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EL IMPERIO DE HIERRO

EL IMPERIO DE HIERRO

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Mafia / Reencuentro / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24: Niebla en el desfiladero

El viento del desfiladero bajaba encajonado entre las paredes de roca caliza, arrastrando el rugido sordo del Ródano helado contra los cimientos de la presa.

Bellegarde-sur-Valserine parecía una herida olvidada en la frontera: un complejo ferroviario de principios del siglo pasado, medio sepultado bajo el óxido, con tinglados de chapa acanalada que gemían bajo las ráfagas y vías secundarias cubiertas de maleza seca y nieve sucia. En mitad de la explanada central, alumbrada apenas por los faros de dos furgonetas industriales con matrícula francesa falsa, no había trenes de pasajeros ni inspectores de aduanas. Solo la calma densa y engañosa previa a una emboscada.

Valeria apagó el motor de la pequeña berlina civil a treinta metros de los vehículos.

El silencio en el habitáculo fue inmediato. A través del parabrisas humedecido por la cellisca, vio las siluetas: cuatro hombres con abrigos de estibador y fusiles recortados apoyados contra los capós, fumando con la indiferencia metódica de los veteranos de South Boston. Al fondo, bajo el alero de madera podrida del muelle de carga tres, una bombilla desnuda colgaba de un cable pelado, balanceándose con el viento.

Debajo de su abrigo de paño negro, el chaleco balístico que Damian le había ajustado le apretaba el torso con una firmeza tranquilizadora. Valeria deslizó los dedos hacia la culata de titanio de la pistola suiza en la sobaquera, comprobó el seguro con el pulgar y apoyó la otra mano, por un segundo fugaz, en la curva baja de su vientre.

Respira, se ordenó. Eres una Callahan. Ellos solo conocen la pólvora; tú conoces las trampas.

Abrió la puerta del coche y bajó.

El frío cortante le mordió las mejillas al instante, pero Valeria no encogió los hombros. Avanzó sobre el balasto con pisadas calculadas, dejando que el crujido de las piedras marcara su paso. Llevaba las manos a la vista, los faldones del abrigo abiertos apenas lo necesario para permitir una extracción limpia y los ojos fijos en la penumbra bajo el alero.

Los cuatro centinelas tiraron los cigarrillos al suelo y enderezaron las armas. Uno de ellos soltó un silbido bajo y burlón que murió ahogado por el viento.

Desde la oscuridad del tinglado, una figura emergió despacio bajo la luz oscilante de la bombilla.

Julian Callahan no había cambiado en seis años. Tenía treinta y ocho años, la misma mandíbula angulosa de su padre, el pelo rubio oscuro cortado al rape militar y esos ojos celestes pálidos, casi transparentes, que jamás pestañeaban antes de romperle los dientes a un deudor. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada con cuello de borrego, pantalones vaqueros oscuros y las manos metidas en los bolsillos, con esa soltura arrogante y venenosa que Valeria recordaba de las noches más sangrientas de Massachusetts.

A su lado, arrodillada sobre el hormigón agrietado y con las muñecas amarradas a una viga de acero con bridas de embalaje, estaba Nora.

La abogada levantó la cabeza con dificultad. Tenía el labio inferior partido, el pómulo inflamado con un moratón violáceo y el cabello castaño revuelto pegado a las sienes por el sudor frío. Al ver a Valeria avanzar por la explanada, abrió los ojos con una mezcla desesperada de culpa y horror, negando frenéticamente con la cabeza a través de la cinta adhesiva que le sellaba la boca.

Julian se detuvo a tres pasos de la cautiva, sacó las manos de los bolsillos y abrió los brazos en un gesto de bienvenida teatral.

—Miren quién decidió volver a la mesa familiar —dijo Julian. Su acento de Boston, tosco y arrastrado, resonó bajo las chapas oxidadas con una familiaridad repulsiva—. Seis años jugando a la señorita europea intachable, Val. Papá casi se muere de un infarto cuando le dije que su niña mimada estaba firmando albaranes para los ricos de Ginebra.

Valeria se detuvo a seis metros de él, justo fuera del círculo de luz directa.

—Suelta a la abogada, Julian —dijo ella, con una voz modulada, clara y tan gélida como el agua del río a sus espaldas—. Me querías a mí. Aquí estoy. Ella no tiene nada que ver con los negocios de los muelles.

Julian soltó una carcajada seca, desprovista de gracia, y pateó una lata vacía que rodó por el andén con un sonido metálico irritante.

