Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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El juego del gato y el ratón
El plan era simple. Seducción, evidencia, divorcio. Tres pasos. Owen calculaba con eficiencia quirúrgica, bajo la piel de Daniel, que todo el asunto no tardaría más de tres encuentros. Una mirada aquí, una sonrisa estratégica allá, un roce accidental en el momento justo y listo. Los hombres como Alexander Ríos, en su experiencia, eran criaturas predecibles. La vanidad y el deseo eran las llaves maestras de su voluntad. Eso pensó. No. Claro que Alexander Ríos no sería la excepción. Owen confiaba en su atractivo innegable y su carisma irresistible. Además no es como que iba a acostarse con él, ni nada por el estilo. Bastaba con la intención.
La primera fase había sido impecable. Como Daniel, el nuevo y brillante enfermero de Chloe Casamayor, había obtenido una invitación a la exclusiva cena benéfica de los Ríos. Se había vestido con un traje de Armani blanco que esculpía sus hombros y estrechaba su cintura a la justa medida. La corbata era de seda añil intenso. Hacía juego con sus ojos y como toque coqueto usó un alfiler de corbata muy especial de oro blanco con zafiros. Un guiño geométrico de Doble anillo masculino entrelazados. Símbolo de la comunidad. Era una forma elegante de decir: "soy de los tuyos", sin gritarlo.
Se había movido entre la élite de la ciudad con la gracia de un depredador que conoce su terreno y Alexander Ríos era el campo de caza perfecto. Alto, de hombros anchos y una apostura que no dependía de la ropa, sino de la manera en que la llevaba. Su cabello dorado, destellaba como un halo divino bajo las luces, confiriéndole un aire distinguido. Cruzaron miradas. La de Alexander parecía analizarlo con una calma perturbadora. Lo observó toda la noche. Esperó el momento oportuno. El encuentro fue coreografiado. Owen, o más bien Daniel, se acercó a la barra justo cuando Alexander pedía un whisky.
-El discurso de la presidenta ha sido inspirador. -comentó Owen, con una sonrisa fácil, tomando su propia copa de champaña. Alexander lo miró y por un instante, Owen sintió un escalofrío. No era la mirada lasciva que esperaba, sino una de genuina curiosidad.
-¿Inspirador...? Es una forma amable de decirlo. Mi esposa sabe cómo mover multitudes como ganado sin que ellos se percaten, diría yo. -respondió con una media sonrisa que le formaba un hoyuelo en la mejilla. Su voz era profunda, un barítono suave que prometía conversaciones interesantes y pecados aún más interesantes. El anzuelo estaba lanzado. Owen rió, una risa baja y sugerente.
-Touché. Daniel Moreau. -dijo, extendiendo la mano.
-Ya lo sé. -pero tomó la mano igualmente. Su apretón fue firme, cálido, breve. No se demoró. Ni dejó que sus dedos le acariciaran la palma como la primera vez. Un simple gesto de cortesía. Primer fallo, pensó Owen.
La conversación fluyó. Hablaron del estado de Chloe, de arte, de un libro que ambos habían leído. Owen se esforzó por ser encantador, ingenioso, un poco vulnerable, torpe en ocasiones y una gota muy bien dosificada de timidez fingida. La clase de hombre que atrae a otro hombre poderoso. Alexander, para su crédito, era un conversador brillante. Escuchaba con atención, respondía con inteligencia y tenía un sentido del humor seco que Owen, para su propia sorpresa, encontró genuinamente atractivo. Por eso lanzó la primera indirecta.
-Me gustan los hombres peligrosos como tú. -Alexander ladeó la cabeza, divertido.
-Entonces deberías preguntarte si te gustan de verdad o si simplemente estás convencido de que puedes controlarlos.
-Quizá solo quiera conocerte mejor.
-¿Y qué esperas descubrir?
-Lo que escondes detrás de esa educación impecable. -durante un segundo, Owen creyó que había llegado el momento. El instante en que la distancia desaparecería, en que una mirada se convertiría en una confesión y una aproximación calculada podría transformarse en la prueba que necesitaba, pero Alexander se limitó a depositar su copa en la barra.
-Cuando lo descubras, Daniel, espero que no te arrepientas. -después caminó hacia los invitados. Owen tuvo que hacer un esfuerzo para no mostrar su desconcierto.
-¿Te marchas?
-Tengo más invitados. Por supuesto y una recomendación, Daniel. No confundas mi amabilidad con una promesa.
