Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.
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Capitulo 18: Elegirnos
Después de la conversación con Daniel, pensé que las cosas se sentirían diferentes.
Y lo hicieron.
Pero no de la manera que esperaba.
No había aparecido una sensación mágica que eliminara todos nuestros miedos.
No habíamos despertado convertidos en una pareja perfecta.
Seguíamos teniendo dudas.
Seguíamos siendo nosotros.
La diferencia era que ahora podíamos hablar de ellas.
Daniel me escribió aquella mañana.
Daniel: Tengo una propuesta.
Yo: Eso suena peligroso.
Daniel: Una cita.
Yo: Otra.
Daniel: Esta sería la tercera.
Yo: ¿Llevas la cuenta?
Daniel: Por supuesto.
Yo: ¿Y cuál es la propuesta?
Daniel: Quiero que hagamos algo que nunca hemos hecho juntos.
Yo: ¿Qué?
Daniel: Cocinar.
Me quedé mirando el mensaje.
Yo: Eso ya lo hemos hecho.
Daniel: No. Tú cocinas y yo sobrevivo.
Yo: Es diferente.
Daniel: Exactamente.
Acepté.
Por la tarde llegó a mi casa con una bolsa llena de ingredientes.
—¿Qué vamos a preparar? —pregunté.
—Pasta.
—Eso es sencillo.
—Por eso elegí pasta.
—¿Tienes miedo?
—Tengo memoria.
Me reí.
—¿Qué pasó con tu confianza?
—La dejé en la universidad.
Comenzamos a cocinar.
Durante los primeros minutos todo salió bien.
Demasiado bien.
Daniel cortaba los ingredientes y yo preparaba la salsa.
—¿Ves? —dijo—. Somos buenos trabajando juntos.
—No te emociones.
—Podríamos abrir un restaurante.
—No.
—¿Por qué?
—Porque te comerías las ganancias.
—Eso es una acusación grave.
—Te conozco.
Daniel sonrió.
Entonces ocurrió lo inevitable.
La salsa se quemó.
—Daniel.
—¿Qué?
—¿Por qué dejaste la olla sola?
—Estaba buscando la sal.
—La sal estaba aquí.
—No sabía.
—¡Estaba frente a ti!
—Bueno, ahora sabemos que no debo cocinar solo.
Me reí tanto que tuve que apoyarme en la encimera.
Daniel terminó riéndose también.
—No entiendo por qué esto te parece tan gracioso.
—Porque durante años pensé que eras perfecto.
—¿Pensabas eso?
—Sí.
—Qué mala suerte.
—Ahora sé que eres un desastre.
—Eso es mejor.
—Mucho.
Decidimos empezar de nuevo.
Esta vez, sin abandonar la olla.
La segunda salsa quedó bastante bien.
Comimos sentados en la mesa.
—¿Sabes qué me gusta? —preguntó Daniel.
—¿La pasta?
—Esto.
—¿La pasta?
—No.
Sonrió.
—Que podamos equivocarnos sin pensar que significa que todo está mal.
Dejé el tenedor.
—Eso es nuevo para nosotros.
—Sí.
—Antes cualquier error parecía una señal de que algo estaba roto.
—Porque teníamos miedo de perder lo que teníamos.
—Y ahora?
Daniel tomó mi mano.
—Ahora sé que podemos reparar cosas.
La tarde continuó con una película, pero terminamos hablando más de lo que vimos.
En algún momento, Daniel se quedó mirando la ventana.
—Hay algo que quiero preguntarte.
—Últimamente preguntas mucho.
—Es parte de mi nueva personalidad.
—Adelante.
—¿Cuándo quieres contarle a los demás?
Entendí inmediatamente.
—¿Que estamos juntos?
—Sí.
—No sé.
—No quiero esconderte.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
Pensé unos segundos.
—Que la gente empiece a opinar.
—Lo harán.
—Que quieran saber cuánto llevamos.
—Mentiremos.
—Daniel.
—Era broma.
—No quiero que nuestra relación se convierta en un espectáculo.
—No tiene que hacerlo.
—¿Entonces?
—Podemos contárselo a las personas importantes y dejar que el resto descubra lo que quiera.
Me pareció razonable.
—¿A quién quieres decírselo primero?
—A mi hermana.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿No va a molestarte con preguntas?
—Muchísimas.
—Entonces buena suerte.
Daniel sonrió.
—¿Y tú?
—A mi mejor amiga.
—¿Crees que se sorprenderá?
—Probablemente se reirá de mí.
—¿Por qué?
