Abigail Frost, princesa de la familia de hielo más poderosa del Norte.
Mis padres, el Rey y la Reina de Hielo, me mandaron a la Academia Nocturne porque mi poder nunca despertó.
En esa academia todos tienen poderes: fuego, viento, sombras, rayos. Yo no tengo nada. Me llaman mestiza, me rechazan y me humillan con la túnica gris de los débiles.
Lo que nadie sabe es que no soy una mestiza.
Soy la primera Reina de Hielo en 1000 años. La única que puede convertirse en LOBA BLANCA. Mi poder es inmenso, capaz de congelar academias enteras.
Y cuando mi loba despierte, todos los que me llamaron débil se arrodillarán.
¿Te atreves a entrar a la Academia Nocturne?
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MI LOBA BLANCA DESPIERTA
El colgante me estaba quemando.
No era un calor normal. Era un frío tan intenso que quemaba como fuego. La piedra blanca del colmillo se había puesto incandescente.
La chica de fuego, Ignis, se rió más fuerte al ver mi cara de dolor.
"¿Qué te pasa, mestiza? ¿Te dio fiebre por no tener poder?"
Puso su mano frente a mi cara. Su mano se prendió en fuego rojo. Iba a quemarme la mejilla frente a todo el comedor. Todos miraban. Nadie iba a detenerse. En la Academia Nocturne, si eres mestiza con túnica gris, no existes.
Cerré los ojos. No por miedo. Porque el aullido dentro de mi cabeza ya no era un gruñido bajo. Era un rugido.
¡QUÍTATELO! ¡AHORA!
Era la voz de mi madre, pero no era mi madre. Era más salvaje. Más antigua.
Me arranqué el colgante del cuello.
La cadena se rompió.
Y el mundo se detuvo.
Primero, un silencio total. Como si alguien hubiera apagado el sonido del comedor.
Luego, una explosión de luz blanca. No azul. Blanca.
De mi pecho salió una onda de aire helado tan poderosa que apagó el fuego de la mano de Ignis de un golpe. La tiró a 5 metros contra la pared. Su túnica roja se congeló instantáneamente.
Todos se levantaron gritando.
"¡¿Qué está pasando?!"
"¡Es una mestiza, no puede hacer eso!"
Yo no estaba de pie. Estaba de rodillas en el suelo, pero ya no me veía igual.
Mi cabello negro brillante, largo, se había puesto completamente blanco como la nieve. Blanco brillante, hasta la cintura, flotando solo, sin viento. Mi piel clara se había puesto pálida como la luna. Mis ojos grises ya no eran grises. Eran blancos, totalmente blancos, con un brillo azul en el centro. Como los ojos de una loba.
Y detrás de mí, mi sombra ya no era humana.
Era una loba. Una loba blanca gigante, de 3 metros de alto, hecha de hielo y nieve y viento. Transparente, pero todos podían verla. Con ojos blancos como los míos. Con colmillos de hielo.
La Loba Blanca. La leyenda que creían extinta.
Aulló.
No fui yo. Fue ella. Pero salió de mi boca.
El aullido congeló todo el Gran Comedor. Las antorchas de fuego se congelaron en el aire. Los tornados de viento se volvieron estatuas de hielo. Las mesas, las sillas, los platos. Todo se cubrió de escarcha blanca en 2 segundos.
Los estudiantes con túnica roja de fuego gritaban porque su fuego no los calentaba. Los de viento no podían moverse porque el aire a su alrededor estaba congelado.
El Director corrió hacia mí. Sus dos ojos, el de fuego y el de hielo, estaban abiertos como nunca.
"¡IMPOSIBLE! ¡Una Loba Blanca! ¡Después de mil años! ¡Alerta! ¡Alerta Roja! ¡La Reina de Hielo ha despertado!"
Ignis, la chica de fuego que me había tirado el agua, estaba congelada hasta el cuello, solo su cabeza afuera, llorando de terror.
"¡Perdón! ¡Perdón, perdón! ¡No sabía quién eras!"
Me levanté. Sentí que medía 2 metros. Sentí un poder inmenso, tan inmenso que me dolían los huesos. Como si pudiera congelar toda la academia si quería.
Miré mis manos. Ya no eran manos normales. Tenía garras blancas de hielo. Y en mi palma, una rosa de hielo blanco. No azul. Blanca. La primera en mil años.
Caminé hacia Ignis. Cada paso que daba, el suelo se congelaba bajo mis pies descalzos.
