Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 18: La mujer que estaba renaciendo
Catalina
Durante mucho tiempo pensé que mi vida había terminado el día que Rubén se fue.
Ahora entendía que estaba equivocada.
Mi vida no había terminado.
Simplemente había comenzado de nuevo.
Y aunque todavía había noches en las que el recuerdo de Rubén aparecía sin permiso, ya no permitía que esos recuerdos decidieran por mí.
Tenía dos hijos.
Un trabajo.
Una casa que mantener.
Y un futuro que construir.
No podía quedarme atrapada en el pasado.
Aquella mañana me miré frente al espejo mientras me arreglaba para una reunión virtual.
Hacía meses que no me preocupaba demasiado por mi apariencia.
Todo giraba alrededor de los niños, el trabajo y las responsabilidades.
Pero aquella mañana decidí hacer algo diferente.
Me arreglé el cabello.
Me puse un poco de maquillaje.
Elegí una blusa que me gustaba.
Y cuando terminé, me quedé mirándome.
Era yo.
La misma mujer.
Pero había algo diferente en mis ojos.
Ya no veía a la esposa abandonada.
Veía a una mujer que estaba aprendiendo a levantarse.
—Mamá —escuché detrás de mí.
Me giré.
Mateo estaba en la puerta.
—¿Te ves bonita?
Sonreí.
—¿Tú qué crees?
—Muchísimo.
Me reí.
—Gracias.
Mateo entró y me abrazó.
—Pareces feliz.
Aquella frase me hizo pensar.
¿Era feliz?
Tal vez todavía no completamente.
Pero estaba aprendiendo.
Y quizá eso era suficiente por ahora.
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Rubén
La primera vez que vi a Catalina después de varias semanas, tuve que admitir algo que no quería aceptar.
Había cambiado.
No era la mujer que había dejado en aquella casa.
Estaba más segura.
Más tranquila.
Incluso parecía más joven.
No porque hubiera cambiado físicamente.
Era su manera de mirar.
Su forma de hablar.
La seguridad con la que tomaba decisiones.
Yo había pensado que después de nuestra separación ella se quedaría esperando.
Pero Catalina no estaba esperando.
Estaba avanzando.
Y eso me incomodaba.
Aquella tarde fui a buscar a Mateo.
Catalina abrió la puerta.
—Hola.
—Hola.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—Bien.
—Te ves diferente.
Ella sonrió ligeramente.
—Estoy diferente.
No supe qué responder.
Mateo apareció corriendo.
—¡Papá!
Lo abracé.
—Hola, campeón.
—Mamá consiguió un trabajo mejor.
Miré a Catalina.
—Me contó.
—¿Y sabes qué? —continuó Mateo—. Mamá dice que algún día tendremos una casa más grande.
Catalina se acercó.
—Mateo, no tenemos que hablar de eso ahora.
Pero yo ya había escuchado.
Una casa más grande.
Una vida nueva.
Sin mí.
—¿Estás pensando en mudarte? —pregunté.
Catalina me miró.
—Estoy pensando en el futuro de mis hijos.
—¿Y yo estoy incluido en ese futuro?
Hubo un silencio.
Ella respondió con tranquilidad:
—Como padre de ellos, sí.
Aquellas palabras fueron un golpe.
No había dicho “como mi esposo”.
No había dicho “como el hombre que amo”.
Solo como padre.
Y por primera vez comprendí que quizás había perdido algo mucho más grande que un matrimonio.
Había perdido el lugar que alguna vez tuve en su corazón.
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Catalina
Después de que Rubén se llevó a Mateo, recibí una llamada de mi amiga Carolina.
—¿Estás ocupada?
—Un poco. ¿Por qué?
—Porque quiero invitarte a salir.
Me reí.
—¿Salir? ¿Yo?
—Sí, tú.
—Carolina, tengo dos hijos.
—Y yo tengo claro que eres mamá. Precisamente por eso necesitas salir un rato.
No estaba acostumbrada.
Desde que Rubén se había ido, casi toda mi vida había girado alrededor de mis hijos.
