"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
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Capítulo 17: El Regreso de la Lobа Gris
El silencio que siguió fue más profundo que cualquier palabra.
Alexander se quedó paralizado, con los ojos fijos en la mujer que acababa de aparecer de entre las sombras. Su madre. La mujer que había desterrado cuando era apenas un adolescente. La mujer que había creído muerta durante años. La mujer que ahora estaba de pie en el patio de su mansión, cubierta de nieve, con los ojos grises brillando bajo la luz de la luna.
—Madre —repitió Alexander, con una voz que apenas reconocí. Era la voz de un niño. De un niño asustado y arrepentido.
La mujer dio un paso hacia él. Luego otro. Y luego, antes de que nadie pudiera reaccionar, se detuvo a unos metros de distancia, como si temiera acercarse más.
—Hijo —dijo, con una voz suave y ronca—. No esperaba que me recibieras con los brazos abiertos. Pero tampoco esperaba... esto.
Alexander parpadeó. Luego, para mi sorpresa, soltó una risa amarga.
—¿Esto? —Repitió—. ¿Te refieres a la mansión? ¿A la manada? ¿A la mujer que está a mi lado?
—A todo —dijo su madre, con una sonrisa triste—. He oído cosas, Alexander. Rumores. Historias. Dicen que has cambiado. Dicen que ya no eres el hombre que yo dejé atrás.
—¿Y qué crees tú? —Preguntó Alexander, con una voz que temblaba ligeramente.
—Creo que quiero verlo con mis propios ojos —dijo su madre—. Si me lo permites.
Alexander la miró largamente. Luego, se giró hacia mí, como si buscara mi aprobación. Mi apoyo. Mi permiso.
Asentí lentamente. No sabía quién era esta mujer. No sabía qué quería. Pero sabía lo que significaba para Alexander. Y no iba a interponerme entre ellos.
—Pasa —dijo Alexander, con una voz que intentaba ser firme pero que temblaba en los bordes—. Pero primero, dime tu nombre. Porque el que conocí ya no existe.
La mujer sonrió. Fue una sonrisa genuina, cálida, que le iluminó el rostro.
—Me llamo Ingrid —dijo—. Ingrid Vance. Y fui la Luna de la Manada Sangre de Acero. Hasta que tu padre me desterró por traición.
—¿Traición? —Repetí, incapaz de contenerme—. ¿Qué tipo de traición?
Ingrid me miró, y sus ojos grises se posaron en mí con una intensidad que me recordó a Alexander.
—La traición de amar a mi hijo más que a mi esposo —dijo—. La traición de proteger a los inocentes. La traición de negarme a ser cómplice de un monstruo.
El silencio que siguió fue denso, cargado de significado. Alexander se giró hacia mí, y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes. Esperanza. Miedo. Amor.
—Elena —dijo—. Esta es mi madre. Ingrid.
—Lo sé —respondí, dando un paso hacia ella—. Bienvenida a nuestra casa, Ingrid. Soy Elena. La esposa de tu hijo. La Alfa de la Luna Plateada.
Ingrid me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, se inclinó ligeramente.
—He oído hablar de ti —dijo—. La mujer que cerró el Sello. La mujer que unió a las manadas. La mujer que salvó a mi hijo.
—No lo salvé yo sola —dije, con sinceridad—. Él me salvó a mí también.
—Eso es lo que hace el amor —dijo Ingrid, con una sonrisa—. Salvar. Sanar. Transformar.
Esa noche, nos reunimos todos en el gran salón.
Ingrid se sentó junto al fuego, con una manta sobre los hombros y una taza de té entre las manos. Estaba pálida, delgada, con marcas de una vida difícil en el rostro. Pero sus ojos brillaban con una fuerza que no había visto en nadie más. Excepto en Alexander.
—¿Dónde has estado? —Preguntó Alexander, sentado frente a ella—. Todos estos años. ¿Por qué no volviste antes?
—He estado en las sombras —dijo Ingrid—. Moviéndome de un lugar a otro. Escondiéndome. Sobreviviendo. —Hizo una pausa—. Cuando tu padre me desterró, no tenía nada. Nadie. Solo la ropa que llevaba puesta y la certeza de que mi hijo me odiaba.
—No te odiaba —dijo Alexander, con una voz quebrada—. Te temía. Te... —Tragó saliva—. Te desterré porque me ordenaron hacerlo. Porque era un cobarde. Porque tenía miedo de lo que mi padre me haría si no obedecía.