—¿La abogada? Por favor. Esta idiota casi se orina encima cuando mis muchachos la sacaron del estacionamiento. ¿De verdad pensaste que podías esconderte detrás de una banda de contadores suizos? Papá está viejo, Val. Sus pulmones ya no aguantan el invierno en Charlestown. La familia necesita que la sangre se quede en casa. Tenemos dos contratos con los sindicatos de Nueva York que exigen una firma limpia y un apellido respetado... y tú vas a volver a Boston en el primer vuelo de carga para hacer exactamente lo que te ordenemos.

—Prefiero que me tires al Ródano con un bloque de cemento en los tobillos —replicó ella sin pestañear.

—No me tientes, hermanita —Julian dio medio paso hacia Nora, sacó un cuchillo táctico de hoja dentada de su bota y apoyó la punta plana del acero justo sobre la clavícula de la abogada, haciéndola temblar—. Porque antes de meterte en la furgoneta, puedo dejarle un recuerdo a tu amiga para que aprenda a no meterse en pleitos entre irlandeses.

Nora dejó escapar un gemido ahogado de pánico contra la cinta adhesiva.

Valeria no se movió, pero sus ojos barrieron las vigas superiores del tinglado abandonado. Arriba, a doce metros de altura, entre las sombras densas de los respiraderos oxidados que conectaban con los túneles subterráneos de la presa, no había movimiento aparente. Sin embargo, en el borde de una pasarela metálica medio carcomida por el salitre, Valeria captó un destello casi microscópico: la mota de polvo suspendida que se quemaba al cruzar un haz de luz infrarroja invisible para el ojo humano.

Están en posición.

Damian estaba allí arriba. Podía sentir la presencia pesada y letal del magnate suspendida sobre sus cabezas, vigilando cada respiración como un halcón a punto de caer en picado.

—Julian —dijo Valeria, bajando el tono, obligando a su hermano a clavar esos ojos celestes y crueles exclusivamente en ella—. Crees que controlas este muelle porque trajiste a cuatro matones con escopetas viejas. Pero no tienes idea de dónde te metiste. Esta no es la bahía de Massachusetts. En Europa, la gente como tú no dura ni diez minutos cuando pisa el jardín equivocado.

Julian frunció el ceño, y por primera vez una chispa de sospecha crispó las comisuras de sus labios.

—¿De qué mierda estás hablando?

—Hablo de que no vine sola —susurró ella.

Antes de que Julian pudiera apretar la hoja contra la piel de Nora o dar una orden a sus hombres, el aire se fracturó con cuatro chasquidos secos, apagados, casi imperceptibles sobre el rugido del río.

Pffft. Pffft. Pffft. Pffft.

Los cuatro centinelas apostados junto a las furgonetas cayeron al unísono, como muñecos a los que les hubieran cortado los hilos al mismo tiempo. Ninguno gritó; ninguno alcanzó a levantar un fusil. Los proyectiles subsónicos de precisión perforaron los cráneos con una exactitud quirúrgica, desplomando los cuerpos sobre el balasto en un charco de sangre oscura que la nieve comenzó a tragar de inmediato.

Julian reaccionó por puro instinto animal. Soltó el cuchillo, echó mano a la pistola automática que llevaba al cinto y tiró de Nora hacia arriba por el pelo para usarla como escudo humano.

—¡Maldita perra traidora...! —rugió Julian, levantando el cañón hacia el pecho de Valeria.

No llegó a apretar el gatillo.

Valeria ya estaba en movimiento. Se dejó caer de rodillas sobre el suelo de piedra en una fracción de segundo, reduciendo su silueta mientras extraía la pistola suiza de titanio de la sobaquera con un movimiento fluido y letal. Apuntó al hombro derecho de su hermano, evitando la trayectoria de Nora, y disparó dos veces.

El primer disparo atravesó el músculo deltoides de Julian, haciéndole soltar el arma con un aullido de rabia; el segundo le rozó la clavícula, obligándolo a trastabillar hacia atrás y soltar a la abogada, que cayó de costado sobre el hormigón.

En ese instante, el techo de madera podrida del muelle reventó en una lluvia de astillas y cristales rotos.

Una sombra inmensa descendió desde las vigas superiores sujeta a un cable de descenso rápido, aterrizando sobre el andén con un impacto sordo que hizo crujir los tablones.

Damian Valmont se incorporó como una fiera recién desatada.

