Aranza Manrique, una brillante licenciada en economía y finanzas de 40 años, vive atrapada en una jaula de oro. Atada desde los veinte años a un matrimonio por conveniencia dictado por sus padres, soporta la tiranía, las humillaciones y el maltrato físico de su esposo, Fausto Carvajal. Aunque Fausto aparenta ser un empresario exitoso, su imperio se sostiene con dinero sucio y conexiones de baja categoría, dependiendo de la enorme influencia y el peso económico de la empresa de Aranza. Bajo un acuerdo legal draconiano, un divorcio mal manejado les costaría el treinta por ciento de las acciones, manteniendo a Aranza prisionera por el bienestar financiero y el control empresarial.
Tras una década de dormir en camas separadas, un encuentro fortuito en un bar exclusivo exclusivo de la élite cambia el destino de Aranza para siempre. Allí conoce a Luis Carlos Altamirano, un magnate de la tecnología de 27 años,
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CENIZAS DE UNA ADVERTENCIA
El motor del taxi avanzaba devorando las calles húmedas de la ciudad. Aranza miraba a través de la ventanilla, con el reflejo de las luces de neón difuminándose al compás de los latidos acelerados de su corazón. La sensación del cuerpo de Luis Carlos pegado al suyo, la firmeza de su postura y el eco de su voz ronca resonando en su cabeza eran un torbellino que amenazaba con arrasar con la compostura que tanto le había costado construir durante veinte años de matrimonio infeliz. Al llegar a su casa, abrió la puerta con sigilo; la mansión estaba sumida en un silencio sepulcral y oscuro. Fausto no había regresado, probablemente ocupado en sus reuniones de baja categoría y en los enredos del lavado de dinero que mantenían a flote su falsa opulencia. Aranza subió a su habitación, se quitó los tacones con alivio y se dejó caer en la orilla de su cama, mirando al vacío mientras intentaba calmar el fuego que aún sentía recorriéndole las venas.
Al día siguiente, a pesar de la corta y agitada noche, Aranza cumplió con su rutina matutina. El desayuno transcurrió con la misma tensión de siempre, aunque Fausto ni siquiera apareció en la mesa, habiendo salido temprano hacia sus negocios turbios. Ella dejó a sus hijos en sus respectivas instituciones y se dirigió a su torre corporativa. Sin embargo, su mente no estaba en los balances financieros ni en las proyecciones económicas del trimestre. Necesitaba hablar con alguien que comprendiera la magnitud del peligro en el que acababa de meterse.
A mitad de la tarde, Aranza decidió hacer una llamada urgente a sus dos confidentes de toda la vida. Citó a Luz Marina y a Ana Fernanda en un salón de té privado y discreto, frecuentado únicamente por mujeres de la alta sociedad que buscaban un refugio lejos de los chismes de la élite.
Minutos después de las cuatro, Luz Marina y Ana Fernanda hicieron su entrada al reservado del salón. Ambas vestían trajes de diseñador impecables; Luz Marina con un conjunto sastre en tono marfil que resaltaba su elegancia y Ana Fernanda con un vestido de corte clásico en color vino tinto. Al ver la expresión seria y pensativa en el rostro de Aranza, tomaron asiento con rapidez.
—Por Dios Aranza, nos dejaste anoche con la palabra en la boca y una cara de terror que no te pegaba para nada —exclamó Luz Marina de inmediato, cruzándose de brazos mientras la observaba con fijeza—. ¿Se puede saber qué demonios pasó en la pista de baile con el hijo de los Altamirano?
Aranza dio un sorbo lento a su infusión de manzanilla, intentando ordenar las palabras antes de confesar lo ocurrido. Sus ojos marrones se encontraron con las miradas expectantes de sus amigas.
—Pasó lo que advertí que pasaría chicas... perdí el control por un segundo —admitió Aranza con voz baja, inclinándose hacia adelante en la mesa—. Cuando fuimos a la pista de baile, Luis Carlos se comportó con una seguridad abrumadora. Me arrastró a su ritmo y de un momento a otro, me dio la vuelta. Quedé de espaldas a él y... sentí su cuerpo por completo. Estaba totalmente erecto, pegado a mí sin ningún remordimiento.