—Lo sé —dijo Ingrid, con una sonrisa triste—. Nunca te culpé, Alexander. Eras un niño. Un niño asustado en una situación imposible. —Hizo una pausa—. Pero ahora eres un hombre. Un hombre que ha construido algo hermoso. Un hombre que ha encontrado el amor. Un hombre que ha roto el ciclo de violencia que tu padre inició.
—¿Cómo lo sabes? —Preguntó Alexander—. ¿Cómo sabes todo eso?
—Porque he estado observando —admitió Ingrid—. Desde lejos. Siempre desde lejos. Cuando supe que te habías casado con la heredera de la Luna Plateada, supe que algo había cambiado. Cuando supe que habías derrotado al Primero, supe que eras diferente. Y cuando supe que ibas a ser padre... —Sonrió—. Supe que tenía que volver.
—¿Por qué ahora? —Pregunté, incapaz de contenerme—. ¿Por qué no antes?
Ingrid me miró largamente.
—Porque antes no era el momento —dijo—. Antes, mi presencia habría puesto en peligro a Alexander. Habría puesto en peligro a la manada. Pero ahora... —Hizo una pausa—. Ahora hay algo más importante que mi seguridad.
—¿Qué? —Pregunté.
—Tu hijo —dijo Ingrid, mirándome directamente a los ojos—. El hijo de Alexander. El heredero de la Luna y la Sangre.
—¿Qué sabes de él? —Pregunté, con el corazón acelerándose.
—Sé que es especial —dijo Ingrid—. Más especial de lo que imagináis. Y sé que hay quienes quieren usarlo. Quienes quieren controlarlo. Quienes quieren destruirlo.
—¿Quiénes? —Preguntó Alexander, con una voz peligrosamente calmada.
—Dorian —dijo Ingrid—. Y los aliados que ha reunido. La Sombra Nocturna. Y algo más. —Hizo una pausa—. Algo peor.
—¿Qué puede ser peor que la Sombra Nocturna? —Preguntó Kael, que había estado escuchando en silencio desde una esquina.
—Los humanos —dijo Ingrid—. Los humanos han descubierto la existencia de los lobos. Y hay facciones dentro de sus gobiernos que quieren exterminarnos. Usar a tu hijo para encontrar nuestros puntos débiles. Para destruirnos desde dentro.
El silencio que siguió fue absoluto.
—¿Cómo lo sabes? —Pregunté finalmente.
—Porque he estado infiltrada en sus organizaciones —dijo Ingrid—. Durante años, he trabajado como espía. Como informante. Como... —Hizo una pausa—. Como traidora para la causa correcta.
—¿Y qué has descubierto? —Preguntó Alexander.
—Que hay un grupo dentro del gobierno humano llamado la Orden del Sol —dijo Ingrid—. Una organización secreta que ha existido durante siglos. Su objetivo es eliminar a todos los lobos. A todas las manadas. A todos los que consideran "impuros".
—¿Y qué tienen que ver con mi hijo? —Pregunté, con el estómago encogido.
—Creen que tu hijo es la clave —dijo Ingrid—. Creen que su sangre puede crear un arma. Un arma que destruya a todos los lobos de una vez por todas.
—¿Y cómo piensan hacer eso? —Preguntó Kael, con una voz sombría.
—Secuestrándolo —dijo Ingrid—. Usándolo. Y luego... —Hizo una pausa—. Matándolo.
Me levanté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado y la rabia ardiendo en mi pecho.
—No —dije, con una voz que helaba la sangre—. No van a tocar a mi hijo.
—Elena —dijo Alexander, levantándose también—. Cálmate.
—No me digas que me calme —respondí, con los ojos brillando de furia—. Acaban de amenazar a mi hijo. A nuestro hijo. Y tú me dices que me calme.
—No estoy diciendo que no importe —dijo Alexander, tomando mis manos—. Estoy diciendo que no podemos actuar sin pensar. Si la Orden del Sol existe, si de verdad quieren hacerle daño a nuestro hijo, necesitamos un plan. Una estrategia. No podemos irrumpir en un gobierno humano y empezar a matar gente.
—¿Y qué propones? —Pregunté, con la voz temblando.
—Protegerlo —dijo Alexander—. Con todo lo que tenemos. Con todo lo que somos. Y luego... —Hizo una pausa—. Luego destruirlos. Pero con inteligencia. Con paciencia. Con precisión.
Ingrid se levantó y se acercó a nosotros.
—Tiene razón —dijo—. La Orden del Sol es peligrosa. Pero también es humana. Tienen familias. Tienen hijos. Tienen miedo. Si les mostramos que no somos monstruos, si les mostramos que podemos vivir en paz, quizás... —Hizo una pausa—. Quizás podamos evitar la guerra.