—Porque lleva años diciéndome que eres tú.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¿Nunca te lo dije?
—No.
—Pues ahora lo sabes.
—¿Y qué más sabe?
—Demasiado.
—Tengo miedo.
—Bienvenido a mi mundo.
Daniel se rio.
Más tarde salimos a caminar.
La noche estaba fresca y las calles casi vacías.
Al llegar a una plaza, nos sentamos en un banco.
—¿Te arrepientes de algo? —preguntó.
—Sí.
—¿De qué?
—De haber pensado tantas veces que era mejor callarme.
—Yo también.
—¿Crees que habríamos sido buenos juntos antes?
Daniel pensó.
—No lo sé.
—¿Por qué?
—Porque éramos otras personas.
—Pero nos queríamos.
—Sí.
—Entonces…
—Quererse no siempre significa saber amar.
La frase me dejó pensando.
—Eso es verdad.
—Tal vez necesitábamos equivocarnos con otras cosas para aprender.
—Suena como si estuvieras justificando nuestros errores.
—No. Solo intento entenderlos.
—Eso me gusta más.
Daniel tomó mi mano.
—Quiero decirte algo.
—¿Qué?
—No quiero que nuestra relación se convierta en una promesa de que nunca nos haremos daño.
—No podemos prometer eso.
—Exacto.
—Pero podemos prometer que no lo haremos a propósito.
Daniel sonrió.
—Eso sí.
—Y podemos prometer hablar antes de rendirnos.
—Eso también.
—Y pedir perdón cuando corresponda.
—Sí.
—Y no usar el pasado como arma.
Daniel apretó mis dedos.
—Eso será difícil.
—Pero necesario.
Se hizo un silencio.
—¿Puedo besarte? —preguntó.
—¿Todavía preguntas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me gusta escucharte decir que sí.
Sonreí.
—Sí.
El beso fue suave.
Después nos quedamos abrazados.
—Hay algo que todavía me preocupa —dije.
—Dime.
—Que algún día nos acostumbremos tanto a estar juntos que dejemos de elegirnos.
Daniel se separó un poco para mirarme.
—Entonces tendremos que seguir eligiéndonos.
—¿Cómo?
—No sé.
—Gran respuesta.
—Estoy pensando.
—Piensa más rápido.
Daniel sonrió.
—Haciendo cosas nuevas.
—¿Como cocinar pasta?
—Exactamente.
—Eso salió mal.
—Pero seguimos juntos.
Me reí.
—Buen argumento.
—También podemos tener días separados.
—Eso no suena romántico.
—Quizá sea necesario.
—¿Por qué?
—Porque quiero que tengas una vida que no dependa de mí.
La frase me recordó todas las veces que habíamos hablado de miedo y dependencia.
—Y yo quiero que tengas una vida que no dependa de mí.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Sí.
Nos levantamos del banco.
Al llegar a la esquina, Daniel se detuvo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Estás pensando.
—Estoy pensando que durante años tuve miedo de perderte.
—Y ahora?
—Ahora tengo miedo de no saber cuidarte.
Lo miré.
—No necesitas hacerlo perfecto.
—Lo sé.
—Solo necesitas estar.
Daniel sonrió.
—Puedo hacer eso.
—Entonces hazlo.
Se acercó y me abrazó.
—Estoy aquí.
Cerré los ojos.
—Yo también.
Cuando llegué a casa, encontré un mensaje de mi mejor amiga.
Amiga: Tenemos que hablar.
Me quedé mirando la pantalla.
Yo: ¿Sobre qué?
La respuesta llegó enseguida.
Amiga: Sobre Daniel.
Sentí que el corazón me daba un pequeño vuelco.
Después llegó otro mensaje.
Amiga: Y antes de que preguntes: sí, ya sé.
Fruncí el ceño.
Yo: ¿Qué sabes?
Pasaron unos segundos.
Amiga: Que finalmente dejaron de ser idiotas.
Me eché a reír.
Pero antes de responder, apareció un último mensaje.
Amiga: Aunque hay algo que deberías saber antes de contarme todo.
Mi sonrisa desapareció.
Yo: ¿Qué cosa?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Y finalmente llegó el mensaje.
Amiga: Hace unos años Daniel me pidió un consejo sobre ti.
Me quedé inmóvil.
No sabía qué podía significar.
Pero después de todo lo que habíamos descubierto, había aprendido algo.
Las cosas que no se dicen también pueden cambiar una historia.
Y esta vez no pensaba dejar que el silencio decidiera por nosotros.