Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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El pueblo principal del Norte
Después de abandonar la sala de reuniones, Elizabeth tomó la mano de Bastian y ambos se dirigieron hacia una de las salas de descanso de la mansión. Había ordenado que prepararan el té, acompañado de varios postres, pues después de la tensión de aquella mañana no tenía intención de continuar trabajando inmediatamente. Quería cumplir la promesa que le había hecho al pequeño y, por una vez, dejar los documentos y los problemas del territorio a un lado.
Bastian se sentó frente a ella y comenzó a comer con entusiasmo. Durante unos minutos permaneció tranquilo, disfrutando de los dulces, hasta que finalmente levantó la mirada hacia Elizabeth.
—Liz.
—¿Sí?
El pequeño dejó su taza sobre la mesa y la observó con cierta preocupación.
—¿Cómo te fue en la reunión?
Elizabeth se sorprendió ligeramente por la pregunta.
—¿Quieres saberlo?
Bastian asintió.
—¿Necesitaste ayuda?
Aquella pregunta consiguió enternecerla.
Elizabeth sonrió y extendió una mano para acariciar suavemente el cabello blanco del niño.
—No, no necesité ayuda. Todo salió bien.
Bastian pareció aliviado.
—¿Seguro?
—Seguro. Tú no tienes que preocuparte por esos asuntos.
Elizabeth tomó un pequeño pastel de la bandeja y lo colocó frente a él.
—Quiero que te preocupes por otra cosa.
Bastian levantó la mirada con curiosidad.
—¿Por qué?
—Por nuestra salida de mañana.
Los ojos del niño se iluminaron inmediatamente.
—¿De verdad vamos a ir?
—Sí. Así que quiero que pienses qué cosas quieres comprar y qué lugares te gustaría conocer.
Bastian comenzó a pensar seriamente.
—¿Puedo comprar juguetes?
Elizabeth sonrió.
—Por supuesto.
—¿Y dulces?
—También.
El pequeño continuó pensando.
—Quiero ver el mercado.
—Podemos ir al mercado.
—¿Y las tiendas?
—También.
Bastian parecía cada vez más emocionado mientras comenzaba a enumerar las cosas que quería conocer. María, que permanecía cerca de ellos, también sonrió al verlo tan animado. Elizabeth escuchó pacientemente todas sus ideas y, cuando el pequeño finalmente terminó, le prometió que intentarían visitar todos los lugares que pudieran.
El resto de aquella tarde Elizabeth decidió tomárselo libre.
La semana anterior había sido agotadora. Desde que había llegado a la mansión había tenido que enfrentarse al estado de Bastian, despedir a los antiguos sirvientes, contratar personal nuevo, revisar los asuntos de la mansión, estudiar la situación económica del territorio y preparar la reunión con los señores que habían incumplido sus obligaciones. Después de todo aquello, necesitaba descansar.
Y, por primera vez desde que había llegado al Norte, decidió simplemente disfrutar del tiempo que tenía con Bastian.
Pasaron la tarde juntos.
Bastian le mostró algunos de los juegos que conocía y Elizabeth descubrió que el pequeño podía pasar largos periodos completamente concentrados cuando encontraba algo que le interesaba. En otros momentos simplemente permanecía cerca de ella, observándola mientras leía o haciendo pequeñas preguntas sobre cosas que llamaban su atención.
Elizabeth se sorprendió al descubrir cuánto había cambiado el niño en tan poco tiempo.
Todavía era tímido y podía ponerse nervioso cuando alguien desconocido se acercaba demasiado, pero con ella había comenzado a mostrarse mucho más tranquilo.
Aquella tarde, mientras Bastian jugaba cerca de ella, Elizabeth se quedó mirando por la ventana.
Por unos instantes, sus pensamientos regresaron a su vida anterior.
A veces todavía recordaba cosas de ella.
Personas.
Lugares.
Pequeños momentos que antes parecían insignificantes y que ahora tenían un valor completamente diferente.
Había momentos en los que la nostalgia aparecía sin previo aviso.
Elizabeth sabía que cada vez estaba más acostumbrada a aquella nueva vida, pero eso no significaba que hubiera olvidado la anterior.
Por un instante sintió tristeza.
Había dejado atrás una vida que conocía para despertar dentro de una historia que hasta entonces solo había existido en las páginas de un libro.
Sin embargo, miró hacia Bastian.
El pequeño continuaba jugando tranquilamente.
Elizabeth sonrió.
Ahora tenía una nueva vida.
Tenía dos niños que dependían de ella, un territorio que necesitaba ser reconstruido y un futuro completamente diferente al que había leído en la novela.
Quizá no podía recuperar su antigua vida.
Pero sí podía decidir qué hacer con esta.
—Liz.
