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Una Corona Para Mi Enemigo

Una Corona Para Mi Enemigo

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Matrimonio arreglado / Fantasía épica
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: maleramram

Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.

NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una reina entre lobos

Isolde descubrió que preparar una boda podía resultar más agotador que gobernar un reino.

Y eso que todavía no había pronunciado los votos.

—El azul real resaltaría su figura, alteza.

—El verde esmeralda representa a mi familia.

—Pero el azul es el color de la casa Draven.

—Precisamente por eso no lo llevaré.

La modista parpadeó, desconcertada.

Isolde permaneció frente al espejo, contemplando los vestidos que ocupaban casi toda la habitación. Había sedas, terciopelos, encajes y bordados suficientes para vestir a media corte.

Y ninguno parecía adecuado.

No porque fueran feos.

Sino porque todos estaban diseñados para convertirla en algo que no era.

Una futura reina de Draven.

Una esposa.

Una alianza política envuelta en telas costosas.

Isolde bajó la mirada hacia el colgante de plata que descansaba sobre su pecho. Lo había mantenido consigo incluso durante las pruebas de los vestidos, negándose a dejarlo en manos de las sirvientas.

—Quiero uno verde —decidió—. Con bordados dorados y sin demasiados adornos.

La modista intentó protestar.

—Alteza, la ceremonia será ante ambas cortes. El rey seguramente esperará que…

—El rey no elegirá mi vestido.

La mujer cerró la boca.

—Como ordene, alteza.

Isolde sonrió.

—Gracias. ¿Ve? Podemos entendernos perfectamente cuando dejamos de intentar decidir por mí.

La modista se retiró con una reverencia apresurada.

Mara, que había observado toda la escena desde un sillón, soltó una carcajada.

—Llevas aquí menos de un día y ya has conseguido que tres personas teman por sus puestos.

—Cuatro, si contamos al pobre hombre que intentó explicarme qué flores debería llevar en el cabello.

—¿Y qué le dijiste?

—Que si volvía a sugerirme rosas blancas, tendría que tragarse una.

Mara se cubrió la boca para no reírse demasiado fuerte.

Era la primera vez desde la muerte de su familia que Isolde podía reír sin sentir que estaba traicionando su memoria.

Duró poco.

Una criada apareció en la puerta.

—Alteza, el rey Kael solicita su presencia en el salón del consejo.

Isolde suspiró.

—¿Solicita?

—Eso dijo, alteza.

—Qué considerado de su parte.

Mara se levantó y le acomodó una manga.

—Tal vez quiera verte.

Isolde la miró como si acabara de pronunciar una blasfemia.

—Quiere discutir alguna cláusula del matrimonio.

—Claro.

—O revisar las fronteras.

—Por supuesto.

—O recordarme que su reino tiene más soldados.

Mara sonrió con malicia.

—Naturalmente. Porque sería imposible que el rey de Draven quisiera ver a una mujer hermosa.

Isolde tomó un cojín y se lo arrojó.

—Te recuerdo que puedo hacer que te asignen a las cocinas.

—Y yo te recuerdo que sé dónde escondes los dulces.

Isolde terminó riéndose mientras se dirigía a la puerta.

Por unos minutos, se permitió olvidar que estaba a punto de casarse con su enemigo.

Solo por unos minutos.

...⸻...

El salón del consejo estaba lleno cuando Isolde llegó.

Aquello la sorprendió.

Esperaba encontrar a Kael y quizá a alguno de sus consejeros. En cambio, varios nobles conversaban junto a las ventanas, mientras los guardias permanecían firmes cerca de las puertas.

El rey estaba de pie junto a la mesa principal.

Vestía completamente de negro, con una camisa de cuello alto y un broche plateado que representaba el emblema de su casa. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás y su expresión era tan severa como siempre.

Cuando Isolde entró, varias conversaciones se interrumpieron.

Ella sintió las miradas.

Algunas eran curiosas.

Otras, abiertamente hostiles.

Nadie hizo una reverencia lo suficientemente profunda como para considerarla respetuosa.

Isolde no alteró el paso.