Pero aquella vez decidí aceptar.
Mi madre se ofreció a cuidar a los niños unas horas.
Por la noche me arreglé y salí con Carolina.
Fuimos a una pequeña cafetería.
Hablamos durante horas.
Reí.
Conté historias.
Y por un momento olvidé todos mis problemas.
—Te hacía falta esto —dijo Carolina.
—Sí.
—Mucho.
La miré.
—A veces siento culpa por disfrutar.
Carolina negó con la cabeza.
—No debes sentir culpa por vivir, Catalina.
Sus palabras se quedaron conmigo.
Yo había pasado demasiado tiempo creyendo que debía sacrificar cada parte de mí por ser una buena madre.
Pero también era una mujer.
Tenía sueños.
Tenía deseos.
Tenía derecho a volver a sentirse bonita.
A reír.
A salir.
A descubrir quién era después de Rubén.
Cuando regresé a casa, me miré nuevamente al espejo.
Y sonreí.
No porque hubiera encontrado a otro hombre.
No porque Rubén hubiera regresado.
Sino porque estaba empezando a encontrarme a mí misma.
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Rubén
Esa misma noche estaba sentado en el sofá cuando Valeria llegó.
—¿Dónde estabas? —preguntó.
—Con mis hijos.
Ella dejó el bolso.
—Otra vez.
No respondí.
Valeria me observó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No me mientas.
—No estoy mintiendo.
—Desde hace semanas estás diferente.
La miré.
—¿Diferente cómo?
—Ya no estás completamente aquí.
Me quedé en silencio.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Es por Catalina?
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
—No.
—Entonces mírame y dime que ya no sientes nada por ella.
Levanté la mirada.
Quise responder.
Pero no pude.
Valeria entendió mi silencio.
—Lo sabía.
—No sabes nada.
—Sé que estás empezando a arrepentirte.
Me levanté.
—No quiero discutir.
—¡Pero yo sí!
Su voz llenó la habitación.
—Tú me elegiste, Rubén.
Me quedé quieto.
—Dejaste a tu esposa por mí.
No respondí.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Ahora vas a descubrir que cometiste un error?
Sus palabras quedaron flotando.
Porque, aunque no quería admitirlo…
Cada día me hacía esa misma pregunta.
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Catalina
Los siguientes días fueron diferentes.
Empecé a levantarme temprano para trabajar.
Organizaba mis horarios.
Apartaba una pequeña cantidad de dinero para ahorrar.
Llevaba a Mateo al colegio.
Cuidaba de Gabriel.
Y, poco a poco, también empecé a cuidar de mí.
Compré un vestido sencillo.
Me hice un nuevo corte de cabello.
Comencé a salir algunas tardes con mis hijos.
Pequeños cambios.
Pero para mí significaban muchísimo.
Una mañana, mientras llevaba a Mateo al colegio, él tomó mi mano.
—Mamá.
—¿Sí?
—Me gusta verte sonreír.
Lo miré.
—¿Antes no sonreía?
—Sí.
Pensó unos segundos.
—Pero ahora sonríes diferente.
Sentí los ojos llenarse de lágrimas.
Me agaché y lo abracé.
—Te prometo que voy a intentar sonreír mucho más.
—¿Aunque papá no vuelva?
Respiré profundamente.
—Aunque papá no vuelva.
Mateo me abrazó con fuerza.
Y en ese instante entendí que ya no necesitaba esperar que Rubén regresara para sentir que mi familia estaba completa.
Mi familia estaba allí.
Mis hijos.
Mi esfuerzo.
Mis sueños.
Yo.
La mujer que alguna vez creyó que no podía sobrevivir sin un hombre estaba comenzando a renacer.
Pero no sabía que, mientras yo aprendía a vivir de nuevo…
Rubén comenzaba a darse cuenta de que había perdido a la mujer que alguna vez lo amó con todo su corazón.
Y quizá, cuando finalmente quisiera recuperarla…
Ella ya no estaría dispuesta a volver atrás.
🙊a hora cual será el misterio