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Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amor-odio
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Guadalupe Garza

Trilogía: Pecados de Élite

Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.

Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.

El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.

Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.

Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.

¿Qué podría salir mal?

NovelToon tiene autorización de Guadalupe Garza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 11: La calma frágil del hospital

Victoria Morgan.

Mis ojos se mantenían fijos en la camilla metálica frente a mí. Sobre el colchón blanco, cubierto por una bata de paciente demasiado pulcra para el caos que guardaba dentro, descansaba Dante, sumido en un sueño profundo inducido por los analgésicos. Lo miraba respirar de forma pausada y, como si necesitara repetírmelo a mí misma para creérmelo, me susurré en el silencio de mi mente que lo amaba con todas mis fuerzas. Él tenía que ser el futuro que necesitaba, el hombre indiscutible de mi vida. Tenía que ser él, y absolutamente nadie más. No importaba lo que hubiera pasado en el camino, no importaba quién se opusiera, quién intentara intervenir o qué sombras se cernieran sobre nosotros, él era mío y yo era de él. Y nadie iba a romper con esta relación. Nada lo había hecho antes, nada lo haría ahora, y menos un idiota arrogante como su hermano Alec, que se creía con el derecho divino de decidir sobre la vida de los demás solo porque estaba acostumbrado a que todo el mundo le dijera que sí.....

Mi futuro llevaba escrito a fuego el nombre de Dante Cross, y nada en este maldito mundo iba a cambiar eso. Aunque tuviera que tragarme mis propias dudas, aunque tuviera que asegurarme de que jamás volviera a repetirse lo que había pasado en el pasado con sus antiguos tropiezos, nuestras discusiones bizarras o los abismos en los que a veces caíamos. Éramos una pareja estable, una relación normal de militares que peleaba, se desgastaba y luego se arreglaba con la promesa de empezar de nuevo. Nos amábamos con una intensidad feroz, este amor había superado lo inimaginable, así que podía superar esto también. Tenía que poder. El estúpido desliz que había cometido con su hermano, esos besos intensos que me habían quemado los labios y la conciencia, jamás saldría a la luz. No se lo diría a nadie. No necesitaba que los hermanos Cross se mataran entre sí, ni que mi mundo terminara de volar en pedazos. Podría enterrar esos recuerdos, fingir demencia ante unos simples besos robados en la penumbra, y todo volvería a estar en orden.

Lo vi removerse levemente sobre las sábanas blancas, frunciendo el ceño por una molestia sorda. Me puse de pie al instante, me acerqué a la camilla y le tomé la mano con suavidad, regalándole una sonrisa cálida en cuanto abrió los ojos y me miró con esa mezcla de vulnerabilidad y afecto que tanto conocía.

—Tranquilo, no te muevas brusco... Voy a avisarle al médico de guardia que ya despertaste —le susurré con voz suave, antes de dar media vuelta y salir al pasillo pulcro y frío del hospital militar.

El doctor no tardó en llegar. Entró con la tableta en la mano, revisó los monitores, evaluó las suturas y nos dedicó una sonrisa profesional y tranquilizadora. Yo no solté su mano ni un solo segundo, mis dedos estaban entrelazados con los suyos con una fuerza casi posesiva, como si temer que, al soltarlo, la realidad terminara por arrebatármelo.

—Te estás recuperando a un ritmo impresionante, Capitán. Si sigues así de bien, en unos pocos días podrás recibir el alta y volver a casa para terminar la convalecencia —nos informó el especialista, antes de retirarse.

—Gracias, doctor —le respondió Dante con una voz todavía áspera por el desuso.

Sabía perfectamente cuánto odiaba Dante los hospitales; el olor a antis3ptico, el zumbido constante de los equipos y la sensación de encierro lo ponían al borde de la furia contenida. Por esa misma razón, me había jurado a mí misma no separarme de su lado ni un solo minuto. Lo había ayudado a comer con paciencia, me había asegurado de que cumpliera al pie de la letra con los horarios de los medicamentos, y lo había mantenido con la mente ocupada para alejar sus demonios.

Sin embargo, en cuanto la puerta se cerró tras el médico y volvimos a quedarnos solos, Dante me miró fijamente con una intensidad extraña, impropia de alguien que apenas se recuperaba de una lesión.