Llevaba un vestido verde oscuro, sencillo para los estándares de la corte, y el cabello castaño recogido en una trenza que caía sobre su hombro. El colgante de plata descansaba sobre su pecho.

No llevaba corona.

Todavía no.

Y, aun así, caminó como si el salón le perteneciera tanto como al hombre que la esperaba.

Kael reparó en ella antes que los demás.

Sus ojos grises recorrieron el vestido, la trenza y, finalmente, el pequeño colgante.

No supo por qué se fijaba tanto en aquella joya.

Quizá porque ella nunca se la quitaba.

—Princesa —saludó.

—Majestad.

—Gracias por venir.

—Su mensajero parecía convencido de que mi ausencia sería considerada una declaración de guerra.

—Le diré que modere sus dramatismos.

—Se lo agradecería.

Kael inclinó ligeramente la cabeza hacia la mesa.

—Permítame presentarle a algunos miembros de mi consejo.

Isolde se colocó a su lado.

El primer hombre era alto, de cabello gris y rostro alargado. Su ropa, aunque elegante, parecía elegida para exhibir su riqueza más que su buen gusto.

—Lord Cedric, mi principal consejero.

El hombre hizo una reverencia superficial.

—Princesa.

—Lord Cedric.

Sus ojos se encontraron brevemente.

Isolde no supo explicar qué había en aquella mirada, pero algo en ella le produjo una incomodidad inmediata.

Cedric sonrió.

—Debo admitir que todos estamos muy interesados en conocer a la mujer que pronto compartirá el trono de nuestro rey.

—Espero que esa curiosidad no les impida trabajar.

La sonrisa del consejero se tensó.

Kael bajó la mirada hacia la mesa, ocultando una expresión que se parecía sospechosamente a una sonrisa.

Las presentaciones continuaron hasta que un hombre de barba oscura dio un paso adelante.

—Lord Beaumont —dijo Kael—. Uno de los principales representantes de la nobleza de Draven.

Isolde lo reconoció por el apellido, aunque nunca lo había visto en persona. Era uno de los hombres que más habían insistido en que su matrimonio debía servir para asegurar la obediencia de Valenne.

Beaumont le dedicó una inclinación de cabeza.

—Alteza. Confío en que comprenda la responsabilidad que está a punto de asumir.

—Eso espero. Sería una lástima descubrir que alguien pretende explicármela durante la ceremonia.

Un silencio incómodo se extendió por el salón.

Beaumont apretó la mandíbula.

—No era mi intención ofenderla.

—Entonces ha tenido suerte.

Kael giró ligeramente el rostro para mirarla.

Isolde no le prestó atención.

Beaumont se aclaró la garganta.

—Solo deseo asegurarme de que la futura reina comprenda que gobernar Draven será muy distinto de administrar las tierras de su familia.

—Y yo deseo asegurarme de que los nobles de Draven comprendan que no he venido a gobernar únicamente este reino.

—¿Disculpe?

—Conservaré la autoridad sobre Valenne, tal como acordamos el rey y yo. Si alguno de ustedes esperaba que entregara mi corona a cambio de un anillo, lamento decepcionarlo.

Beaumont miró a Kael.

—Majestad, quizá sería conveniente que estas cuestiones se discutieran en privado.

—¿Por qué? —preguntó Isolde—. ¿Teme que el resto de la corte descubra lo que piensa?

—Princesa, no olvide que está hablando con hombres que han servido a la corona durante décadas.

—Y ustedes no olviden que están hablando con una mujer que ha perdido a su padre y a sus dos hermanos y que, aun así, ha venido aquí para proteger su reino. No necesito que me recuerden mi posición. La conozco perfectamente.

Su voz no fue alta.

No necesitó serlo.

Por un instante, el rostro de Isolde dejó de ser el de una princesa orgullosa y mostró algo más profundo: dolor contenido, cansancio y una determinación que ni siquiera la muerte había conseguido destruir.

Sus dedos rozaron el colgante.

Kael lo vio.

Y comprendió, aunque solo parcialmente, que aquella discusión no trataba únicamente de poder.

Isolde estaba defendiendo lo último que le quedaba.

Beaumont, sin embargo, no parecía dispuesto a ceder.

