Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 2: Una noticia inesperada
Catalina
Había pasado una semana desde aquella mañana en la que Rubén salió de casa sin siquiera despedirse de mí.
Desde entonces, su comportamiento se había vuelto todavía más extraño.
Llegaba tarde, casi nunca cenaba conmigo y, cuando le preguntaba cómo había estado su día, respondía con monosílabos.
Yo intentaba no pensar demasiado en ello. Me repetía que quizá estaba atravesando una etapa difícil en el trabajo, que necesitaba tiempo y que nuestro matrimonio todavía podía recuperar la tranquilidad de antes.
Pero había momentos en los que mi corazón parecía saber algo que mi mente se negaba a aceptar.
Aquella tarde, mientras preparaba la cena, sentí un fuerte mareo.
Me apoyé en la encimera y cerré los ojos.
—¿Mamá? —escuché decir a Mateo desde la sala—. ¿Te pasa algo?
—Estoy bien, cariño. Solo me siento un poco mareada.
Mi hijo se acercó rápidamente y me abrazó las piernas.
—¿El bebé está enfermo?
Sonreí con ternura y me agaché frente a él.
—No, mi amor. El bebé está bien. Mamá solo necesita descansar un poquito.
Mateo apoyó su pequeña mano sobre mi vientre.
—¿Tú crees que será una niña?
—No lo sé. ¿Qué te gustaría que fuera?
—Una hermanita. Así podré cuidarla.
Lo abracé con fuerza.
—Serás un hermano maravilloso.
En ese momento, el teléfono comenzó a sonar.
Era Rubén.
Me incorporé rápidamente y contesté.
—Hola, amor. ¿Ya vienes para la casa?
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Catalina, necesito hablar contigo.
Su tono me inquietó.
—¿Pasó algo?
—No puedo hablar de esto por teléfono.
—Entonces ven pronto. Preparé tu comida favorita.
Rubén soltó un suspiro.
—No me esperes para cenar.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—¿Estás bien?
—Sí. Nos vemos más tarde.
—Rubén...
Pero ya había colgado.
Me quedé mirando la pantalla.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Papá no viene?
Tragué saliva.
—No, cariño. Tiene mucho trabajo.
Aquella noche cenamos solos.
Y, por primera vez, tuve miedo de que las mentiras que le decía a mi hijo terminaran convirtiéndose en nuestra realidad.
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Rubén
Estaba sentado en mi oficina, frente a una fotografía de Catalina y yo el día de nuestra boda.
Ella llevaba un vestido sencillo y una sonrisa que parecía iluminarlo todo.
Yo la abrazaba por la cintura y le prometía que jamás la haría llorar.
Qué ironía.
Mi teléfono vibró.
Valeria.
—¿Vas a venir? —preguntó en cuanto respondí.
—No puedo quedarme mucho tiempo.
—Siempre dices lo mismo, Rubén.
—Tengo problemas en casa.
—¿Problemas? —rio con sarcasmo—. ¿O es que tu esposa volvió a utilizar el embarazo para retenerte?
Apreté los dientes.
—No hables así de Catalina.
—¿Ahora la defiendes?
Me pasé una mano por el rostro.
—Valeria, no quiero discutir.
—Entonces toma una decisión. Estoy cansada de ser la otra mujer.
Sus palabras me dejaron en silencio.
La verdad era que Valeria ya no estaba dispuesta a esperar.
Y yo tampoco podía seguir viviendo entre dos vidas.
Aunque una de ellas fuera la vida que había construido durante siete años.
—Nos veremos esta noche —dije finalmente.
—Eso espero.
Cuando colgué, observé nuevamente la fotografía de mi boda.
Por un instante, sentí culpa.
Pero la aparté de mi mente.
Me convencí de que Catalina estaría mejor sin mí.
No sabía que, con aquella decisión, estaba a punto de destruir mucho más que un matrimonio.
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Catalina
Rubén llegó a casa cerca de las diez de la noche.
Yo estaba sentada en el sofá, doblando la ropa de Mateo.
—¿Ya cenaste? —pregunté.
—Sí.
No me miró.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se quitó la chaqueta.
—Rubén, tenemos que hablar.
Se detuvo.
—¿Sobre qué?
—Sobre nosotros.
Él soltó una risa amarga.
—Estoy cansado, Catalina.
—Yo también estoy cansada. Pero no por eso dejo de preocuparme por ti.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—¿Qué quieres que te diga?
Me levanté lentamente.
—Quiero que me digas la verdad. ¿Hay alguien más?
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier respuesta.
Rubén desvió la mirada.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Respóndeme —susurré.
—Catalina...
—¿Hay alguien más?
Él cerró los ojos durante unos segundos.
—Sí.
Una sola palabra.
Solo una.
Pero fue suficiente para derrumbar el mundo que había construido a su lado.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Desde cuándo?
—No quiero hacerte daño.
Solté una risa temblorosa.
—¿No quieres hacerme daño? Rubén, acabas de decirme que estás con otra mujer.
