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Los Sellos Que Cruzan Universos

Los Sellos Que Cruzan Universos

Status: Terminada
Genre:Fantasía LGBT / Aventura / Superpoder / Completas
Popularitas:330
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.

Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es

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CAPÍTULO 7: Los sótanos que guardaban sonrisas

El cielo seguía gris cuando salieron de la cueva, antes de que el sol se asomara siquiera por el horizonte. Caminaron en silencio, pegados a las sombras de los muros, con los pasos cubiertos por el viento que arrastraba hojas secas por las calles vacías. La ciudad aún dormía, pero no era un sueño tranquilo. Era el sueño ligero de quien espera que algo malo pase en cualquier momento.

Llegaron a la muralla norte cuando las primeras luces tenues empezaron a teñir el cielo de gris más claro. Allí, medio derrumbada entre la maleza, estaba la estatua rota del guardián que les había mencionado Rin. Solo quedaba la mitad inferior, de piedra gastada por el tiempo y el descuido.

El otro Seo se acercó despacio, revisando que no hubiera soldados cerca. Luego pasó la mano por detrás de la base de la estatua y sintió un hueco en la piedra. Empujó con fuerza. La roca crujió y se movió un poco, dejando ver una abertura oscura, apenas lo suficientemente grande para pasar uno a uno agachados.

—Es el pasaje —dijo en voz baja, mirando a los demás—. Entramos en fila. No hagáis ruido. No encendáis las linternas hasta que estemos dentro del todo.

Min pasó el segundo, justo detrás del otro Seo. El aire que salía de la abertura olía a humedad, a polvo viejo y a algo que le resultó extrañamente familiar, como el olor de los pasillos de su instituto cuando llovía. Se agachó y entró, sintiendo cómo la piedra fría le rozaba la espalda. El pasaje era estrecho, inclinado hacia abajo, y las paredes estaban húmedas al tacto.

Caminaron así unos minutos, a ciegas, guiándose solo por el roce de las manos en las paredes y el sonido de la respiración del que iba delante. Cuando el pasaje se ensanchó por fin, el otro Seo dio la orden de encender las linternas.

La luz pequeña iluminó una sala grande, de techos altos, llena de objetos que no esperaban encontrar.

Pupitres de madera viejos y rotos, amontonados en una esquina. Una pizarra colgada de la pared, con restos de tiza blanca que aún se alcanzaba a ver. Libros desgastados por el agua, tirados por el suelo. Un tablero de baloncesto roto, apoyado contra una columna.

—Esto es… —empezó el otro Seo, con la voz extrañada—. Esto es lo que quedaba del antiguo instituto. Lo derribaron para construir el palacio encima. Pensé que lo habían tirado todo.

Min se acercó despacio a uno de los pupitres. Había algo escrito en la madera, rayado con un cuchillo o una piedra: *M + S*, con un corazón pequeño al lado. Las letras estaban desgastadas, pero aún se veían claras. Sintió un cosquilleo en el pecho, como si alguien le hubiera susurrado una palabra conocida al oído.

—Esto es de ellos —dijo bajito, sin poder apartar la vista de las letras—. De este Min y este Seo.

Su Seo se acercó a su lado, iluminando con su linterna un rincón donde había una caja de metal oxidada. La abrió con cuidado. Dentro había cuadernos viejos, con las tapas mojadas y las páginas pegadas, y una foto pequeña, borrosa por el tiempo. Min la cogió entre los dedos con cuidado.

En la foto había dos chicos, uno con la sonrisa grande y un moretón en la frente, el otro con la mano en el hombro del primero, fingiendo estar serio pero con un rastro de sonrisa en los labios. Eran ellos. Eran las versiones de este mundo, mucho más jóvenes, antes de los Sellos, antes del poder, antes de todo.

—Se veían felices —susurró su Seo, al lado de él.

Min asintió. Tenía un nudo en la garganta. Aquellos dos chicos no sabían lo que les esperaba. No sabían que el poder que buscaron para protegerse acabaría separándolos de esa forma.

De repente, un ruido leve llegó desde las escaleras que subían hacia el palacio. Un paso. Luego otro.

El otro Seo hizo una seña para que apagaran las linternas. Todos se quedaron quietos en la oscuridad, conteniendo la respiración. Los pasos se acercaban. No eran muchos. Solo una persona.

Min sintió cómo los brazaletes le calentaban levemente. Sabía quién era antes de verlo.