—Con todo respeto, alteza, una mujer puede conservar un título y aun así necesitar que alguien la guíe. El reino requiere estabilidad, y la estabilidad exige que el rey tenga la última palabra.

Isolde abrió la boca.

Pero Kael habló primero.

—La princesa ya ha demostrado que sabe defender sus intereses.

El salón quedó en silencio.

Beaumont palideció ligeramente.

—Majestad, solo pretendía…

—Sé perfectamente lo que pretendía, lord Beaumont.

Kael abandonó su lugar junto a la mesa y caminó hasta situarse al lado de Isolde.

No delante de ella.

A su lado.

—La princesa conservará la autoridad que hemos acordado. Su reino mantendrá sus leyes y su administración, y ella participará en las decisiones que afecten a ambos territorios. No habrá más discusiones sobre este asunto.

Beaumont bajó la cabeza.

—Como ordene, majestad.

—Y una última cosa.

Kael esperó hasta asegurarse de que todos lo miraban.

—Quien confunda la futura posición de mi esposa con una invitación a faltarle al respeto tendrá que responder ante mí.

Mi esposa.

Las palabras resonaron en la cabeza de Isolde.

Todavía no se habían casado.

Y, sin embargo, Kael las había pronunciado con una seguridad que hizo que algo extraño se moviera en su estómago.

Irritación, se dijo.

Solo irritación.

Cuando la reunión terminó, los nobles abandonaron el salón en pequeños grupos. Algunos inclinaron la cabeza ante Isolde con más respeto que antes. Otros evitaron mirarla.

Beaumont fue uno de los últimos en marcharse.

Antes de cruzar la puerta, se volvió hacia ella.

—Espero que disfrute de su estancia en Draven, princesa.

Isolde sonrió.

—Estoy segura de que será inolvidable.

El hombre se marchó.

Kael esperó hasta que la puerta se cerró.

Entonces se volvió hacia ella.

—Podría haber sido más diplomática.

Isolde lo miró, incrédula.

—¿Perdón?

—No todos los desacuerdos necesitan convertirse en una batalla.

—Qué curioso. Hace unos minutos parecía muy satisfecho de que yo no retrocediera.

—No he dicho que estuviera insatisfecho.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Kael se acercó a la mesa y recogió unos documentos.

—Que Beaumont es un hombre peligroso cuando se siente humillado.

Isolde perdió parte de su expresión burlona.

—¿Me está advirtiendo?

—Sí.

—¿O intentando asustarme?

Kael dejó los papeles.

—Si quisiera asustarla, princesa, no tendría que recurrir a advertencias.

Isolde levantó la barbilla.

—Y si quisiera obedecer a todos los hombres que intentan intimidarme, no habría llegado hasta aquí.

Durante varios segundos, ninguno habló.

Kael la observó con una intensidad que hizo que Isolde sintiera la necesidad absurda de apartar la mirada.

No lo hizo.

—Tiene una lengua peligrosa —murmuró él.

—Y usted una paciencia bastante limitada.

—Empiezo a comprender por qué sus consejeros están tan preocupados.

—¿Por mi lengua?

—Por la posibilidad de que usted termine gobernando mejor que ellos.

Isolde se quedó inmóvil.

Aquello no había sonado como una burla.

—¿Era un cumplido, majestad?

—No se acostumbre.

—No pensaba hacerlo.

Kael se dirigió hacia la puerta.

—La cena será a las ocho. Mi madre desea conocerla.

Isolde frunció el ceño.

—¿Su madre?

—La reina Elara.

—Creí que estaba en la capital.

—Lo estaba. Llegó esta mañana.

Isolde sintió una punzada de inquietud.

Había soportado una sala llena de nobles hostiles sin perder la compostura, pero la idea de enfrentarse a la madre de Kael le resultaba extrañamente intimidante.

Quizá porque no sabía qué esperar de ella.

—¿Debo prepararme para otro interrogatorio?

Kael se detuvo junto a la puerta.

Por primera vez, su expresión se suavizó ligeramente.

—Mi madre no necesita interrogar a nadie para descubrir lo que piensa.

—Qué tranquilizador.

—Y, a diferencia de Beaumont, suele escuchar antes de juzgar.