"Me llamaste mestiza", le susurré, y mi voz sonaba doble, como si la loba hablara conmigo. "Me llamaste sin poder. Me llamaste vergüenza Frost."
Me incliné hacia ella.
"Yo no soy una mestiza. Yo soy su Reina."
Y justo cuando iba a tocar su frente con mi rosa de hielo blanca, una mano gigante de fuego me detuvo.
Era el Maestro de Fuego, un hombre de 2 metros con barba de lava.
"¡Niña! ¡Detente! ¡Si la matas, inicias una guerra entre reinos!"
Detrás de él, llegaron 4 maestros más. Todos con túnicas negras de maestros. Todos mirándome como si fuera un monstruo. O una diosa.
El Director levantó su bastón.
"Abigail Frost. Ya no eres Torre Gris. Ya no eres mestiza. A partir de hoy, eres clasificada como..."
Se detuvo. No sabía qué decir. Porque en mil años nadie había tenido que clasificar a una Loba Blanca.
"...eres clasificada como REINA. Torre de la Reina. Nivel: Desconocido. Poder: Inmenso."
Todo el comedor se arrodilló. No por respeto. Porque mis rodillas de hielo los obligó. El frío era tan fuerte que no podían estar de pie.
Menos un chico.
Al fondo del comedor, un chico con túnica negra de sombras no se había arrodillado. Era alto, cabello negro, ojos dorados. Me miraba sin miedo. Con curiosidad. Con una sonrisa.
Y cuando nuestros ojos se cruzaron, mi loba blanca dentro de mí, por primera vez, no gruñó.
Ronroneó.
Podía escuchar los dientes de todos castañeando. Hasta los maestros de fuego tenían escarcha en sus cejas. Mi aullido había bajado la temperatura a -30 grados en 3 segundos.
Yo seguía de pie, con el cabello blanco flotando, con garras de hielo, con mi loba blanca gigante detrás de mí, mirando a todos como si fueran presas.
El Maestro de Fuego seguía agarrando mi muñeca. Su mano de fuego y mi mano de hielo chocaban y hacían vapor. Mucho vapor.
"Niña, contrólate. Si sigues así, vas a congelar los cimientos de la academia y nos vamos a hundir todos en la lava."
No quería controlarme. Quería que sintieran lo que yo sentí durante 19 años siendo llamada mestiza. Quería que supieran lo que se siente que se rían de ti.
Mi loba blanca dentro de mi cabeza gruñía.
¡Hazlos arrodillarse! ¡Que sepan quién es su Reina!
"Ignis", dije, y mi voz doble retumbó en todo el comedor congelado. "Pídeme perdón."
La chica de fuego seguía congelada hasta el cuello. Su cabello rojo ahora era blanco de escarcha. Lloraba. Las lágrimas se le congelaban antes de caer.
"¡Lo siento! ¡Lo siento, Reina! ¡Perdón por llamarte mestiza! ¡Perdón!"
Todos los demás que se habían reído de mí cuando entré con mi túnica gris ahora me miraban con terror. La chica de viento que tiró mi comida estaba escondida debajo de una mesa congelada.
El Director dio un paso al frente. Levantó su bastón de hielo y fuego y golpeó el suelo. El hielo de mi aullido se rompió un poco. Solo un poco.
"¡Suficiente, Abigail Frost! ¡Eres la primera Loba Blanca en mil años! ¡Tu poder es inmenso, pero todavía no sabes controlarlo! ¡Si no te controlas, tu propio poder te va a matar!"
Tenía razón. Sentía que mi corazón latía demasiado rápido. Que mi sangre se estaba congelando por dentro. El poder era demasiado grande para mi cuerpo de 19 años. Mi madre me lo había advertido.
Fue entonces que él se acercó.
El chico de la túnica negra de sombras. El único que no se había arrodillado.
Caminó entre las mesas congeladas como si el hielo no existiera. Su túnica negra no tenía escarcha. Sus botas no dejaban huellas en mi hielo.
Era alto, como de 21 años, cabello negro azabache, piel clara pero no tan clara como la mía, ojos dorados que brillaban en la oscuridad del comedor. Guapo de una forma peligrosa. No como los príncipes de hielo. Como un villano que te gusta aunque sabes que te va a hacer daño.
Se paró frente a mí. A un metro de mi loba blanca gigante. Mi loba, que quería matar a todos, de repente se calmó y se sentó detrás de mí como un perrito. Ronroneando.