Una luz verde tenue iluminó lo alto de las escaleras. El Sucesor bajó despacio, sin prisa, mirando a su alrededor como si tampoco supiera por qué había venido allí. Se detuvo en el último escalón, y su mirada pasó por encima de ellos sin verlos —estaban demasiado bien escondidos entre los pupitres— y se clavó en la caja de metal abierta que Min había dejado sobre una mesa.

Min lo vio fruncir el ceño. Lo vio acercarse despacio, con la mano extendida hacia la foto que aún estaba sobre la tapa. Cuando sus dedos rozaron el papel, el Sucesor se quedó rígido, como si le hubiera dado una descarga.

Por un segundo, Min juró que vio temblarle los labios. Por un segundo, creyó que oía una voz muy lejana, muy joven, diciendo una frase que no alcanzaba a entender del todo.

Pero entonces el Sucesor apartó la mano de golpe, como si la foto le hubiera quemado. Su expresión volvió a endurecerse, fría como siempre. Miró a su alrededor una última vez, confundido, y luego volvió a subir las escaleras sin decir nada. Los pasos se alejaron hasta desaparecer.

Todos soltaron el aire que contenían al mismo tiempo. El otro Seo se pasó una mano por la frente, empapado de sudor frío.

—Casi nos ve —susurró, con la voz temblorosa.

Min no respondió. Estaba pensando en la forma en que el Sucesor había rozado la foto. En ese temblor en los labios que nadie más habría notado si no lo hubiera estado mirando con tanta atención.

—Él lo sintió —dijo bajito, más para sí mismo que para los demás—. Cuando tocó la foto… sintió algo. No está completamente perdido. Todavía queda algo.

—Tenemos que subir —dijo su Seo, poniéndole una mano en el hombro para devolverlo al presente—. Tenemos que encontrar más cosas como esta. Cosas que le recuerden quién era. Antes de que decida volver y averiguar qué hay aquí.

El otro Seo asintió, ya recuperando la compostura. Señaló una puerta de madera al fondo de la sala, medio rota.

—Esa debe subir a los pasillos de servicio. Podemos llegar a las habitaciones superiores sin pasar por las patrullas principales. Pero será más peligroso. Cuanto más arriba, más soldados.

Min guardó la foto pequeña dentro del bolsillo interior de su chaqueta, pegada al pecho. Apretó el brazalete de Jade, que ahora latía con más fuerza, como si también hubiera sentido aquel destello de lo que el Sucesor había sido.

—Vamos —dijo, decidido—. Vamos a buscarle.

Subieron por la puerta de madera uno a uno, con el corazón latiéndoles a mil por hora. Cada paso que daban los acercaba más al Sucesor. Cada paso que daban los acercaba más a los recuerdos que él había intentado enterrar para siempre.

Arriba, en su habitación alta, el Sucesor se quedó mirando su propia mano. La punta de los dedos le hormigueaba aún, como si el contacto con aquella foto le hubiera dejado una marca que no podía borrar. No sabía qué era aquella sensación. No quería saberlo.

Cerró el puño con fuerza, apartando la sensación a un rincón oscuro de su mente, donde guardaba todas las cosas que no entendía. Mañana los rebeldes vendrían. Mañana terminaría todo.

O eso se dijo a sí mismo. Pero por primera vez en años, cuando se quedó en silencio, una voz muy pequeña y muy lejana, que no reconocía como la suya, le susurró un nombre que no recordaba haber oído nunca.

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📔 LIBRETA NUEVA · ESCRIBE CHOI MIN‑JUN

Dentro del palacio, en los sótanos del antiguo instituto

Hemos entrado. Por el pasaje secreto que nos dijo Rin. Nadie nos ha visto.

Lo que hemos encontrado aquí no son trampas. Son restos de su vida. Antes del poder. Antes de todo. Pupitres rotos. Una foto de ellos dos jóvenes, riendo. Letras rayadas en la madera. Cosas que él no ha podido borrar del todo, aunque lo ha intentado.

Él mismo ha venido aquí. No sabemos por qué. Quizás una parte de él también lo busca. Cuando tocó la foto… tembló. Lo vi. Hubo un segundo en el que no era el tirano de piedra. Era solo un chico confundido que no entendía por qué le dolía algo que no recordaba.

Nos vamos a subir. Vamos a buscar más recuerdos. Vamos a buscar a aquel chico de la foto antes de que sea demasiado tarde.

Tengo la foto guardada en el bolsillo, pegada al pecho. Espero que sea suficiente. Espero que sea suficiente para traerlo de vuelta.

Buenas noches… o buenos días, ya no sé.

Min‑jun.

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