Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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La mujer que podía multiplicar el dinero
Su Wan'er aceptó trabajar para Lin Chen cuatro días después.
No lo anunció con entusiasmo.
Simplemente entró en su habitación por la mañana, colocó una libreta sobre la mesa y dijo:
—Cinco taeles al mes.
Lin Chen levantó la mirada.
—¿Eso significa que aceptas?
—Más comisión.
—¿Cuánto?
—Tres por ciento de las ventas que consiga directamente.
—Dos.
—Tres.
—Dos y medio.
Su Wan'er extendió la mano.
—Trato.
Lin Chen la estrechó.
—Bienvenida a la Cámara Comercial del Mar del Este.
Ella retiró la mano.
—No vuelvas a decir eso cuando estemos solos.
—¿Por qué?
—Porque me cuesta demasiado no reírme.
Lin Chen sonrió.
—Algún día será una organización real.
—Primero consigue más de un empleado.
—Ya somos dos.
—No me hagas arrepentirme.
El primer trabajo de Su Wan'er no fue vender.
Fue investigar.
Lin Chen quería saber qué compraban los ricos de Qinghe.
No lo que necesitaban.
Lo que deseaban.
Había una diferencia enorme.
Tres días después, Su Wan'er regresó con una lista.
Perfumes.
Telas finas.
Peines.
Joyas.
Cosméticos.
Cajas decorativas.
Objetos extranjeros.
Cristal.
Espejos.
Té raro.
Incienso.
Lin Chen leyó.
—¿Cosméticos?
—Las mujeres ricas gastan mucho.
—¿Cuánto?
—Depende del producto.
—¿Y los perfumes?
—Los buenos son caros.
Lin Chen pensó en los pequeños frascos que ya tenía.
—Tengo algunos.
Su Wan'er levantó la mirada.
—¿De tu inexistente Cámara?
—Exactamente.
Ella suspiró.
El perfume fue un éxito inmediato.
No porque fuera especialmente sofisticado para el mundo moderno.
Lin Chen había comprado fragancias económicas.
Pero comparadas con las esencias locales, tenían aromas más consistentes.
Además, los frascos pequeños eran transparentes.
Eso aumentaba su apariencia de lujo.
Su Wan'er no los vendió directamente.
Creó una reunión.
Invitó a varias mujeres que ya conocían los espejos.
Presentó cada fragancia como una mercancía limitada.
No mencionó precio al principio.
Primero dejó que las probaran.
Después permitió que hablaran entre ellas.
Finalmente dijo:
—Solo llegaron doce frascos.
Lin Chen estaba sentado en un salón lateral observando.
No podía evitar sonreír.
Su Wan'er entendía algo que él apenas empezaba a aprender.
La gente rica no compraba únicamente productos.
Compraba exclusividad.
Los doce frascos se vendieron.
Precio promedio:
tres taeles.
Costo moderno:
ridículo.
Después vendieron agujas.
Esas no eran mercancía de lujo.
Pero las agujas modernas eran uniformes.
Rectas.
Resistentes.
Afiladas.
Las costureras que las probaron quedaron impresionadas.
Lin Chen descubrió que podía vender grandes cantidades.
Menor margen por unidad.
Mayor volumen.
Aquello era exactamente lo que necesitaba.
No podía construir un imperio vendiendo solamente espejos raros.
Necesitaba productos repetitivos.
Bienes que la gente comprara una y otra vez.
Al terminar el día, Su Wan'er estaba haciendo cuentas.
Lin Chen la observaba.
Ella escribía rápido.
Ingresos.
Comisiones.
Costos.
Pagos pendientes.
—¿Quién te enseñó?
Su Wan'er no levantó la mirada.
—Mi padre.
—¿Era comerciante?
Su mano se detuvo.
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
Ella continuó escribiendo.
—Murió.
Lin Chen permaneció callado.
—Tenía una pequeña empresa de caravanas. Mi madre administraba la posada. Después de su muerte, llegaron las deudas.
—¿Por qué?
—Una caravana desapareció.
—¿Bandidos?
—Eso dijeron.
Algo en su tono llamó la atención de Lin Chen.
—¿No lo crees?
Su Wan'er finalmente levantó la mirada.
—No importa.
Eso significaba que sí importaba.
Pero Lin Chen no insistió.
Todavía no tenía derecho a hacerlo.
Ella cerró la libreta.
—Hoy ganamos treinta y nueve taeles después de comisiones.
Lin Chen asintió.
—Bien.
Su Wan'er lo miró como si estuviera loco.
—¿Bien?
—Sí.
—Lin Chen, esta posada no genera eso en meses.
Él sonrió.
—Entonces tenemos que pensar más grande.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Durante la semana siguiente, Lin Chen comenzó a establecer reglas.
Nada de vender demasiadas unidades de productos extraordinarios.
Nada de introducir mercancías que pudieran cambiar radicalmente la tecnología.
Nada de armas de fuego.
Nada de aparatos electrónicos.
Nada que requiriera explicaciones imposibles.
Por ahora.