Elizabeth salió de sus pensamientos.
Bastian la estaba mirando.
—¿Qué ocurre?
—Estabas triste.
Elizabeth se sorprendió.
—No estoy triste.
Bastian la observó unos segundos antes de asentir.
—Está bien.
Elizabeth sonrió y extendió los brazos.
—Ven aquí.
El niño se acercó y Elizabeth lo abrazó.
Aquella noche, después de cenar, ambos regresaron a la habitación. Como había ocurrido durante los días anteriores, Bastian durmió junto a ella. El pequeño se acomodó cerca de Elizabeth y, después de unos minutos, se quedó dormido.
Elizabeth también cerró los ojos.
A la mañana siguiente, sintió algo moviéndose sobre ella.
Abrió lentamente los ojos y descubrió a Bastian inclinado sobre la cama.
—Liz.
Elizabeth todavía estaba medio dormida.
—¿Qué ocurre?
—¿Ya podemos irnos?
Elizabeth soltó una pequeña risa.
—Todavía no.
Bastian frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Porque primero tenemos que arreglarnos y desayunar.
El niño pareció recordar que aquello era necesario.
—¿Después sí?
—Después sí.
Bastian sonrió inmediatamente.
—Está bien.
Elizabeth se levantó y, poco después, María llegó para ayudar a preparar al pequeño. Después de vestirse y desayunar, finalmente estuvieron listos para salir.
Unas dos horas más tarde, Elizabeth, Bastian y María se encontraban viajando en un carruaje rumbo al principal centro urbano del Norte.
Bastian estaba sentado junto a la ventana y no había dejado de observar el paisaje desde que salieron de la mansión.
El carruaje era tirado por unas criaturas parecidas a caballos, aunque su aspecto era muy diferente al de los animales que Elizabeth conocía. Eran grandes, musculosos y de apariencia algo intimidante, con ojos brillantes y rasgos que podían resultar aterradores para alguien que no estuviera acostumbrado a verlos.
Bastian, sin embargo, parecía fascinado.
—¿Qué son esos animales?
María respondió desde el otro lado.
—Son bestias de tiro utilizadas en esta región. Son más resistentes que los caballos comunes y pueden recorrer largas distancias sin cansarse con facilidad.
Bastian volvió a mirar por la ventana.
—¿Y eso qué es?
María respondió nuevamente.
—Es una zona de cultivo.
—¿Y aquello?
—Es una pequeña aldea.
Las preguntas continuaron durante gran parte del camino.
Bastian parecía querer conocer absolutamente todo lo que veía. Preguntaba por los árboles, los caminos, las construcciones, los animales e incluso por las personas que encontraban durante el trayecto.
Elizabeth lo observaba con una sonrisa.
La mayor parte de las respuestas las daba María, pues aunque Elizabeth conservaba los recuerdos de la antigua Elizabeth, aquellos recuerdos no significaban que conociera realmente el territorio del Norte.
La antigua Elizabeth apenas había salido unas pocas veces de la propiedad del Marqués del Oeste antes de casarse. Había crecido en una posición donde nunca se le permitió participar realmente en los asuntos del territorio y, en la práctica, había sido tratada más como una sirvienta que como una verdadera dama.
Por eso, aunque Elizabeth poseía sus recuerdos, todavía estaba descubriendo aquel mundo por sí misma.
Dejó aquellos pensamientos de lado y volvió a mirar por la ventana.
A lo lejos comenzaron a aparecer numerosas construcciones.
Al principio solo pudo distinguir algunos edificios dispersos, pero conforme el carruaje avanzaba, la cantidad de construcciones aumentaba.
Había caminos más amplios, comercios, casas, almacenes y personas moviéndose de un lado a otro.
Elizabeth entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Ese es el pueblo principal?
María sonrió.
—Sí, señora.
Elizabeth continuó observando.
Cuanto más se acercaban, más grande parecía.
Había una muralla que rodeaba parte de la zona urbana y varias torres podían distinguirse por encima de los edificios.
Elizabeth arqueó ligeramente una ceja.
—Yo diría que parece más una ciudad que un pueblo.
María soltó una pequeña sonrisa.
—Para nosotros sigue siendo el pueblo principal del territorio, señora.
Bastian prácticamente se pegó a la ventana.
Sus ojos azules brillaban de emoción.
—¡Liz, mira!
Elizabeth se inclinó ligeramente hacia él.
—Lo veo.
El pequeño sonrió.
—Es enorme.
Elizabeth volvió la mirada hacia aquella enorme extensión de construcciones.
Parecía que el día sería mucho más interesante de lo que había imaginado.
Y, por primera vez desde que había llegado al Norte, Elizabeth estaba a punto de conocer el lugar que algún día esperaba convertir en un territorio verdaderamente próspero.