Owen permaneció inmóvil, con la copa intacta entre los dedos y una irritación creciente bajo la piel. Había conseguido acercarse. Había despertado su curiosidad. Incluso podía afirmar que Alexander disfrutaba de sus conversaciones, pero no tenía nada. Ninguna confesión. Ningún gesto comprometedor. Ninguna evidencia que pudiera utilizarse para conseguir el divorcio de su hermana. Solo una certeza incómoda. Alexander sabía que estaba jugando a algo, aunque todavía ignorara las reglas exactas, pero en todo caso no parecía un hombre dispuesto a dejarse utilizar. Desde que se había impuesto aquella misión dudó. No estaba completamente seguro de quién terminaría seduciendo a quién.
Esa noche, Owen se fue a Casamayor con una sensación agridulce. No había logrado el toque físico esperado, el momento de intimidad que podría haber sido capturado por la pequeña cámara en su gemelo, pero había sentado las bases. El siguiente paso era la cita. Una cena privada, un ambiente íntimo. Allí, las cosas serían diferentes. Un juego peligroso sin dudas. La cita se concretó una semana después. Owen había sugerido un restaurante pequeño y oscuro, de esos donde las velas crean sombras danzantes en las paredes y las mesas están lo suficientemente apartadas para garantizar la privacidad. Era su escenario. Alexander llegó puntual, impecable con un jersey de cuello alto negro y una chaqueta deportiva. Se veía relajado y eso desarmó a Owen por un segundo.
-Pensé que iríamos a un lugar más concurrido dado que hablaremos de la salud de mi suegra. -dijo Alexander, sentándose. Luego añadió con intensión. -¿Por qué vamos a hablar de mi suegra, verdad?
-Claro. La señora Ángela me dijo que de ahora en adelante tratara estos asuntos con usted, porque ella está muy ocupada con la dirección de la Empresa y el Consejo Directivo.
-Lo entiendo. Es solo que este lugar parece un buen refugio.
-No ha sido a propósito. Hoy era mi día libre y me gusta consentirme. A veces, lo mejor es la compañía tranquila y un lugar bonito. -respondió Owen, dejando que su rodilla rozara la de Alexander por debajo de la mesa. Alexander no se apartó, pero tampoco correspondió. Simplemente continuó hablando, como si no hubiera notado el contacto. Owen frunció el ceño internamente. Segundo fallo.
-¿Siempre eres tan servicial, Daniel?
-Solo con las personas que me inspiran simpatía.
-Qué curioso. Yo habría dicho que eres de los que prefieren inspirarla antes de necesitarla. -la respuesta lo tomó desprevenido durante una fracción de segundo. Alexander lo notó. -¿Te he incomodado?
-En absoluto. -los ojos de Alexander eran de una tonalidad difícil de describir bajo la iluminación cálida. No tenían nada de inocentes. Había en ellos una inteligencia fría, una ironía casi perezosa y una seguridad que obligaba a cualquiera a preguntarse qué ocurriría si, por una vez, aquel hombre decidiera dejar de fingir que todo le resultaba indiferente. La carta les fue entregada rompiendo la tensión. Ordenaron y Alexander le dijo directo.
-Daniel. ¿Crees que puedes conseguir cualquier cosa si sonríes en el momento adecuado?
-¿Por qué lo preguntas? -el pedido llegó. La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Durante la cena, Owen intensificó la ofensiva. Se inclinó más cerca, dejando que su colonia, una mezcla de sándalo y clavel, llenara el espacio entre ellos. Hizo un comentario sutil sobre lo atractivo que era Alexander cuando sonreía. Fue atrevido, directo. Alexander se detuvo, con el tenedor a medio camino. Sus ojos celestes se posaron en Owen con algo más que cortesía. Eso era un destello de... ¿diversión? ¿O advertencia?
-Eres muy directo, Daniel. -dijo, dejando el tenedor. -Y muy halagador, pero creo que deberíamos establecer algo. -el corazón de Owen dio un vuelco de triunfo. Aquí viene, pensó. ¿La invitación a un hotel quizás?
-¿El qué? -preguntó confiado.
-Estoy casado y lo sabes. -las dos palabras cayeron sobre la mesa como un martillo. Su tono no era de disculpa, sino una simple declaración. Un hecho. -Aprecio tu interés, pero no voy a ponerte un dedo encima mientras siga casado. No es mi estilo. -Owen se quedó helado. La sonrisa se le congeló en los labios.