—¿Y si no quieren paz? —Pregunté.
—Entonces les daremos guerra —dijo Ingrid, con una sonrisa feroz—. Pero una guerra que podamos ganar.
Esa noche, mientras todos dormían, me senté en el balcón de mi habitación y contemplé la nieve.
La luna brillaba en el cielo, plateada y hermosa, como si nada hubiera pasado. Como si el mundo no estuviera al borde de otra guerra. Como si mi hijo no estuviera en peligro.
Pero lo estaba. Lo estábamos todos.
Alexander se acercó por detrás y me rodeó con sus brazos.
—No estás sola —dijo, sin más.
—Lo sé —respondí, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero a veces... a veces siento que el mundo entero quiere arrebatarme lo que más amo.
—Nadie va a arrebatarte nada —dijo Alexander, con una firmeza que me ancló a la realidad—. Mientras yo respire.
—¿Y si no es suficiente? —Pregunté.
—Entonces lucharemos —dijo—. Hasta el final.
Nos quedamos allí, en silencio, contemplando la nieve. No hacían falta más palabras.
Pero mientras estábamos allí, no pude evitar sentir algo. Algo frío. Algo oscuro. Algo que venía del norte.
Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.
Los días siguientes estuvieron marcados por una actividad frenética.
Ingrid nos contó todo lo que sabía sobre la Orden del Sol. Sus líderes. Sus bases. Sus planes. Era información invaluable, y Kael la utilizó para trazar un mapa de sus movimientos. Freya ofreció a sus mejores guerreros para proteger la mansión. Alexander reforzó las defensas y aumentó las patrullas.
Y yo... yo me preparé para lo que venía.
Entrenaba con Kael cada mañana, perfeccionando mis habilidades de combate. Estudiaba con Ingrid cada tarde, aprendiendo sobre la Orden del Sol y sus debilidades. Y por las noches, hablaba con mi hijo.
No con palabras. No con sueños. Con pensamientos. Con emociones. Con amor.
Te protegeré, le decía. Pase lo que pase. Siempre.
Y mi hijo, desde algún lugar dentro de mí, respondía.
Lo sé, mamá. Lo sé.
Una tarde, mientras caminaba por los jardines con Ingrid, algo llamó mi atención.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije, deteniéndome junto al estanque congelado.
—Por supuesto —dijo Ingrid, con una sonrisa.
—¿Cómo supiste que Alexander era diferente? —Pregunté—. ¿Cómo supiste que no era como su padre?
Ingrid me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, tomó mi mano.
—Lo supe cuando lo vi llorar —dijo—. Cuando era un niño. Tenía ocho años, y acababa de presenciar la masacre de la Luna Plateada. Su padre lo había llevado para que aprendiera. Para que viera cómo se trataba a los enemigos. Y Alexander... —Hizo una pausa—. Alexander volvió a casa y lloró. Durante horas. Durante días. No podía dormir. No podía comer. Estaba destrozado.
—¿Y eso te dijo algo? —Pregunté.
—Me dijo que no era un monstruo —dijo Ingrid—. Los monstruos no lloran. Los monstruos no sienten. Pero Alexander sentía. Sentía tanto que casi lo destruye. Y por eso supe que había esperanza. Por eso supe que, algún día, sería el hombre que es ahora.
—Gracias —susurré—. Por contarme eso.
—Gracias a ti —dijo Ingrid—. Por amarlo. Por salvarlo. Por darle un futuro.
Esa noche, mientras cenaba con toda la familia —Alexander, Kael, Freya, Ingrid, y los guerreros más leales—, algo cambió en el aire.
Un olor. Familiar. Peligroso.
Me levanté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado.
—¿Qué pasa? —Preguntó Alexander, levantándose también.
—Alguien ha cruzado el perímetro —dije—. Alguien que no debería estar aquí.
—¿Quién? —Preguntó Kael, con la mano en la empuñadura de su espada.
—No lo sé —admití—. Pero está cerca. Muy cerca.
Salimos al patio, donde los guardias ya estaban en alerta. La nieve caía suavemente, cubriendo el suelo con un manto blanco que brillaba bajo la luz de la luna. Y allí, en el centro del patio, de pie, inmóvil, había una figura.
Un hombre. Alto. Delgado. Con el cabello rubio oscuro y los ojos azules como el hielo.
Dorian.
—Hola, hermano —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. ¿Me extrañaste?