Vestía ropa táctica completamente negra, sin insignias, con un chaleco ligero cruzado de cargadores y un subfusil compacto en la mano izquierda. No llevaba máscara. Sus ojos ámbar brillaban en la penumbra con una furia tan absoluta, tan desprovista de cualquier atisbo de contención civilizada, que el propio Julian, tirado en el suelo con la mano ensangrentada, abrió la boca paralizado por el terror.

Damian no dudó. Avanzó dos zancadas, pateó el arma caída de Julian hacia la oscuridad del río y le plantó la bota derecha sobre el pecho herido con una fuerza descomunal que le partió dos costillas con un crujido nítido.

Julian soltó un estertor agónico, escupiendo sangre sobre la bota de Damian mientras intentaba respirar bajo la presión de cien kilos de músculo y furia.

—Tú debes de ser Julian —dijo Damian.

Su voz no era humana; era un murmullo cavernoso, helado y cargado de una sed de aniquilación que hizo que el aire alrededor pareciera detenerse. Levantó el subfusil y apoyó la boca del silenciador directamente contra la frente del mafioso de Boston.

Kassian y tres operadores tácticos con visores nocturnos descendieron de inmediato por las escaleras laterales, cortando las bridas de Nora y levantándola del suelo con rapidez profesional para sacarla de la línea de fuego hacia la parte trasera del convoy.

Valeria se puso de pie despacio. Guardó su arma en la funda, sintiendo el corazón galopando contra el chaleco balístico y la adrenalina quemándole las sienes. Caminó hacia el alero, deteniéndose a un metro de Damian.

Julian levantó la vista hacia ella desde el suelo, con los labios manchados de carmesí y una risa rota y desesperada asomando en sus facciones derrotadas.

—¿Este es... tu protector, hermanita? —farfulló Julian, tosiendo sangre—. ¿El gran... Damian Valmont? Papá... va a quemar todo lo que tienes... los Callahan no perdonan...

Damian no le quitó los ojos de encima, pero no apretó el gatillo todavía. Miró de reojo a Valeria, buscando su confirmación, su permiso tácito en medio de la carnicería.

Valeria bajó la mirada hacia su hermano mayor. El monstruo que la había aterrorizado durante su adolescencia, el verdugo de los muelles de Massachusetts, yacía reducido a un montón de huesos rotos bajo la suela del hombre que ella amaba. No sintió lástima. No sintió compasión. Pero tampoco quiso que esa sangre manchara las manos del padre de su hijo frente a sus propios ojos.

—Mátalo en el río, Kassian —dijo Valeria con voz plana, firme e implacable—. No dejes nada que la policía francesa pueda encontrar. Y envíale un mensaje a mi padre con el barco de la mañana: si vuelve a pronunciar mi nombre, yo misma iré a Boston a quemar sus oficinas con él adentro.

Julian abrió los ojos desorbitados por el pánico final mientras Kassian lo levantaba del suelo de un tirón seco por el cuello de la chaqueta, arrastrándolo hacia la oscuridad de las compuertas de la presa.

En el muelle desierto quedaron solo ellos dos, bajo la bombilla oscilante y el viento helado del desfiladero.

Damian soltó el subfusil, dejándolo colgar de su correa táctica. Se giró hacia Valeria y, sin decir una sola palabra, la atrapó por las mejillas con ambas manos enguantadas, atrayéndola hacia su pecho con una desesperación salvaje.

Su respiración era caliente, entrecortada, y sus ojos ámbar barrieron el rostro de ella centímetro a centímetro, comprobando cada rasguño, cada sombra, antes de bajar la mirada hacia su vientre intacto.

—¿Estás bien? —le exigió él en un susurro ronco, con la voz quebrada por un alivio que lo hacía temblar entero—. ¿El bebé está bien?

Valeria apoyó sus manos sobre los hombros anchos de él, sintiendo el calor vivo de su cuerpo a través del chaleco táctico, y asintió despacio con los ojos brillantes.

—Estamos bien, Damian —respondió ella, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa tenue y cansada curvó sus labios—. Los dos estamos bien.

Damian cerró los ojos, hundió el rostro en el cuello de ella y la besó con una devoción feroz, sellando el final de la persecución bajo la lluvia negra de Bellegarde.

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Ada Zulma Lopez
El no la va á dejar salir ni comprar pan😅ella es una estratega EXELENTE invaluable para sus negocios 💛
Ada Zulma Lopez
🙊 Va ser una guerra sin cuartel, van a pelear a capa y espadas, balas 😂si queda alguien vivo a festejar bebé a bordo más casamiento jajaja 😂
Ada Zulma Lopez
Creó que para seguir leyendo necesito una graan dossis de mafia camorra jajaja 😂 🙊 😅
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