Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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Palabras que queman
La casa se había sumido en un silencio profundo cuando salí de mi habitación. Necesitaba aire, necesitaba alejar de mi mente la imagen de su mano sobre la mía, el recuerdo de su mirada que no me soltaba. Bajé despacio, sin encender las luces, y mis pasos me llevaron hasta la biblioteca: un refugio de estanterías altas, libros antiguos y un olor a madera y tiempo que siempre me había calmado.
O eso creía, hasta que lo vi allí.
Lucian estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta, con la luz de la luna dibujando su silueta en la penumbra. Al oírme entrar, se giró lentamente. No dio un paso hacia mí; se quedó donde estaba, y su voz, baja y grave, llenó toda la habitación.
—Sabía que vendrías.
Me detuve en el umbral, con el corazón golpeando contra las costillas.
—No vine por usted… solo quería leer algo.
—Mientes —dijo, dando un paso lento hacia mí—. Igual que mientes cuando dices que no piensas en mí. Igual que mientes cuando te acuestas y cierras los ojos para no verme, pero sigues viéndome.
Las palabras me dejaron sin respiración. Quise huir, pero mis pies no se movieron. Él siguió avanzando, despacio, como quien se acerca a algo frágil que no quiere asustar.
—Te he deseado desde el primer instante —confesó, y su tono no era suave: era crudo, desgarrador, como si le costara sostenerlo dentro—. Desde que apareciste en la puerta, empapada y rota, con los ojos llenos de lágrimas que no sabías dónde guardar. En ese momento supe que estabas perdida… y que yo me perdía contigo.
Di un paso atrás, chocando contra la estantería.
—No debería decirme eso… es la hija de su mejor amiga… soy…
—Eres la mujer que no puedo dejar de mirar —la interrumpió, acercándose lo suficiente para que sintiera su calor—. Cuando te veo reír, me pregunto cómo sonará tu risa sin miedo. Cuando te veo bajar la mirada, imagino qué escondes detrás de esos ojos. Cuando te veo dormir en el sofá, me pregunto cómo sería tenerte así, en mis brazos, tranquila, mía.
Me cubrí el rostro con las manos, temblando. Sus palabras me desnudaban por dentro, exponían cada pensamiento que intentaba ocultarme a mí misma.
—No… no hable así…
—¿Por qué callarlo? —Sus manos rozaron mis muñecas, sin forzarme, solo tocándome con suavidad—. ¿Acaso no sientes lo mismo? Dime que no te consume, y me iré. Dímelo, Angie.
Bajé las manos lentamente. Él estaba tan cerca que podía ver el brillo oscuro de sus ojos, la tensión en su mandíbula, el deseo que se le escapaba sin poder contenerlo. Quise decirle que no. Quise mentir para ambos. Pero la verdad brotó antes de que pudiera detenerme.
—Siento que me quemo —susurré, con la voz quebrada—. Siento que cada vez que me mira, no puedo respirar. Que no debería estar aquí, que no debería pensar en usted… pero no puedo dejar de hacerlo.
Una expresión de triunfo y dolor a la vez cruzó su rostro. Me tomó las manos entre las suyas, apretándolas con fuerza.
—No eres la única que lucha. Paso las noches despierto, pensando en cómo sería tocarte, en cómo sería besarte hasta que olvides tu nombre y solo recuerdes el mío. Imagino tu piel, tu respiración entrecortada, la forma en que me mirarías cuando ya no tuviéramos que escondernos.
Cada palabra era un fuego que me recorría. Cerré los ojos, temblando entre el miedo y el anhelo.
—Si seguimos… no habrá vuelta atrás. Lo sabe, ¿verdad? Destruiremos todo.
—Lo sé —susurró, acercando su rostro al mío—. Pero prefiero arder contigo que vivir una vida entera sin haberte tocado.
Sus labios rozaron los míos apenas, un soplo, una promesa. Me estremecí entera, las piernas cediéndome. Él me sostuvo por la cintura, firme, seguro, como si supiera que me pertenecía y yo a él.
—Dime que te detenga —murmuró contra mis labios—. Dímelo ahora, antes de que sea demasiado tarde.
No lo dije. No pude. En lugar de eso, levanté las manos y las posé sobre su pecho, sintiendo su corazón latir tan rápido como el mío.
—Béseme —susurré—. Antes de que me arrepienta.
Y entonces, sus labios se posaron sobre los míos con hambre, con desesperación, como si llevara toda la vida esperando ese momento. No fue un beso suave ni tímido: fue profundo, posesivo, devorador, un beso que lo decía todo. Me rodeó con sus brazos, apretándome contra su cuerpo, y sentí que me desvanecía. Todo lo que había callado, todo lo que había ocultado, estalló en ese instante: el miedo, la culpa, el deseo que no sabía cómo controlar.
Cuando se separó, nos quedamos respirando entrecortadamente, frente a frente, con la frente apoyada en la suya.
—No hay vuelta atrás, Angie —dijo, con voz ronca—. Eres mía.
No respondí. Solo lo atraje de nuevo hacia mí, buscando sus labios, sabiendo que acababa de cruzar la línea de la que no se regresa.