—Deberíamos largarnos de aquí, Victoria —soltó de repente, interrumpiendo el silencio con una urgencia que me sacudi0 por completo.

Fruncí el ceño, ladeando la cabeza con desconcierto.

—¿Irnos? ¿A dónde, Dante? Apenas te estás recuperando —pregunté, alzando una ceja mientras procesaba sus palabras.

—Sí, irnos de verdad. Salir de Washington, solicitar un traslado inmediato a cualquier otra base en el extranjero, o mejor aún... dejar bajo llave las placas, renunciar a esta vida de mierda y largarnos a vivir a un paraíso remoto donde solo existamos tú y yo —insistió, apretándome la mano con fuerza desesperada.

Su propuesta me dejó sin aliento. Me sorprendió sobremanera, viniendo de un hombre tan arraigado al servicio, al apellido y al deber militar como él. Además, durante años me había repetido hasta el cansancio que lo primero que haría antes de pedirme un paso así de radical sería casarse conmigo como Dios manda.

—Estás completamente loco, amor —le dije con una sonrisa incredula, intentando restarle dramatismo al asunto —primero tienes que sanar por completo, y no podemos simplemente abandonar la base y desertar de la noche a la mañana. Este lugar es nuestra vida, aquí crecí, aquí lo hicieron mis padres, aquí esta mi hermano, mi sobrina y el bebé que viene en camino... No puedes pedirme que borre todo eso de un plumazo.

Dante soltó un suspiro pesado, apartando la mirada hacia la ventana, donde el cielo gris de Washington parecía presagiar tormenta.

—Lo sé, Victoria. Lo sé perfectamente... pero por una maldita vez en la vida, desearía que pudieras ver más allá de la base, de las insignias, de las expectativas de tu familia —me replicó con un tono de voz inusualmente suave, casi suplicante —quiero que pienses primero en nosotros dos, en nuestro futuro, en lo que podríamos construir lejos de tanta presión, cariño.

Me incliné hacia él, sintiendo una punzada de genuina ternura mezclada con culpa en el pecho. Deje un beso tierno y prolongado sobre sus labios resecos.

—Te amo, Dante. De verdad lo hago... Pero quiero hacer las cosas bien. Es una promesa solemne que le hice a mis padres en vida, y ahora que ya no están, necesito honrarla como se debe, quiero casarme de blanco, entrar a una iglesia del brazo de quienes me quedan, y hacerlo con el hombre que amo, sin huir de nada ni de nadie —le confesé con sinceridad absoluta, acariciándole la mejilla con la yema de los dedos.

Dante me miró fijamente durante unos segundos eternos, como si intentara descifrar cada pensamiento oculto detrás de mis ojos verdes, antes de rendirse con una media sonrisa nostálgica.

—Yo también te amo con locura, mi vida... Más de lo que imaginas —me susurró, atrayéndome hacia su pecho con cuidado.

Y en ese preciso instante, envuelta en su abrazo dentro de las paredes blancas de la habitación del hospital, por fin sentí que las piezas de nuestra relación volvían a encajar. Me invadió una extraña y reconfortante sensación de paz... una tregua donde no había hermanos amenazantes, ni secretos oscuros, ni misiones inminentes. Por unos minutos, me permitió creer ingenuamente que el control de nuestra vida y de nuestro futuro seguía exactamente donde debía estar, quieto, seguro y en paz.

No tenía la menor idea de cuán dolorosamente equivocada estaba, ni de que el destino ya tenía preparado un huracán llamado Salvatore Varone y un coronel llamado Alec Cross para destruir por completo esa frágil ilusión.

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Estefanny Castro
me encanta la novela me gustaría que subieras más capitulos o que hicieras un maratón
Estefanny Castro: cuál es el nombre de la otra plataforma para leer las historias que has hecho
total 3 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Alec estás jugando con fuego y te vas a quemar 🔥
Guadalupe Garza: yo diría que los dos 🤭
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Peligroso muy peligroso 🔥
Nairobis Cardozo Portillo
Dios mío ésto está que arde🔥
Guadalupe Garza: Y lo que falta
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Excelente comienzo
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