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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:310
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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Los que llegan demasiado tarde

Tres días después del silencio, el camino que bajaba desde Teruel trajo el ruido de cascos y el crujido de ruedas de carreta. Eran cuatro hombres. Dos dominicos jóvenes enviados por el prior provincial, un escribano y un guía local que conocía el valle de Albarracín. Llevaban órdenes firmadas: localizar a Fray Tomás de Ávila, recoger su informe y, si era necesario, continuar la investigación.

El guía detuvo su mula al llegar a la primera curva desde donde se dominaba el pueblo. Se santiguó en silencio. Los otros tres se colocaron a su lado. Abajo no había humo. No había movimiento. Las casas parecían más hundidas que en los recuerdos del guía. El campo santo se veía removido, como si alguien hubiera cavado y vuelto a tapar sin cuidado. En el centro de la plaza había un círculo oscuro, casi negro, que contrastaba con la tierra gris del resto del suelo.

—Esto no estaba así la última vez que pasé

murmuró el guía—. Hace menos de un mes todavía había gente. Niños. Humo de cocina.

El mayor de los dos dominicos, Fray Lorenzo de Calatayud, tenía treinta y cuatro años y la expresión de quien aún cree que las oraciones y las actas bastan para ordenar el mundo. Bajó de la mula sin esperar al resto.

—Avanzad. Si hay peste, la oleremos antes de entrar. Si hay otra cosa, el Santo Oficio tiene protocolos.

Entraron al pueblo por la calle principal. El silencio era tan completo que el ruido de sus propios pasos les parecía excesivo. Las puertas de muchas casas estaban abiertas. Dentro no había signos de lucha ni de saqueo. Solo desorden leve: un banco volcado, una manta en el suelo, un jarro roto. En varias umbrales se veían manchas negras circulares, como si alguien hubiera barrido ceniza hacia fuera y después se hubiera detenido.

Llegaron a la plaza. El círculo negro medía casi veinte pasos de diámetro. La tierra del interior era dura, brillante en algunos puntos, como piedra pulida por el fuego. Fray Lorenzo se agachó y tocó el borde con dos dedos. Retiró la mano de inmediato.

—Está caliente.

El escribano, un hombre delgado llamado Bernat, abrió su cuaderno con manos temblorosas.

—¿Anoto… tierra caliente en círculo perfecto? ¿Sin residuo de leña ni carbón?

—Anotad exactamente lo que veis

respondió Fray Lorenzo.

—Nada más.

El segundo dominico, Fray Diego, más joven y pálido, se había acercado a la iglesia. La puerta principal estaba entreabierta. Al empujarla, un olor denso a ceniza y a algo metálico le golpeó la cara. Entró con el paño subido hasta la nariz. Las imágenes de los santos seguían cubiertas con paños negros. El agua bendita se había secado por completo. En el suelo, frente al altar, había varios círculos de polvo oscuro superpuestos, como si alguien hubiera escupido una y otra vez en el mismo sitio.

—¡Fray Lorenzo!

llamó desde la puerta.

—Aquí dentro el olor es peor. Y hay marcas.

Los cuatro hombres se reunieron en la nave. Bernat escribió sin levantar la vista. El guía se quedó en el umbral, negándose a entrar del todo. Buscaron la casa del antiguo cura, convertida en sala de interrogatorios. La encontraron con la puerta cerrada pero sin llave. Dentro, la mesa seguía en su sitio. Sobre ella había un cuaderno abierto. Las últimas páginas estaban llenas de la letra de Fray Tomás, cada vez más temblorosa. Las frases se interrumpían a mitad. En una de ellas se leía con claridad:

«El grano está debajo de la lengua. La raíz busca el corazón. El nombre…»

Después solo había manchas negras, como si la pluma se hubiera llenado de polvo en lugar de tinta.

Fray Lorenzo pasó las hojas con cuidado. En la última había un círculo dibujado a mano, imperfecto, y debajo una sola palabra que no pertenecía al latín ni al romance: un conjunto de signos que ninguno de los presentes supo pronunciar.

—Quemaremos este cuaderno después de copiar lo esencial

dijo Fray Lorenzo.

—Y registraremos que Fray Tomás de Ávila desapareció en el cumplimiento de su deber.

El guía, desde la puerta, habló en voz baja:

—No hay cuerpos. Ni en las casas ni en el cementerio. Yo pasé por el campo santo. Las fosas están abiertas y vacías. Solo tierra removida y el mismo olor.

Salieron de nuevo a la plaza. El sol de mediodía no conseguía calentar el aire. Fray Diego se acercó al círculo negro y, contra la orden de su superior, puso una rodilla en tierra para observar mejor el centro. La superficie era lisa, casi espejada. Por un instante creyó ver su propio reflejo distorsionado. Después el reflejo abrió la boca y de ella salió un hilo de polvo oscuro. Fray Diego retrocedió de golpe, tropezando.

—He visto… he visto una cara.

—No habéis visto nada

cortó Fray Lorenzo.

—El cansancio y el olor os juegan malas pasadas. Nos vamos antes de que anochezca. Recogeremos lo que podamos y regresaremos a Teruel. Este valle se cerrará por orden del Tribunal. Nadie entrará sin permiso escrito.

Mientras hablaba, Bernat el escribano se había llevado una mano a la boca. Tosió una vez, seca. Se miró la palma. No había sangre. Solo un leve polvillo gris que se le había quedado en los dedos. Lo limpió rápidamente en la túnica, pero la mancha no desapareció del todo. El guía lo vio. No dijo nada. Solo apretó los labios y miró hacia el camino por donde habían venido, como calculando cuánto tardarían en alejarse lo suficiente.

Cargaron en la carreta el cuaderno de Fray Tomás, algunas actas sueltas y un trozo de la tierra negra del círculo que Fray Lorenzo insistió en llevar como prueba. El guía se negó a tocar nada. Montó su mula y se adelantó sin esperar a los demás.

Cuando abandonaron el pueblo, el sol ya bajaba. Detrás de ellos el círculo de la plaza seguía inmóvil, oscuro, respirando un calor que nadie medía. El viento levantó un poco de polvo de las calles vacías y lo arrastró hacia el centro, donde fue absorbido sin dejar rastro.

En la carreta, Bernat volvió a toser. Esta vez se tapó la boca con el paño. Cuando lo retiró, el paño tenía una pequeña mancha circular de color negro. La escondió entre los pliegues de la ropa y no dijo nada.

Fray Diego, que cabalgaba al lado de la carreta, sintió de pronto un sabor metálico en la lengua. Tragó. El sabor no se fue. Se llevó dos dedos a la boca y presionó debajo de la lengua. No había nada. Solo el recuerdo del polvo que había creído ver en el reflejo del círculo.

Fray Lorenzo cabalgaba al frente, recitando mentalmente el informe que escribiría al prior. Desaparición de un inquisidor. Pueblo abandonado. Fenómeno de tierra caliente sin explicación natural. Recomendación de aislamiento total del valle. Nada de círculos. Nada de nombres. Nada de granos bajo la lengua. El Santo Oficio no necesitaba esas palabras en sus archivos. Detrás de ellos, el valle de Albarracín quedó en silencio otra vez. Pero debajo de la tierra negra del círculo, el latido continuaba. Lento. Paciente. Ya había terminado con un nombre. Ahora esperaba los nuevos que se alejaban por el camino de Teruel, llevando en la boca, en los dedos y en los paños el primer sabor de la ceniza.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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