Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 14
Al día siguiente, Gala fue a la universidad con una sonrisa que no podía ocultar. Gracias a su intervención en la reunión de los Ricci, había recibido varias solicitudes para ser coordinadora y traductora en eventos ejecutivos. Su nombre comenzaba a circular en los círculos correctos. Su reputación crecía. Y por primera vez en mucho tiempo, sentía que el futuro le pertenecía.
Pero al llegar a la entrada del campus, vio a Helen esperándola con cara de pocos amigos. Y pronto supo la razón.
—Gala, esa serpiente de Elia está en la universidad —dijo Helen, señalando con la cabeza hacia las puertas del salón—. La muy desgraciada te ha buscado varias veces en clases.
Gala miró hacia donde Helen señalaba. Y ahí estaba.
Elia Ponce, con su sonrisa dulce y su vestido impecable, repartía capuchinos a todos los que se acercaban mientras preguntaba por Gala. A su lado, como siempre, estaba May Vásquez, su mejor amiga y secuaz, una joven altiva que siempre creía defender lo justo pero nunca estaba del lado correcto.
—Hola, compañero, toma un capuchino —decía Elia a quien se quedara más de dos segundos con ella—. ¿Viste a Gala Ponce? Es mi hermana. Se fue de casa y no ha vuelto. Mi familia está muy preocupada.
Gala sintió que la sangre le hervía. Siempre el mismo truco. La dulce Elia, la víctima. Y Gala, la hija rebelde, la que causaba problemas, la que no sabía apreciar lo que tenía.
—Elia, amiga, esa hermana tuya es una desconsiderada —dijo May, con su tono altivo de siempre—. Es una irresponsable. Te molesta tanto y se olvida de su familia, y tú vienes a buscarla.
Los compañeros de Gala miraban a Elia con confusión. Algunos con compasión. Otros con curiosidad.
Elia no tenía intención de que le creyeran en ese instante. Pero dejar la semilla de la duda ya era suficiente.
—May, no digas eso —susurró Elia, tan alto que todos escucharon—. Mi hermana... ella se crió en un orfanato. No sabe de las reglas de las familias. Solo espero que no se meta en problemas.
Gala apretó los puños. Esa serpiente no pararía hasta que todo el mundo creyera que era una persona irracional, sin sentido común, una salvaje que no merecía el apellido Ponce.
Cuando Elia se alistaba para hablar del tema de siempre —de cómo Gala andaba con hombres de dudosa reputación, de cómo se había ido de casa sin decir nada—, Gala se acercó a ella con la tranquilidad de quien sabe bien lo que quiere y la furia de dos vidas arrasadas por la misma persona.
—Elia, ¿qué haces aquí? —dijo, mirándola fijamente.
Elia parpadeó, sorprendida por el tono. Pero se recuperó rápido.
—Gala, hermana, estábamos tan preocupados. ¿Dónde has estado? Te fuiste de casa tan de repente. ¿Con quién te quedas?
—Mira a tu hermana, Elia —intervino May, mirando a Gala con desdén—. Después de la vergüenza que le hace pasar a tu familia, tiene la cara dura de estar enojada.
Gala dio un paso hacia Elia. Elia retrocedió otro. Nunca la había visto tan confrontativa.
—¿No sabes dónde vivo? —preguntó Gala, su voz gélida—. Esa familia tan preocupada, ¿no cree que no sepa que vivo en la residencia de estudiantes? En el bloque femenino. ¿O acaso estás insinuando que ando en malos pasos?
Elia se estremeció levemente. Pero no perdería. Era una experta en este juego.
—Hermana, ¿cómo no sabíamos nada? Realmente te fuiste sin decir ni una palabra... —dijo, casi derramando lágrimas.
—Elia, no me llames hermana —la interrumpió Gala, su voz cortante como un cuchillo—. No lo somos. Tú eres la hija adoptiva de los Ponce y yo soy la verdadera heredera. Así que no somos familia. No nos criamos juntas. No vivimos juntas. Y no nos agradamos. Así que deja de decirle a la gente que soy una mala hija.