"¿Tú eres la mestiza?", me dijo, con una sonrisa que no era burlona. Era curiosa.
"Ya no me llames así", le gruñí, con mis garras de hielo a centímetros de su cara.
"No te estoy insultando. Te estoy preguntando. Porque lo que veo no es una mestiza. Es una Reina que no sabe que es Reina."
Levantó su mano. Su mano no era de fuego, ni de hielo, ni de viento. Era de sombra pura. Negra, como humo negro. Y tocó mi mejilla blanca.
Donde su sombra tocó mi hielo, pasó algo que nadie esperaba.
Mi hielo blanco y su sombra negra se mezclaron. No se cancelaron. Se unieron. Hicieron un color nuevo. Un hielo negro con estrellas adentro. Como el cielo de noche en el Reino de Hielo.
El Director gritó:
"¡No! ¡No la toques, Kieran! ¡Su poder es inestable!"
¿Kieran? ¿Así se llamaba?
El chico de sombras, Kieran, no me soltó. Su sombra estaba calentando mi hielo. Mi corazón empezó a latir normal otra vez. El cabello blanco empezó a bajar, a dejar de flotar. Mis garras se hicieron manos otra vez.
Mi loba blanca gigante detrás de mí se hizo pequeña y se metió dentro de mi pecho de un salto. Sentí un golpe de calor y frío a la vez.
Caí de rodillas, agotada. El cabello me volvió a negro brillante. Los ojos me volvieron a grises. El comedor entero se descongeló de golpe con un CRACK enorme que sonó como mil vidrios rompiéndose.
Todos pudieron moverse otra vez. Todos respiraban agitados, con vaho saliendo de sus bocas.
Kieran me agarró antes de que me cayera al suelo. Me cargó en brazos como si no pesara nada. Olía a noche, a madera quemada y a lluvia.
"Te dije que eras demasiado para ellos, Reina de Hielo", me susurró al oído, tan cerca que solo yo lo escuché.
El Director y los maestros llegaron corriendo.
"Llévenla a la Torre de la Reina", ordenó el Director, con la voz temblando todavía. "Esa torre ha estado cerrada mil años. Desde que mataron a la última Loba Blanca. Ábranla. Es suya. Y tú, Kieran Nocturne, tú te quedas. Tenemos que hablar de lo que acabas de hacer. Tu sombra no debería poder tocar el hielo blanco. Eso es... eso es imposible."
Kieran Nocturne. ¿Nocturne como la academia? ¿Era hijo del Director?
Kieran me dejó en una camilla de hielo que trajeron los enfermeros. Antes de irse, me puso mi colgante roto en la mano. El colmillo blanco ahora estaba completamente negro.
"Nos vemos pronto, mestiza", me dijo, guiñándome su ojo dorado.
Me llevaron por pasillos que nunca había visto. Pasamos la Torre Azul de Hielo, la Torre Roja de Fuego, la Torre Blanca de Viento... y seguimos subiendo. Hasta una torre que no estaba en ningún mapa. Una quinta torre, escondida detrás de las otras cuatro, toda de hielo blanco y negro, con una puerta gigante de colmillos de lobo.
La Torre de la Reina.
La puerta se abrió sola cuando me acerqué. Como si me estuviera esperando desde hace mil años.
Adentro no era un dormitorio feo como el de la Torre Gris. Era un palacio. Una cama gigante de hielo blanco suave como nubes. Un balcón que daba a toda la academia. Un armario lleno de túnicas blancas, no grises. Blancas puras, con bordes de piel de lobo blanco.
Y en el espejo de hielo del cuarto, vi algo que me heló la sangre.
No era solo yo. Detrás de mí, en el reflejo, estaba mi madre, la Reina Lyra, sonriendo. Y detrás de ella, una fila infinita de mujeres de cabello blanco y ojos blancos. Todas con coronas de hielo.
Todas eran Reinas de Hielo Blancas. Todas muertas. Todas mirándome.
Y mi madre dijo, pero esta vez no en mi cabeza. En el cuarto, con eco:
"Bienvenida a casa, mi Reina. Ahora empieza tu verdadero entrenamiento. Porque si tu padre se entera de que despertaste, va a venir a matarte él mismo. Y si el Reino de Fuego se entera, van a venir todos a matarte."
La puerta de la Torre de la Reina se cerró detrás de mí con un golpe de hielo.