-¿Perdona? -fue lo único que pudo articular.
-Eres un hombre muy atractivo, Daniel. No soy ciego. Un poco joven para mi gusto, pero atractivo. -continuó Alexander, con una honestidad brutal que disparó las alarmas de Owen. -Disfruto de tu compañía, pero lo que estás sugiriendo no va a suceder. Mi matrimonio, por complicado que sea, es mi matrimonio y no lo voy a traicionar de esta manera. Tampoco planeo divorciarme. -el chico sintió una oleada de frustración, seguida de cerca por una ira fría. Todo su plan, su cuidadosa seducción, se estaba desmoronando porque el maldito hombre tenía un código moral. ¿Quién en su sano juicio jugaba a ser el héroe trágico en la vida real?
-Su matrimonio. -repitió, dejando escapar una risa incrédula. -Señor Alexander, todo el mundo sabe que no es precisamente un cuento de hadas. La gente habla y yo tengo oídos. -una sombra cruzó el rostro de Alexander. Fue rápida, pero Owen la captó.
-Eso no es de su incumbencia señor Moreau y de nadie. -replicó Alexander. Su voz, había perdido toda calidez. -Mi relación con mi esposa es un asunto privado. Conmigo deberías tener cuidado. -Owen sintió una punzada de satisfacción. Aquello era exactamente lo que buscaba. Una reacción, una advertencia que pudiera interpretar como interés, una grieta por la que introducirse.
-¿Es una amenaza?
-No. Las amenazas son para las personas que todavía no han comprendido el peligro. -Owen mantuvo la sonrisa, aunque por dentro comenzaba a reajustar sus cálculos. Alexander no estaba rechazándolo. Tampoco estaba cayendo. Estaba observándolo.
-Lo siento. -dijo retrocediendo, consciente de que había ido demasiado lejos. -No era mi intención... Yo solo quería... -su actuación de culpabilidad le hubiese ganado un Óscar. Hasta sus ojos brillaban peligrosamente como el que está a punto de llorar. Se veía tan tierno y vulnerable que Alexander suavizó el tono.
-Lo sé. Escucha, Daniel. Me caes bien. De verdad, pero si esto va a funcionar será solo como mucho una amistad. Eres un profesional contratado para asistir a mi suegra. Tienes que entender la línea. No la voy a cruzar.
La cena terminó en un silencio tenso. Owen pagó la cuenta, sintiéndose como un idiota. Había fallado otra vez. No tenía evidencia, no había escándalo, ni divorcio. Solo un rechazo cortés, pero firme que lo dejaba con un sabor amargo en la boca. No estaba dispuesto a admitir, ni siquiera para sí mismo, que la frustración no era solo por el fracaso del plan. Era porque una parte de él, pequeña y peligrosa, había descubierto una cualidad admirable en ese hombre con principios que, a pesar de todo, respetaba sus votos y esa admiración no deseada lo enfurecía aún más.
Los días siguientes fueron una tortura. Owen no podía dejar de pensar en Alexander. En su rechazo tácito. En la manera en que sus ojos se habían oscurecido cuando había mencionado a Ángela. En la calidez genuina de su sonrisa cuando hablaban de cosas triviales. Tampoco podía forzar otro encuentro. Sería sospechoso. Lo que había empezado como un juego para ayudar a su hermana se había convertido en un reto personal. Uno que no estaba dispuesto a perder. Ahora ya no se trataba solo de la evidencia. Se trataba de Alexander. De hacerlo ceder. De demostrarle que su preciosa moral era solo una fachada, que todo el mundo tenía un precio.
El problema era que, cuanto más lo intentaba, más se daba cuenta de que Alexander no era como los demás. Contestaba los mensajes con una economía verbal desesperante y monosilábica. No era un hombre que se dejara seducir por una cara bonita y unas palabras bonitas. Era un hombre que valoraba la lealtad, la honestidad, la integridad. Todas las cosas que Owen, bajo el alias de Daniel, estaba fingiendo tener y en el fondo de su ser, en un lugar que se negaba a examinar, empezaba a preguntarse si el verdadero reto no era seducir a Alexander, sino no enamorarse de él. Esa noche, Owen llamó a su hermana.
-El plan no está funcionando. -dijo, sin preámbulos.
-¿Qué quieres decir? -preguntó ella.
-Que tu marido es un maldito santo. -respondió Owen, con amargura. -No quiere tocarme porque está casado. ¿Puedes creerlo? -hubo un silencio al otro lado de la línea.