A Elia se le borró la sonrisa. Era la primera vez que Gala dejaba en claro su posición en la familia Ponce. La primera vez que la llamaba abiertamente una hija adoptiva. La primera vez que la enfrentaba sin miedo.
May se enfureció. Claro que se pondría del lado de su amiga, con quien se conocían desde niñas.
—Oye, huérfana, ¿de qué hablas? —dijo May, altanera—. La que sale sobrando eres tú. Elia siempre fue la hija querida de los Ponce. Fue criada para ser una heredera. En cambio tú, ¿qué valor tienes?
Varios estudiantes se miraron entre sí. No para juzgar a Gala, sino para entender qué rayos pasaba.
—May, hace dos años que te conozco y lo único que sabes decir es "huérfana" aquí, "huérfana" allá —dijo Gala, con una leve sonrisa—. Pero... ¿sabías que mis padres biológicos sacaron a Elia de un orfanato? O sea que Elia antes era una... ¿huérfana?
Esas palabras pusieron a Elia nerviosa. Gala le había tocado el punto más sensible: el hecho de que Elia, en realidad, era la que no tenía padres. Y Gala sí. Solo que había estado perdida.
—Gala, basta —dijo Elia, tratando de recuperar el control—. Vine porque estoy preocupada. Te vi la otra vez con esos hombres del bar... y... no pienso mal de ti, pero la gente va a creer cosas que no son.
Gala ya no la soportaba más.
Se acercó y la sujetó del cabello. Un movimiento tan fluido y directo que Elia no tuvo tiempo de reaccionar. Y su mano se levantó.
Plaf. —¿Qué hombres?
Plaf. —¿Qué bar?
Plaf. —¿Qué huérfana?
Plaf. —¿Qué malagradecida?
Cuatro bofetadas. Rápidas. Precisas. Contundentes.
El silencio que siguió fue absoluto. Todos en el pasillo se quedaron paralizados. Elia tenía las mejillas tan hinchadas que parecían cachetes de cerdo. Sus ojos, llenos de lágrimas, miraban a Gala con una mezcla de shock y furia.
Gala la sujetó por el cabello y la obligó a mirarla directamente a los ojos.
—Escucha —dijo, su voz baja pero letal—. No te soporto. Ni a ti, ni a tus hermanos abusivos, y menos a esos padres hipócritas que me tocaron. Y la próxima vez que te vea cerca de mi aula, te voy a golpear con tanta fuerza que van a llamar a una ambulancia para sacarte de aquí.
La soltó, empujándola sobre May.
May, furiosa, quiso alcanzar a Gala. Pero una mano refinada pero firme la tomó de los cabellos.
Eliana había llegado.
Y prácticamente trapeó el piso con May, quien arrastró de paso a Elia, y ambas cayeron al suelo como dos sacos de papas.
—¿Qué crees que estás haciendo, idiota? —dijo Eliana, con su voz cortante—. ¿Atacando a mi amiga?
May intentó levantarse, pero Eliana la empujó de nuevo.
—Ni se te ocurra —siseó—. O te juro que te arranco el cabello mechón por mechón.
Helen se acercó, con el celular en la mano, grabando todo.
—No se preocupen —dijo, con una sonrisa satisfecha—. Estoy capturando cada palabra. Cada gesto. Como testimonio de la forma absurda en la que estas dos desprestigian a Gala.
Elia, desde el suelo, con las mejillas rojas y los ojos llorosos, miró a Gala con odio.
—Esto no se queda así —susurró.
—No, no se queda así —respondió Gala, mirándola con desdén—. Se queda mucho mejor. Porque por primera vez en mi vida, no soy yo la que está en el suelo.
Se giró y se alejó, con Helen y Eliana a su lado.
El pasillo quedó en silencio. Los estudiantes, testigos de la escena, se dispersaron lentamente. Algunos con una nueva perspectiva de Gala. Otros con preguntas. Y Elia, todavía en el suelo, con May a su lado, apretaba los puños con una furia que no podía expresar.
Porque por primera vez, Gala Ponce le había plantado cara.
Y había ganado.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia