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Horizonte Sagrado

Horizonte Sagrado

Status: En proceso
Genre:Aventura / Héroes / Mitos y leyendas
Popularitas:161
Nilai: 5
nombre de autor: Proa94

el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.

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El gladiador de Sgork

El Aliento Divino fue disparado no como una marea descontrolada, sino como un haz de energía pura, ultra concentrado y directo hacia un único punto.

A duras penas, en un reflejo desesperado instintivo, logré arrojarme hacia un costado. El borde de la ráfaga rozó mi túnica: la tela simplemente desapareció. No hubo humo, no hubo cenizas ni restos abrasados; fue como si la materia misma de la ropa jamás hubiera existido. El mármol del piso bajo el impacto no despedía calor ni vapor. No era un fuego común. Recordé la agonía del Dragón Necronso en el Valle del Dios Enano, pero esta categoría de poder pertenecía a una dimensión cósmica completamente diferente.

—Mierda... Si tan solo Armia estuviera aquí... —mascullé entre dientes, frotándome el brazo resentido.

—Jajaja... ¿De verdad crees que la barrera de protección de una simple maga resistiría mi emanación? —se burló Sgork, erguido sobre su tesoro—. Por supuesto que no. Yo puedo incinerar hasta la magia misma. Así que levántate, joven guerrero. Muéstrame que eres digno de portar la Espada de las Cinco Voluntades... o muere y déjame entregársela a alguien que realmente lo merezca.

—Pero... ¡espera! —protesté, incorporándome como pude—. Yo... yo he peleado usando esas virtudes. Las he empleado para defender a mi gente y salvar vidas, pero no sé cómo canalizar ese poder en un solo impacto. ¡No podría desviar algo de semejante magnitud!

—Y por esa misma razón... vas a morir.

—Mierda, mierda... ¿Qué hago? Padre... ¿tú qué hubieras hecho en mi lugar?

El dragón comenzó a inhalar de nuevo, acumulando la luz incandescente en su garganta. El terror atenazó mis músculos: eso no era fuego, era erradicación pura. El miedo me parálizó por un instante, pero en medio de esa penumbra comprendí el sentido de las palabras de la criatura. Las virtudes habitaban en mí, pero jamás las había proyectado al unísono en la punta de mi hoja.

Cerré los ojos, adoptando la postura clásica de esgrima que mi padre me enseñó desde niño, y convoqué en mi mente cada uno de los cinco pilares:

* Valor: La calidez de mi madre.

* Coraje: La determinación inquebrantable de mi padre.

* Esperanza: Mi espada y el camino que elegí.

* Confianza: Mis compañeros y los votos con mi escuadra.

* Amor: Ania... la esposa que creyó en mí cuando yo no valía nada.

La ráfaga del Aliento Divino fue disparada directamente hacia mi pecho.

Al abrir los ojos, sentí cómo la Espada de las Cinco Voluntades comenzaba a irradiar un calor abrasador, como si el acero vivo quisiera quemarme las manos. Sosteniendo la empuñadura con ambas manos, concentré hasta la última gota de mi ser y desaté un tajo vertical ascendente con una fuerza que jamás imaginé poseer.

Un destello blanco cortó el aire. La llamarada divina se dividió en dos, disipándose a mis espaldas contra los muros del castillo. Sin embargo, el esfuerzo sobrehumano quebró mis fuerzas y caí desplomado al suelo de mármol, perdiendo el conocimiento.

Poco tiempo después, me incorporé de golpe, respirando con agitación y sintiendo un dolor punzante en cada articulación. De pronto, Sgork extendió una de sus enormes garras doradas sobre mi cuerpo: una emanación de energía verdosa, suave y reparadora, envolvió mis heridas. En cuestión de segundos, la pesadez y las quemaduras desaparecieron por completo.

