Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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La justicia del hermano
El rey Aldric no gritó cuando leyó el informe. Eso fue lo que más miedo dio a los dos arrodillados frente a su mesa: el silencio.
El duque de Vireo, que lo contaba todo, intentó contar las veces que el rey respiró antes de hablar. Perdió la cuenta.
—Cuatro hombres —dijo al fin el rey, con la voz plana—. Mi capital entera repitiendo el nombre de la concubina de mi duque. La hija de la mujer que envenenó a mi hermanita, arrastrada por el lodo delante de mi guardia. Y todo, en *tu* casa, Vireo. Bajo *tu* techo. Con *tu* madre tirándole agua sucia en la puerta.
La duquesa viuda alzó la barbilla, con la dignidad de una mujer que ha enterrado a dos rivales.
—Majestad, yo no…
—Tú —el rey la miró, y la anciana sintió que el aire se le volvía de piedra—. No me engañas. No te gustó que esa muchacha entrara en tu casa. Y armaste este circo para deshonrarla, para hacerla quedar mal, para obligarme a ver la ruina de los que recogieron a la hija de la traidora. ¿Verdad?
—¡Yo no he hecho nada, majestad! ¡La muchacha contrató matones, la guardia la encontró, yo no…!
—¿Crees que soy estúpido? —el rey soltó una risa corta, sin alegría—. Esto lo he visto cientos de veces en mi corte. Pero no pensé que vendría de ti. Siempre fuiste tan juiciosa, tan bien portada, tan conocedora de tu lugar. Y ahora, estas sucias artimañas.
Se puso de pie. Y cuando el rey Aldric se ponía de pie, el reino entero contenía el aliento.
—No te daré el gusto de creer tu versión —dijo—. Por haber conspirado contra la sangre que mi corona protege, serás expulsada de la capital. Irás a la finca del norte, y no volverás. Y tú, Vireo…
El duque no levantó la vista.
—…pagarás una multa que vaciará lo que te queda de orgullo, y perderás tu asiento en el consejo. Por recoger a la hija de la traidora, y no saber guardarla.
—Y ella —el rey señaló el informe— será devuelta a la casa de su padre. Divorciada. Pero con honor, porque es una víctima inocente de ese par de madre e hijo.
La duquesa viuda abrió la boca para protestar. El rey ya no la miraba. Miraba, por la ventana, hacia la mansión del conde Aldous.
***
Cuando la puerta se cerró, la emperatriz salió de detrás del biombo, con su voz de mármol.
—Sabes que la vieja no lo hizo. Sabes que fue la muchacha quien se cavó su tumba.
—Lo sé —el rey Aldric se sirvió vino, con la mano perfectamente firme—. Pero la vieja necesitaba un castigo, y Vireo necesitaba aprender que no se recoge lo que yo desecho.
Bebió un sorbo. Y entonces, por primera vez en la noche, su voz tembló.
—Y el conde… el conde necesita cargar. Permitió que mataran a mi hermana pequeña. Y encima se casó con la culpable, y dejó que su hija mayor viviera como una mendiga mientras la asesina reinaba en su casa. —Apretó la copa hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Que reciba de vuelta a su hija dos veces arruinada, delante de toda la capital. Que cada vez que salga a la calle, le escupan el nombre. Ese es mi castigo. No para ella. Para él.
Golpeó la mesa. El vino saltó como sangre.
—Te he vengado, hermana pequeña —dijo, con los ojos brillantes—. Tu hermano, aunque tarde, te está haciendo justicia.
***
El carruaje que devolvió a Livia a la mansión del conde no llevaba escolta, ni pendones, ni nada que se pareciera a un honor. Llevaba, en cambio, a media capital asomada a las ventanas, contando los minutos.
Cuando la puerta se abrió, Livia bajó velada, con la espalda rígida y las manos muertas sobre el regazo. «Divorciada con honor», decían los papeles. Pero el honor, como la dote, como la madre, como todo lo que Livia había querido, era de mentira.
El conde la recibió en el patio, con la cara de un hombre que asiste a su propio entierro. Dorian, detrás, miró a su hermana y no vio a la muchacha que una vez soñó con ser duquesa: vio un fantasma que olía a agua sucia y a miedo.
Nadie la abrazó. Nadie le preguntó si estaba bien.
La casa que había sido suya la recibió como se recibe una deuda.
***
Esa noche, el duque de Vireo pidió una audiencia privada con la prometida del demonio.
Cassandra lo recibió en el balcón, con dos copas de vino y ninguna sonrisa.
—Me usaste —dijo Vireo, sin rodeos, contando sus anillos por última vez—. A mí, a mi madre, al rey. A los cuatro hombres. Todo en una sola jugada.
—Tú me enseñaste a contar, duque —Cassandra le tendió una copa—. Yo solo conté hasta cuatro.
Vireo la miró un largo segundo. Y entonces, contra todo pronóstico, sonrió: la sonrisa de un hombre que reconoce a un jugador mejor que él.
—La próxima vez —dijo, aceptando la copa— avísame antes. Te cobraré caro, pero jugaré.
—La próxima vez —Cassandra chocó su copa contra la suya— no te necesitaré.
***
En la habitación de invitados —porque en esa casa, ahora, Livia tampoco merecía alcoba— Cassandra entró sin anunciar.
Su hermanastra estaba sentada junto a la ventana, mirando la luna con los ojos secos de quien ya no tiene lágrimas.
—Vine a decirte una sola cosa —dijo Cassandra, desde la puerta—. No voy a matarte.
Livia giró la cabeza, muy despacio.
—La muerte es un favor —continuó Cassandra, con la voz serena—. Y tú vas a vivir. Vas a vivir en esta casa, con nuestro padre, viendo cómo me caso, cómo me voy a Moldavia, cómo me vuelvo reina. Y cada vez que alguien pronuncie mi nombre, te van a escupir el tuyo.
Se dio la vuelta. Y desde el umbral, sin mirarla, dejó caer la última piedra:
—Tú querías saber por qué yo soy feliz y tú no, hermana. Es porque yo dejé de rogarles que me quisieran. Tú seguiste rogando hasta el final. Esa es toda la diferencia.
Y se fue, dejando a Livia sola con la luna y con la certeza de que su castigo no era la ruina.
Era quedarse viva para verla.
***
En el balcón, Balkan la esperaba con las vetas carmesí latiendo suaves bajo la luz de las estrellas.
—La madrastra, muerta. La hermanastra, rota. El padre, cargando la vergüenza de toda la capital. Los hijos, mirándolo con miedo. —Balkan alzó una ceja—. Tu tablero está casi vacío.
—Casi —Cassandra miró hacia el palacio, donde una sola luz seguía encendida en la torre del príncipe heredero—. Aún queda uno que cree que soy suya.
Balkan siguió su mirada. Y sonrió, con la calma de un depredador que ya ha contado las salidas.
—Edric —dijo—. El que te estranguló en la otra vida.
—El que aún no sabe —Cassandra apagó la vela de un soplo— que en esta, va a rogarme que lo haga.