a mí me provocaban náuseas no era el desinfectante, sino la presencia de Liam sentado a mi lado, respirando con una tranquilidad insultante mientras hojeaba una revista médica atrasada.

Mis hormonas eran una bomba de tiempo a punto de estallar, y el cóctel químico en mi sangre me tenía al borde del colapso absoluto. Pasaba del llanto furioso al calor sofocante en cuestión de segundos. Mi cuerpo era un campo de batalla: por un lado, la irritación pura de querer arrancarle la cabeza por cualquier parpadeo; por el otro, una necesidad física y desesperante que me quemaba por dentro, recordándome con alevosía el tacto de sus manos en mi piel apenas una hora antes. Admito que quería que me follara con total desespero.

-Zoé Miller -llamó una enfermera desde el umbral del pasillo con una carpeta en la mano.

Me puse de pie de un salto, sintiendo cómo la sangre me zumbaba en los oídos. Liam se levantó detrás de mí con esa parsimonia exasperante, pegándose lo suficiente a mi espalda como para que el roce de su chaqueta contra mi brazo me encendiera una chispa eléctrica que casi me hace trastabillar.

-¿Te pasa algo, andas mareada o es que extrañas lo de hace un rato? -murmuró Liam directo a mi oído, con una burla ronca y descarada que solo él podía permitirse en un lugar público.

Me giré de golpe, fulminándolo con los ojos ardiendo de rabia y con la cara encendida por el calor que sus palabras me provocaron de inmediato.

-Cierra la maldita boca, Liam. Si vuelves a abrir los labios te juro que... -alcancé a sisearle con los dientes apretados, perdiendo el poco filtro que me quedaba.

-¿Qué vas a hacer? ¿Pegarme frente a la enfermera? -me retó con una media sonrisa torcida, bajando la mirada un segundo hacia mis labios antes de volver a clavarla en mis ojos con una intensidad que me dejó sin respiración.

La enfermera nos aclaró la garganta desde el fondo del pasillo, mirándonos con una mezcla de incomodidad y juicio silencioso. Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas de las manos.

Entramos al consultorio y el médico comenzó con el interrogatorio de rutina, anotando datos y explicándonos los pasos a seguir para los análisis de sangre y las primeras ecografías. Pero yo apenas y podía concentrarme en su voz. Sentía el cuerpo hiperventilado, la piel hipersensible y un calor húmedo y molesto recorriéndome por dentro, atizada por el simple hecho de que Liam estaba sentado en la silla de al lado, con los muslos rozando los míos debido a lo estrecho del espacio, y una mano suya apoyada casualmente sobre el reposabrazos, a milímetros de tocar mi rodilla.

Cada vez que el médico decía algo sobre "los cambios hormonales y la sensibilidad exacerbada en el primer trimestre", tenía que morderse el interior de la mejilla para no gritarle que su maldito paciente era el único responsable de que yo estuviera al borde de la locura. Mi cerebro gritaba que lo odiaba, pero cada terminación nerviosa de mi piel suplicaba exactamente lo contrario, una contradicción hormonal tan violenta que me daban ganas de llorar de pura impotencia.

Cuando por fin salimos del consultorio con las órdenes de laboratorio en la mano, el aire de la calle me golpeó la cara, aunque no logró enfriar el fuego que llevaba dentro. Me detuve en seco junto al coche, fulminando a Liam con la mirada mientras él abría la puerta del conductor.

-¿Qué otra estupidez planeas para hoy, genio? -le solté, con la voz temblando por la mezcla letal de ira y un deseo reprimido que me estaba consumiendo los sesos-. Porque si tengo que aguantarte todo el día con esta carita de cínico, te juro que voy a acabar saltando encima de ti... para ahorcarte, o peor.

Liam se detuvo con la mano en la manija del coche. Giró lentamente el rostro hacia mí, y en sus ojos oscuros brilló un destello de pura depredación, captando al vuelo la desesperación caótica que se filtraba por cada poro de mi piel.

-No amenaces si no lo vas a cumplir, Miller -respondió él con la voz áspera y baja, rodeando el auto a zancadas antes de que pudiera replicar, abriéndome la puerta con una falsa gentileza que me encendió la sangre todavía más-. Súbete. Todavía nos queda mucho día por delante.

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