—Las cosas entre nosotros ya no eran iguales.
—¿Y eso te dio derecho a engañarme?
—No entiendes lo que siento.
—¡Porque nunca me lo dijiste!
Mi voz se quebró.
Desde la habitación, escuché a Mateo moverse entre las sábanas.
Bajé el tono inmediatamente.
No quería que nuestro hijo nos escuchara.
—¿Quién es ella? —pregunté.
Rubén guardó silencio.
—¿Quién es?
—Se llama Valeria.
Sentí un dolor profundo en el estómago.
—¿La amas?
Él tardó en responder.
—Creo que sí.
Me quedé mirándolo.
El hombre que había compartido mi cama, mis sueños y mis miedos ahora estaba enamorado de otra persona.
—¿Y yo qué soy para ti? —pregunté.
Rubén bajó la cabeza.
—Eres la madre de mi hijo.
Aquellas palabras me destrozaron.
No había dicho mi esposa.
No había dicho la mujer que amo.
Solo la madre de su hijo.
Me abracé el vientre mientras las lágrimas comenzaban a caer.
—Estoy embarazada, Rubén.
Él levantó la mirada.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. No sabes lo que significa despertarme cada día con miedo, pensar en el futuro y creer que todavía tengo una familia. No sabes lo que es sentir que el hombre que juró protegerte ahora está buscando la manera de escapar.
—Catalina...
—¿Qué quieres de mí?
Rubén respiró profundamente.
—Quiero separarme.
El mundo se detuvo.
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Rubén
Cuando pronuncié aquellas palabras, vi cómo Catalina se llevaba una mano al vientre.
Su rostro perdió el color.
Por primera vez, comprendí que no estaba frente a una mujer que simplemente lloraba por una separación.
Estaba frente a la persona a la que acababa de romperle el corazón.
—¿Separarnos? —repitió ella.
Asentí lentamente.
—Creo que es lo mejor.
Catalina me observó como si ya no me reconociera.
—¿Lo mejor para quién, Rubén?
No supe qué responder.
—Quiero ser sincero contigo.
—La sinceridad debiste tenerla antes de acostarte con ella.
Sus palabras me golpearon.
Me quedé callado.
Catalina caminó hasta la ventana y permaneció allí, de espaldas a mí.
—¿Vas a irte con ella?
—Todavía no lo sé.
—Pero quieres hacerlo.
No respondí.
Ella soltó una respiración entrecortada.
—¿Y qué pasará con nuestros hijos?
—Me haré cargo de ellos.
Catalina se giró hacia mí.
—No te estoy preguntando quién pagará las cuentas. Te estoy preguntando quién estará cuando Mateo tenga miedo. Quién llevará a nuestro bebé al médico. Quién me acompañará cuando no pueda dormir porque me duelen los huesos y siento que no puedo más.
Cada palabra me hacía sentir más incómodo.
—Catalina, no quiero abandonarlos.
—Pero sí quieres abandonarme a mí.
Bajé la mirada.
No tenía argumentos.
No tenía excusas.
Solo tenía una decisión que, en aquel momento, creía necesaria.
—Necesito tiempo —murmuré.
Catalina asintió lentamente.
—Entonces vete.
La miré sorprendido.
—¿Qué?
—Vete, Rubén. Si ya no quieres estar aquí, no voy a obligarte.
—No quiero que esto termine así.
Ella sonrió con tristeza.
—Tú decidiste cómo iba a terminar.
Tomé mi chaqueta y caminé hacia la puerta.
Antes de salir, escuché su voz.
—Rubén.
Me detuve.
—¿Sí?
—Algún día vas a recordar esta noche.
No dije nada.
—Y cuando lo hagas, espero que entiendas que yo te amé incluso cuando tú ya habías dejado de hacerlo.
Salí de la casa sin mirar atrás.
No sabía que aquellas palabras me perseguirían durante años.
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Catalina
Cuando escuché la puerta cerrarse, sentí que mi matrimonio había terminado de verdad.
Me senté en el sofá y lloré en silencio.
Desde el pasillo apareció Mateo, abrazando su pequeño oso de peluche.
—Mamá... ¿papá se fue?
Me limpié las lágrimas rápidamente.
—Ven aquí, mi amor.
Mi hijo se sentó sobre mis piernas.
—¿Papá está bravo contigo?
Lo abracé con todas mis fuerzas.
—No, cariño.
—¿Va a volver mañana?
Miré hacia la puerta.
Después, bajé los ojos hacia mi vientre.
—No lo sé, mi vida.
Mateo se quedó callado.
Yo también.
Esa noche, mientras mi hijo dormía abrazado a mí, comprendí que mi vida acababa de cambiar para siempre.
Y, sin saberlo, llevaba en mi vientre la única esperanza que me ayudaría a levantarme del suelo.
Mi bebé estaba por llegar.
Y yo tendría que aprender a ser fuerte, incluso con el corazón hecho pedazos.
🙊a hora cual será el misterio