Isolde arqueó una ceja.

—¿Eso significa que debo caerle bien?

—Significa que le conviene ser usted misma.

—¿Y si no le agrado?

Kael la miró durante unos segundos.

—Entonces, al menos, sabrá que no ha tenido que fingir para conseguirlo.

La respuesta la tomó desprevenida.

Antes de que pudiera decir algo, el rey salió del salón.

Isolde permaneció inmóvil, observando la puerta cerrada.

Aquel hombre era irritante, arrogante y demasiado acostumbrado a dar órdenes.

Pero, cuando había tenido la oportunidad de dejarla sola frente a la corte, había elegido ponerse a su lado.

No delante de ella.

A su lado.

Isolde bajó la mirada hacia el colgante.

—No significa nada —susurró.

Y, por alguna razón, necesitó repetírselo dos veces.

Aquella noche, Kael encontró a su madre en el pequeño salón privado que utilizaba para leer.

La reina Elara estaba sentada junto a la ventana, con un libro abierto sobre las rodillas. Su cabello oscuro, salpicado de hebras plateadas, estaba recogido en un elegante moño.

No levantó la vista cuando él entró.

—He oído que tu futura esposa ha puesto en su sitio a lord Beaumont.

Kael se quitó los guantes.

—Las noticias viajan demasiado rápido en este palacio.

—Los hombres ofendidos tienen una habilidad extraordinaria para encontrar oídos dispuestos a escucharlos.

Elara cerró el libro.

—¿Cómo es ella?

Kael pensó en los ojos verdes de Isolde, en su manera de responder sin vacilar y en el pequeño colgante que había acariciado cuando habló de su familia.

—Orgullosa.

Su madre esperó.

—Inteligente —añadió él.

Elara sonrió.

—¿Y?

Kael frunció el ceño.

—¿Y qué?

—¿Es hermosa?

—Madre.

—Es una pregunta perfectamente razonable. Vas a casarte con ella.

—No he elegido este matrimonio por su apariencia.

—No te he preguntado por qué la elegiste.

Kael guardó silencio.

Elara soltó una pequeña risa.

—Vaya. Esto será más interesante de lo que esperaba.

—No empieces.

—Todavía no he empezado, hijo.

La reina se levantó y se acercó a él.

—Escúchame bien. Isolde ha perdido a su familia, su tranquilidad y la libertad de elegir con quién casarse. No necesita que conviertas su nueva vida en otra batalla.

Kael endureció la expresión.

—No tengo intención de hacerle daño.

—No hablo de heridas que puedan verse.

Las palabras de su madre quedaron suspendidas entre ambos.

—Puedes darle habitaciones hermosas, vestidos costosos y un lugar a tu lado en el trono. Pero si esperas que confíe en ti, tendrás que demostrarle que no eres otro hombre que pretende decidir por ella.

Kael pensó en la discusión con Beaumont.

En cómo Isolde había sostenido su posición incluso cuando toda la sala parecía esperar que retrocediera.

—No necesito que confíe en mí —dijo.

Elara lo miró con una tristeza que él no supo interpretar.

—Eso es lo que todos dicen antes de descubrir que sí lo necesitan.

Kael no respondió.

Su madre volvió a tomar el libro.

—Ahora ve a descansar. Mañana tendrás suficientes oportunidades para irritar a tu futura esposa.

—No necesito ayuda para eso.

—No. En eso te creo perfectamente.

Kael salió del salón mientras escuchaba la risa de su madre a sus espaldas.

Y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la incómoda sensación de que quizá todos en aquel palacio sabían algo sobre su futuro que él todavía no había descubierto.

Incluida la mujer con la que estaba a punto de casarse.

Y eso, más que cualquier desafío de Isolde, empezaba a inquietarlo.

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Paula Giaccaglia
por favor, no tardes tanto en escribir y bajar capitulos, espero me lleguen, no sé cómo se hace
Paula Giaccaglia
me encanta escritora, sólo espero no tarde en ir bajando capitulos y con continuidad
Paula Giaccaglia
me fascinan las novelas de época, ahora pobre rey no le dió de comer y cuándo se cambió el vestido? era negro en un capítulo y en el próximo Verde
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