Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 23
Esa noche, Boris convocó a Gala en el estudio. Quería aclarar las cosas de una buena vez. Ahora tenía algunas pistas más que Lorgio había conseguido. Como el hecho de que Elia había comprado un fuerte adelgazante —y un potente afrodisíaco— el día anterior al evento del hotel. Había encontrado los registros de mensajes de WhatsApp de Elia, donde convocaba a Gala en la puerta del hotel Majestic. Y los videos de las paradas de buses, donde se veía a Gala tomando los autobuses que se dirigían hacia el centro hotelero esa misma tarde.
Era un hecho. Gala había ido al hotel. Aunque no había evidencia en las cámaras del hotel —alguien las había borrado—, Gala debía haber estado ahí. Y ahora, Boris quería saber cómo es que ella había logrado borrar su rastro.
Gala entró con una angustia que trataba de disimular. Muy mal disimulada, pero lo intentaba.
—Gala Ponce —dijo Boris, mientras ella se sentaba frente a él con cara de circunstancia.
—Dígame, presidente —respondió con la suavidad que la caracterizaba.
Boris sacó una carpeta y la deslizó por el escritorio. Luego se reclinó en su sillón ejecutivo de alta gama.
—Quiero que me expliques esto.
Gala abrió la carpeta. Sus manos no dejaron de temblar un poco. Leyó, y releyó. Sus labios temblaban ligeramente.
—Era tú... —dijo Boris, con voz baja pero letal—. La mujer de esa noche eres tú. Lo sé. Cuando te acercaste a mí, ese olor suave a talco lo reconocí de inmediato. Tu cercanía es inquietante. Es memoria.
Gala se puso de pie, haciendo caer la silla en la que había estado sentada.
—No. No fui yo. No puedes probarlo. Yo no tengo nada que ver con eso. ¡No fui yo! —dijo, alzando la voz, firme, como si esa versión de los hechos ella la creyera como una verdad absoluta.
Boris se puso de pie y se acercó. Gala retrocedió.
—Puedes negarlo —dijo él, con una calma que era más aterradora que cualquier grito—. Pero el pánico en tus ojos lo delata. Fuiste tú. La pregunta es... ¿por qué escapar? ¿Cómo hiciste para borrar tu rastro? ¿Por qué Elia quería meterte en mi cama?
Boris se seguía acercando. Gala estaba a punto de entrar en pánico. Su respiración se aceleraba, sus manos temblaban, sus ojos verdes buscaban una salida que no existía.
Entonces, la puerta se abrió.
Barbara entró como una tormenta y se plantó frente a Gala, protegiéndola con su cuerpo.
—Boris —dijo, su voz cortante como un cuchillo—. Estoy segura de que todo eso no tiene nada que ver con mi niña. Ella debe ser una víctima. No te atrevas a hacerle daño.
Eliana entró detrás, con cara de llanto perpetuo.
—Hermano, te lo juro, ella sería incapaz. Seguro que la incriminan. Mi Gala no sería capaz.
Boris frunció el ceño. ¿En qué momento su madre y su hermana se habían vuelto tan devotas de Gala? ¿Qué hacían detrás de la puerta escuchando sus conversaciones? Lo que más le molestaba era que no la estaba acusando de nada. Solo quería respuestas. Pero ahora parecía que era el verdugo del momento.
—Madre. Eliana. —Boris levantó una mano, con un gesto que exigía silencio—. No la estoy acusando de nada. Solo quiero entender qué pasó esa noche. Y por qué ella huyó.
—Porque tenía miedo —dijo Barbara, sin apartarse de Gala—. ¿No lo ves? Está temblando. Esa niña ha sufrido más de lo que podemos imaginar. Y tú, en lugar de protegerla, la estás acorralando.
Boris miró a Gala. Sus ojos grises se posaron en ella, y por un momento, algo se movió en su interior. Algo que no quería nombrar.
—Gala —dijo, su voz más suave—. No voy a hacerte daño. Solo quiero saber la verdad.
Gala lo miró. Sus ojos verdes brillaban con lágrimas contenidas.
—La verdad —susurró—. ¿Quieres la verdad?
—Sí.
Gala respiró hondo. Y entonces, habló.
—Elia me envió un mensaje. Dijo que quería hablar conmigo. Que era importante. Fui al hotel porque creí que... que tal vez quería disculparse. Cuando llegué, me estaba esperando en la entrada. Me ofreció un refresco. Dijo que hacía calor y que necesitaba hidratarme. Yo... yo no quería, pero insistió tanto que al final acepté. Bebí un poco. Y luego... luego todo se puso negro.
Boris frunció el ceño.
—¿Todo se puso negro?
—Sí. No recuerdo nada más. Desperté en una cama de hotel, a tu lado. Estabas dormido. Y yo... yo no sabía qué hacer. Tenía miedo. Mucho miedo. Así que me escondí. Cuando los reporteros entraron, yo estaba en un compartimento secreto del vestidor. Escuché todo. Y luego, cuando te fuiste, salí y me marché.
Boris la escuchó en silencio. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.
—¿Elia te ofreció un refresco? —preguntó, su voz tensa.
—Sí. Dijo que era de una marca nueva. Que le había encantado.
Boris cerró los ojos. La ira que sentía era casi física. Elia no solo había drogado a Gala para meterla en su cama. La había drogado para que no pudiera defenderse, para que no pudiera recordar, para que no pudiera hacer nada mientras la usaban como peón en su juego.
—Esa mujer —siseó—. Esa maldita mujer.
—Boris —dijo Barbara, con voz firme—. Ahora no es momento de venganzas. Es momento de proteger a Gala. Y de asegurarnos de que esa víbora no vuelva a acercarse a ella.
Boris asintió, lentamente. Luego miró a Gala.
—Lo siento —dijo, su voz más suave que nunca—. Lo siento por haberte hecho sentir que podía lastimarte. No era mi intención.
Gala lo miró, sorprendida. No esperaba una disculpa. No de Boris Ricci.
—Gracias —susurró, sin saber qué más decir.
Barbara, que había estado observando la escena con atención, sonrió. Una sonrisa lenta y satisfecha.
—Bien —dijo, rompiendo el silencio—. Ahora que todo está claro, creo que deberíamos cenar. Tengo entendido que mañana es la cena con los Ponce. Y tenemos mucho que planear.
Boris asintió, pero sus ojos no se apartaron de Gala.
—Sí. Mañana. La cena.
Y mientras salían del estudio, Gala no pudo evitar pensar que, por primera vez en mucho tiempo, Boris Ricci no le parecía un monstruo.
Le parecía... un hombre.
*_*
Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, un hombre mayor, con la espalda encorvada y lentes de fondo de botella, alistaba unos documentos. Eran importantes.
En ellos decía: Herencia Ponce.
La beneficiaria era Gala Ponce.
La fallecida, hacía un año, era Manuela Ponce. La mujer era ya mayor y, por su mal estado de salud, no pudo pasar tiempo con su nieta recién encontrada. Pero no la dejaría desamparada.
Sin embargo, esto era algo que Gala no había recibido en su vida anterior. Y claro que no. Ella estaba en el torbellino de su matrimonio con Boris Ricci.
El asunto era... ¿quién se quedó con su herencia? ¿Y a quién le convenía tener a Gala encerrada en las garras de un marido vengativo?
El hombre sonrió, una sonrisa torcida y amarga.
—Todo está saliendo según lo planeado —murmuró—. Todo.
Y guardó los documentos en un maletín.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia