Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 16: El Regreso a la Capital
El viaje de regreso a la capital del Imperio de Solaria no se pareció en nada a la sombría marcha que había llevado al contingente hacia el norte. Esta vez, las banderas carmesí de Solaria flameaban junto a los estandartes celestes y plateados de Aethelgard. La noticia de que la guerra había concluido oficialmente y que la heredera del sur marchaba al lado del soberano imperial corrió como fuego sobre pólvora por cada provincia.
A lo largo del camino, los aldeanos que antes se escondían tras las empalizadas salían a los márgenes del camino. Melany, montada a la par de Antonio, saludaba con dignidad y una sonrisa tibia. Para los habitantes del norte, ella ya no era la "asesina intrusa", sino la mujer que había salvado al emperador de una ballesta traidora y que garantizaba que sus hijos no serían reclutados para las trincheras.
—Mira a tu gente, Melany —dijo Antonio en voz baja, inclinándose levemente desde el lomo de su gran semental negro—. Ya no te ven como a una enemiga. Te ven como la luz que disipó la tormenta.
Melany giró la cara para mirarlo. El emperador llevaba la túnica de gala sin armadura pesada; la herida de su hombro aún requería vendajes, pero su postura era tan imponente como siempre. Sus ojos dorados reflejaban la calidez de la luz del sol.
—No son solo mi gente o la tuya, Antonio —respondió ella, deslizando la mano enguantada sobre las riendas para rozar los dedos del coloso—. Ahora son nuestro pueblo. Si queremos que esta paz sobreviva, debemos enseñarles que los dos reinos pueden latir bajo un mismo corazón.
A la entrada de los majestuosos portones de la capital, una multitud ensordecedora aguardaba. Los vítores retumbaban en las calles de piedra tallada. Sin embargo, al llegar a la gran plaza ante el Palacio Imperial, la tensión política aún se hacía sentir en la gran escalinata.
Allí esperaban los miembros del Consejo de Ministros y la alta nobleza de Solaria, cuyos rostros lucían rígidos y pálidos. Muchos de ellos se habían enriquecido con el comercio de guerra y contemplaban la llegada de Melany con velada hostilidad.
Emanuel, que había tomado el mando de la avanzada protocolaria, bajó de su montura y se colocó en el primer escalón. Con voz firme y resonante, anunció a la comitiva:
—¡Abran paso al emperador Antonio y a la princesa Melany de Aethelgard, restauradores de la paz y soberanos de nuestro nuevo destino!
Antonio desmontó de un solo salto y, extendiendo su brazo firme, ayudó a Melany a bajar. La princesa apoyó sus manos en los hombros del gigante por un segundo antes de asentarse sobre el mármol. En lugar de caminar detrás de él, Antonio le ofreció el brazo derecho, asegurándose de que entraran al palacio hombro con hombro.
Al cruzar los umbrales de la gran sala del trono, varios nobles comenzaron a murmurar. Un anciano duque, representante de la facción militarista más antigua, dio un paso al frente con el ceño fruncido.
—Majestad —intervino el duque, inclinando apenas la cabeza—. Traer a la princesa a la capital es un acto aceptable para la firma del tratado. Sin embargo, los rumores de la corte insinúan que pretendéis otorgarle un lugar en la línea de mando imperial. Los linajes puros de Solaria no aceptarán...
Antonio se detuvo en seco. La sola presencia del emperador pareció helar el aire del salón. Sus ojos dorados se fijaron en el anciano noble con una ferocidad que hizo enmudecer a los presentes.
—El tratado de paz exige la unión definitiva de nuestras coronas —declaró Antonio con una voz grave que resonó en las cúpulas de mármol—. La princesa Melany no viene como una invitada de honor ni como un rehén de compromiso. Viene como mi esposa, la futura emperatriz de este imperio. Y cualquiera en este salón que cuestione su autoridad o su lugar a mi lado, estará desafiando directamente a mi corona y a mi acero.
Un silencio sepulcral cayó sobre la nobleza. Melany mantuvo la vista al frente, apretando el brazo de Antonio con gratitud. Sabía que las intrigas de corte no desaparecerían de la noche a la mañana, pero teniendo al coloso protegiéndola y respaldándola, no había amenaza que pudiera hacerla temblar.