Podía introducir herramientas mejoradas.
Técnicas.
Productos básicos.
Pero necesitaba medir consecuencias.
Era fácil obsesionarse con el dinero.
Mucho más difícil pensar en lo que ocurriría si cambiaba completamente una sociedad.
Además, Lin Chen había descubierto algo inesperado.
Le gustaba Qinghe.
No el peligro.
Ni la suciedad.
Ni las limitaciones.
Pero allí cada decisión parecía tener peso.
Cada negocio podía cambiar vidas.
Había oportunidades por todas partes.
Una tarde, Su Wan'er llegó al almacén.
Lin Chen estaba revisando cajas.
—Necesitamos hablar.
—¿Qué pasó?
Ella cerró la puerta.
—Alguien estuvo preguntando por ti.
—Zhao.
—No.
Eso hizo que Lin Chen levantara la cabeza.
—¿Quién?
—Un hombre de la oficina del magistrado.
Silencio.
—¿Qué preguntó?
—De dónde vienes. Cuánto tiempo llevas en Qinghe. Qué vendes.
Lin Chen dejó la caja.
Aquello no era bueno.
Los Zhao eran comerciantes.
Podía negociar con comerciantes.
Un funcionario era distinto.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Preguntó por la Cámara?
—Sí.
—¿Qué dijiste?
—Lo mismo que tú. Comerciantes marítimos. Productos extranjeros. Representantes.
Lin Chen asintió.
—Bien.
Su Wan'er se acercó.
—No dijiste que los funcionarios también empezarían a interesarse.
—No sabía que ocurriría tan rápido.
—Eso no me tranquiliza.
Lin Chen caminó hacia una ventana.
Observó el patio.
Había cometido un error.
Sus productos eran demasiado llamativos.
La riqueza atraía comerciantes.
Las mercancías inexplicables atraían funcionarios.
Necesitaba legitimidad.
Licencias.
Contactos.
Una razón legal para operar.
—¿Cómo se registra un comerciante?
Su Wan'er parpadeó.
—¿Qué?
—Una empresa. Una tienda. Lo que sea.
—Pagas tasas. Registras el negocio. Dependiendo de la mercancía, necesitas permisos.
—Haz una lista.
—¿De qué?
—Todo lo necesario.
Ella lo miró.
—¿Vas a abrir una tienda?
Lin Chen pensó.
Una tienda solucionaría varios problemas.
Dirección.
Identidad.
Impuestos.
Clientes.
Almacén.
Empleados.
Y sobre todo, apariencia de legitimidad.
—Sí.
Su Wan'er se quedó en silencio.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara significa algo.
Ella sonrió.
—Solo estaba pensando que hace una semana eras un hombre con una caja de espejos.
—Y ahora.
—Ahora estás creando una empresa falsa, alquilando almacenes y queriendo abrir una tienda antes de que el magistrado venga a preguntar quién eres.
Lin Chen consideró sus palabras.
—Cuando lo dices así, parece rápido.
—Porque lo es.
Él sonrió.
—Entonces tenemos que movernos más rápido.
Su Wan'er negó con la cabeza.
Pero esta vez también estaba sonriendo.
—Tengo un lugar en mente.
Esa misma noche, mientras Qinghe dormía, Zhao Guangyuan recibió un informe.
—El magistrado está preguntando por Lin Chen.
El comerciante frunció el ceño.
—¿Por orden de quién?
—No lo sabemos.
—¿Qué descubrieron?
—Nada.
Zhao Guangyuan dejó su taza.
—Eso es imposible.
—El hombre apareció hace poco. Alquiló habitación. Almacén. Dice representar una Cámara comercial costera.
—¿Y antes?
—Nada.
Silencio.
Zhao Guangyuan golpeó lentamente la mesa con los dedos.
Un comerciante sin pasado.
Productos nunca vistos.
Una organización desconocida.
Dinero suficiente para operar sin preocupación.
Algo no encajaba.
—No lo presionen.
El sirviente levantó la mirada.
—¿Señor?
—Si el gobierno está interesado, debemos ser cuidadosos.
Zhao sonrió ligeramente.
—Pero compra uno de cada producto que venda.
—¿Para qué?
—Quiero saber qué estamos enfrentando.
En su apartamento moderno, Lin Chen abrió una hoja de cálculo.
Mercancía.
Costo moderno.
Precio Qinghe.
Margen.
Riesgo.
Demanda.
Comenzó a llenar filas.
Sal.
Espejos.
Perfume.
Agujas.
Jabón.
Tijeras.
Después añadió una categoría nueva:
Productos futuros.
Papel.
Vidrio.
Azúcar.
Herramientas.
Medicinas.
Fertilizantes.
Semillas.
Cemento.
Maquinaria.
Se detuvo.
Aquello ya no parecía una lista de compras.
Parecía el principio de una revolución industrial.
Lin Chen cerró el archivo.
Todavía era demasiado pronto.
Antes de cambiar el mundo...
primero tenía que sobrevivir en él.
Y al día siguiente iría a ver el lugar donde nacería su primera tienda.