Ana Fernanda abrió los ojos con asombro, soltando una exclamación ahogada antes de cubrirse la boca con la mano.
—¿Me estás diciendo que el muchacho te acorraló de esa manera en medio de un bar lleno de la élite? ¿Y tú qué hiciste, Aranza? No me digas que te quedaste callada.
—¡Claro que no me quedé callada! —respondió Aranza con una mezcla de orgullo y frustración, moviendo las manos con nerviosismo—. Me dio tanta rabia que me sacudiera de esa forma que me giré y le solté un comentario ácido. Pensé que con eso lo iba a avergonzar y se alejaría de inmediato.
Luz Marina soltó una carcajada seca, negando con la cabeza mientras se acomodaba el cabello.
—¿Estás loca, Aranza? ¿Desafiada y con un comentario de ese calibre a un hombre como Luis Carlos? ¿No sabes la clase de fama que se carga en privado? Ese muchacho no conoce la vergüenza, solo conoce la obsesión.
—Y créeme que mi comentario no hizo más que avivar la bestia —prosiguió Aranza, con un escalofrío recorriéndole la espalda al recordarlo—. Su respuesta fue mirarme con una sonrisa de depredador y decirme en el oído: "No, mi señora bonita... eso no es ninguna eyaculación precoz, eso es lo que me haces sentir siempre, y ahora que te tengo cerca me vuelves loca". En ese momento sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me asusté tanto que salí huyendo del lugar sin despedirme de nadie.
Ana Fernanda respiró hondo, apoyando los codos sobre la mesa y mirando a su amiga con profunda preocupación.
—Aranza, amiga mía, estás jugando con fuego puro. Ya conoces los antecedentes de la familia Altamirano y sabes perfectamente que Fausto es un animal peligroso, un hombre metido con mafias de baja categoría que no dudará en matar a quien sea si llega a enterarse de que otro hombre te está poniendo los ojos encima, y mucho menos si se trata del heredero de un imperio industrial.
—Lo sé, Ana Fernanda, lo sé perfectamente —respondió Aranza con un susurro amargo, apretando la taza de té entre sus manos—. Por eso decidí que esa noche sería la última vez que le dirigía la palabra a ese muchacho. No puedo arruinar la estabilidad de mis hijos, ni arriesgarme a que Fausto descubra algo que desate una masacre. Mi vida ya es bastante infeliz con el matrimonio por conveniencia que firmé a los veinte años, soportando sus humillaciones y sus golpes ocultos en los brazos, como para sumarle una guerra con la mafia y los Altamirano.
Luz Marina se inclinó hacia adelante, tomando la mano de Aranza con afecto pero con firmeza.
—El problema, querida Aranza, es que tú puedes decidir poner distancia, pero dudo mucho que Luis Carlos esté dispuesto a soltar la presa. Mi hijo Mariano me ha comentado que cuando ese chico se fija un objetivo, no hay fuerza humana que lo detenga. Te ha puesto en su mira, y los hombres como él consiguen siempre lo que quieren, cuésteles lo que les cueste.
—Pues tendrá que chocar contra un muro de concreto, porque yo no voy a arriesgar mi vida ni la de Fabio y Fabiola por un capricho de juventud —sentenció Aranza con firmeza, levantando el mentón y recuperando esa postura de acero que la caracterizaba en su empresa—. Pondré una muralla infranqueable entre él y yo.
Lo que Aranza ignoraba en ese preciso instante, mientras conversaba con sus amigas en la intimidad del salón de té, es que Luis Carlos ya había puesto en marcha una maquinaria implacable. Para el joven heredero, la huida de Aranza no había sido un rechazo definitivo, sino el inicio oficial de una cacería sin tregua donde cada regla estaba destinada a romperse, y donde el destino de Fausto Carvajal ya estaba trágicamente sellado.