-Owen... -dijo ella, con voz preocupada. -¿Estás bien?
-Perfectamente. -mintió con descaro. -Solo necesito más tiempo.
-Déjalo ya. Encontraré otra forma.
-No. Esto es la guerra. Te mantendré informada. -colgó antes de que ella pudiera responder. Se quedó mirando la pantalla de su teléfono, donde tenía guardada la foto de Alexander que había tomado en la cena. No era una foto comprometedora. Solo un retrato casual. Alexander, con la guardia baja, riendo de algo que él había dicho. Pasó el dedo por la pantalla, acariciando la imagen.
-Te voy a hacer ceder, Alexander Ríos. -murmuró, con una mezcla de determinación oscura y algo más profundo. -Aunque tenga que quemar el mundo para lograrlo.
La promesa sonó vacía. Había enfrentado a hombres mucho más peligrosos que Alexander. Hombres con esposas trofeo, amantes escondidas en apartamentos de lujo y suficientes secretos en sus teléfonos para provocar el derrumbe de tres imperios empresariales. Hombres que hablaban de honor durante las cenas benéficas y compraban silencios en habitaciones de hoteles. Hombres que se creían inmunes a la tentación hasta que alguien encontraba la manera adecuada de pronunciar sus nombres, pero con este había una diferencia. Era un buen tipo como dijo su hermana y Owen nunca se había encontrado con esa clase de hombre y también había cometido el error de subestimar su encanto natural.
Alexander no era el monstruo tosco y predecible que Owen había imaginado. No necesitaba levantar la voz para imponer su voluntad, ni recurrir a amenazas para recordarles a los demás quién tenía el control. Poseía una cortesía exquisita, una sonrisa capaz de desarmar las sospechas y unos ojos que parecían descubrir las mentiras antes de que terminaran de pronunciarse y él necesitaba que ese hombre cometiera un desliz. Uno solo. Lo suficientemente grave para destruir su reputación, lo bastante comprometedor para obligarlo a aceptar el divorcio con su hermana y sobre todo, imposible de negar cuando las pruebas salieran a la luz. Ese era el plan.
No tuvo oportunidad de volver a verlo hasta tres semanas después. Con motivo de conciliar los gastos de manutención de Chloe Casamayor había conseguido una cita en el despacho de Alexander. Ese día se había puesto una ropa informal, pero condenadamente sexi. Hasta se puso un pendiente en la oreja izquierda. Un diminuto diamante que brillaba al menor contacto luminoso como una invitación lujuriosa. Alexander permanecía detrás de su buró. Un trasto descomunal como un pequeño velero.
-Hola señor. ¿Puedo pasar?
-Adelante. -Alexander ni siquiera había levantado La vista anotando algo en el ordenador. La sonrisa había desaparecido del rostro de Owen y fue reemplazada con curiosidad. Alexander se veía apuesto trabajando. El chico se concentró tanto que no se percató de que le hablaban.
-Ah disculpa. Puede repetir es que me distraje un momento. -admitió Owen esta vez verdaderamente avergonzado de que lo hubiera cogido con la guardia baja. Alexander conocía el deseo. También conocía la ambición y sabía distinguir cuándo alguien se acercaba a él porque lo deseaba y cuándo lo hacía porque necesitaba obtener algo. Daniel parecía reunir ambas posibilidades. Eso lo hacía interesante y peligroso. Hablaron de Chloe estrictamente. Eso sorprendió un poco a Alexander. Esperaba coqueteo y frases de doble sentido, pero Daniel se mantuvo profesional y distraído la mayor parte del encuentro. Luego se marchó tan precipitadamente que parecía un hombre escapando de un incendio. No tenía pruebas, pero se atrevía a jurar que ese chico estaba nervioso. Se aflojó la corbata y dejó escapar una risa breve, carente de humor.
-Muy bien, Daniel. -susurró. -No querías jugar. Juguemos. -sacó el acuerdo de divorcio de una gaveta. Se sirvió una copa y brindó.
-Por el futuro de la empresa Ríos. Por mi futuro.
Hoy había logrado salvar el patrimonio familiar. La última deuda había sido saldada. Las finanzas de los Ríos eran independientes de las de los Casamayor y además con márgenes de sostenimiento y solvencia para diez años, si de verdad Ángela cumplía su palabra y le concedía todo lo que estipulaba el ventajoso acuerdo de disolución matrimonial. El momento había llegado.