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TE AGUANTAS, CUCARACHO… ESTA SEÑORITA SE VENGARÁ

TE AGUANTAS, CUCARACHO… ESTA SEÑORITA SE VENGARÁ

Status: Terminada
Genre:Venganza / Reencarnación / Completas
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En su vida pasada, Guadalupe "Lupe" Santos lo perdió todo: su padre envenenado, el rancho robado, y ella misma muerta a manos de quien creía su protector. Jesús "Chuy" Treviño, el capataz, no solo usurpó el poder: hace veintidós años, intercambió en secreto al verdadero heredero por su propio hijo, para que algún día todo fuera suyo. Lupe muere sin saberlo.

Pero despierta. Vuelve a tener 22 años, justo cuando todo empezó a desmoronarse. Esta vez recuerda cada traición y también el secreto que nadie descubrió: el hijo de su tía no es suyo, sino de la mujer que Chuy usurpó su lugar. Con la verdad en sus manos y el apoyo de Santiago "Santi" Ríos —el único que murió leal a su lado—, Lupe desmantelará cada mentira, recuperará lo que es suyo y revelará el cambiazo antes de que la historia se repita.

"Me quitaste todo en la vida pasada. Pero esta vez… te aguantas, Cucaracho. Esta señorita no solo se venga. Viene a corregir lo que rompi

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El látigo y la advertencia

A la mañana siguiente, el sol subió despacio, como si dudara en iluminar un día que sabía que no sería tranquilo. El aire olía a tierra seca y alfalfa recién cortada, pero había algo más en el ambiente: una tensión espesa, silenciosa, como antes de la tormenta. Me puse las botas de montar, el pantalón de mezclilla resistente y una camisa de algodón que me dejara mover con libertad. Antes de salir de la casa, mis ojos se posaron en la pared del pasillo, donde colgaba el látigo de mi abuelo. De cuero oscuro, curtido por décadas de uso, con el mango desgastado en la forma exacta de una mano que lo había sostenido miles de veces. No era un arma. Era un recuerdo. Una extensión de la voz de quien ya no estaba aquí para defendernos. Lo tomé. Pesó en mi mano, pero no como una carga, sino como una promesa silenciosa.

Salí al porche. El sol apenas empezaba a calentar las tablas de madera cuando crucé hacia los corrales. Caminé despacio, sin prisa, con la espalda recta y la mirada al frente. No necesitaba caminar rápido para demostrar que no tenía miedo. Al llegar al último corral, lo vi. Chuy estaba recostado contra un poste de madera, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que mezclaba impaciencia y burla. No estaba trabajando. Estaba esperándome. Como si supiera exactamente a qué hora abriría yo esa puerta. Como si hubiera estado ahí desde antes de que saliera el sol, ensayando cada palabra que iba a decirme.

—Buenos días —dijo, con esa voz suave y venenosa que usaba cuando quería hacer sentir su poder sin levantar la voz—. Qué imponente se ve usted hoy con ese látigo en la mano. ¿Practicando para usarlo contra alguien?

Me detuve a unos tres pasos de él. No más cerca. No más lejos. Lo miré directamente a los ojos y hablé con calma:

—Solo salgo a montar. Y tú estás en mi camino. ¿Vas a moverte o piensas quedarte ahí todo el día bloqueando la puerta como un perro que cuida algo que no es suyo?

Su sonrisa se tensó en las comisuras. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, bajando la voz para que nadie más escuchara:

—No te confundas, muchacha. Lo de ayer… esa cachetada que te crees tan lista por haber dado… eso no te hizo más fuerte. Solo te hizo más peligrosa para ti misma. Y aquí, en este rancho, lo peligroso se elimina antes de que cause daño. Te lo digo una sola vez y como amigo: retírate. Vuelve a la casa. Deja que los hombres arreglemos los asuntos de aquí. Sigue metiéndote donde no te llaman y vas a terminar muy mal. Y no querrás ver de qué soy capaz cuando alguien me empuja al límite.

Lo escuché en silencio. No interrumpí. No fruncí el ceño. Simplemente esperé a que terminara. Cuando cAlló, di un paso hacia él. Luego otro. Hasta que estuvimos tan cerca que podía ver cómo se le aceleraba la respiración, cómo sus ojos se abrían levemente, sorprendidos de que no retrocediera. Levanté el látigo. No hacia él. Hacia abajo, contra la tierra seca entre sus pies.

¡CRACK! 💥

El sonido estalló seco y rotundo, partiendo el aire como un trueno pequeño pero inconfundible. El polvo se levantó en una pequeña nube a sus pies. Él dio un respingo hacia atrás, sacudió el pantalón con brusquedad y me miró con los ojos entrecerrados, sorprendido y furioso a la vez.

—¿Estás loca?! —soltó, con la voz quebrada por la sorpresa—. ¡Pudiste haberme dado en los pies! ¡Casi me golpeas, maldita sea!

—No te di —dije con tranquilidad absoluta—. Y no te voy a dar. Pero la próxima vez que me amenaces, que me bloquees el paso o que creas que puedes asustarme con tus palabras bonitas… el próximo golpe caerá donde yo decida.

—¿Me estás amenazando a mí? —escupió, señalándose el pecho con el dedo—. ¿A mí? ¿Sabes quién soy? ¿Sabes lo que te podría hacer por esto que acabas de hacer?

—Sé exactamente quién eres —respondí, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Eres el hombre que necesita asustar a una mujer para sentirse poderoso. Eres el hombre que habla de respeto pero no respeta nada que no pueda controlar. Y ahora respóndeme tú: ¿me estás escuchando por miedo al látigo… o simplemente por fin me estás escuchando porque sabes que tengo razón?

Se quedó callado. Sus manos se cerraron en puños a los costados. La mandíbula le tembló. Por primera vez en todos estos años, no tenía una respuesta lista. No tenía un grito que silenciara la verdad. Los dos supimos, en ese silencio que se alargó unos segundos eternos, que la balanza acababa de cambiar de lado. Que él ya no era el dueño de las reglas del juego.

—Cuidado, Lupe —dijo finalmente, bajito, casi un susurro que se perdió con el viento—. El látigo puede romperse. Y la mano que lo sostiene… puede romperse con él. No te confíes. No todos los golpes se ven venir.

—Entonces no me des motivos para usarlo —dije, y di media vuelta—. Quítate de mi camino, Chuy. Tengo caballos que atender. Y tú… tienes trabajo que hacer. Que tengas un buen día.

Caminé hacia mi caballo, monté sin mirar atrás, y salí del corral sintiendo su mirada clavada en mi espalda como una aguja. No me importó. Sabía que me odiaba más que nunca. Sabía que desde ese momento no descansaría hasta verme caer. Pero también sabía algo que él todavía no entendía: no necesito que me tema para ganar. Solo necesito que sepa que ya no me rindo. Y con esa certeza galopé hacia el campo abierto, con el viento en la cara y el látigo en la mano, sabiendo que esta era solo la primera de muchas mañanas en las que tendría que recordarle quién manda aquí.

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Noelia Elizabeth Barrera
Muy bueno el primer capítulo 💖
EspirituCreativo: 🥰Gracias lectora espero te gusten los siguientes
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Mara
Me encantó más capitulos por favor 👏👏💐💐
EspirituCreativo: Gracias lectora
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