—Vaya... —comenté, mirándome las manos asombrado—. Lograste sanarme en un pestañeo. Armia tarda horas en cerrar mis heridas con sus encantamientos y tú lo hiciste en segundos... ¿Acaso también eres hechicero?

—Jajaja... Soy infinitamente más que un simple hechicero —respondió Sgork con solemnidad—. Te felicito, Adamas Skógarins. Lograste hacer lo que nadie en este mundo había conseguido jamás, salvo mi viejo amigo Lucius, a quien ustedes llaman el Dios Elfo.

—Pero... ¿por qué no te llevas bien con su descendiente legítimo? Mi abuelo lleva su sangre pura en las venas.

—Ese niño arrogante y despectivo no es nada —sentenció la bestia—. Si Lucius lo viera en ese trono, sentiría un profundo asco de su comportamiento.

Cuando intenté ponerme de pie para caminar hacia la espada, que descansaba a varios metros de distancia sobre una pila de monedas, Sgork me detuvo con un gesto.

—Llamala. Dile que venga a ti.

—¿Qué? Ah... de acuerdo —dije, extrañado. Miré la empuñadura a la distancia y extendí la mano—. ¡Ven aquí!

Un zumbido armónico resonó en la gran sala. La Espada de las Cinco Voluntades se elevó por el aire por sí sola y voló directo a mi palma, encajando en mi agarre como si tuviera vida propia.

—Pero... ¿qué...? ¿Qué acaba de pasar? Jamás había hecho algo así.

—Eso sucede porque la espada finalmente te ha reconocido como su único y legítimo dueño —explicó el dragón, erguéndose en toda su imponente estatura—. La espada te pertenece: tú eres parte de ella y ella es parte de ti. Así que, a partir de este momento, yo, Sgork, te proclamo mi Gladiador.

El coloso plateado liberó una onda de maná cálido que materializó frente a mí un amuleto antiguo: un blasón de plata con el grabado de un dragón alado rodeado de runas primordiales.

—Te nombro uno de mis caballeros personales. Tienes mi respeto incondicional y mi amistad —proclamó Sgork, depositando también con delicadeza el Collar del Dios Elfo en mi mano—. Te entrego el collar de Lucius como prometí. No me complace en absoluto que se lo vayas a entregar a ese mocoso arrogante de Antiqua, pero un trato es un trato.

—Le estoy infinitamente agradecido, Gran Dragón —dije, realizando una reverencia profunda con la mano sobre el pecho—. Me siento profundamente honrado. En estos pocos minutos me has enseñado más sobre mi linaje y mi potencial que cualquier otro maestro. Juro por mi honor que jamás volveré a cazar a ninguna criatura de la estirpe de los dragones.

Sgork soltó una carcajada profunda que hizo temblar las paredes.

—¡Jajaja! Calma, pequeño. Esas bestias menores son seres creados a mi imagen y semejanza, un regalo que Caurok, la Diosa de las Hadas, creyó que sería un lindo detalle para el mundo... aunque creo que olvidó dotarles de cerebro. No te preocupes por ellos. Ahora ve. Entra al palacio real como el Gladiador que eres... y regresa a visitarme en unos quinientos u ochocientos años, si te apetece.

—Ah... no sé si los mestizos vivamos tanto tiempo, Gran Dragón —sonreí—, pero ten por seguro que regresaré en unos cinco o seis años.

—Como desees.

Con un movimiento majestuoso, el dragón volvió a acomodarse entre sus montañas de oro, dejándome a solas en la penumbra dorada de la cámara.

Guardé el collar sagrado en mi alforja, sujeté el amuleto de Sgork a mi cuello y le ordené mentalmente a la espada que se acomodara en la funda de mi espalda. Había entrado a esa cumbre consumido por la vergüenza y las dudas de un cobarde; salía de ella renacido como un verdadero héroe. Era hora de descender de la montaña, regresar a la capital y demostrarle a mi abuelo que soy infinitamente más que un sangre bastarda.

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