Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 18: Lo que queda después del veneno
Lo que queda después del veneno
El silencio que siguió a la destrucción de la entidad fue distinto a todos los anteriores.
No era un silencio de victoria. Era el silencio de algo que se había roto de forma irreversible.
Kael caminaba. Eso era lo único que sabía con certeza. Una de sus manos estaba firmemente entrelazada con la de Damien; la otra tocaba de vez en cuando la gema unificada en su cuello, como si necesitara comprobar que seguía allí. El poder dentro de él ya no ardía. Ahora era un frío profundo, preciso, que se extendía por cada vena con una calma casi cruel. Parte de lo que había sido… simplemente ya no estaba.
Damien lo notaba. A través del vínculo no había forma de esconderlo.
El alfa no había dicho nada desde que salieron de la cámara del trono. Solo caminaba a su lado, el cuerpo todavía rígido por el esfuerzo, la sangre seca pegada a la piel. Cada cierto tiempo su pulgar rozaba el dorso de la mano de Kael, un gesto pequeño y constante que decía más que cualquier palabra.
Después de un tiempo que ninguno pudo medir, el pasaje se abrió en una terraza natural de piedra negra. Frente a ellos se extendía un abismo inmenso. No había fondo visible. Solo capas y capas de oscuridad y, muy lejos, puntos de luz ámbar que parecían ojos abriéndose uno tras otro.
Damien se detuvo. Obligó a Kael a detenerse también.
—Mírame —pidió con voz baja.
Kael obedeció. Los ojos de Damien ya no eran solo rojos. Los destellos ámbar se habían vuelto permanentes, como si la sangre real hubiera dejado marca también en él. El alfa levantó ambas manos y tomó el rostro de Kael, examinándolo con una intensidad casi dolorosa.
—Tus ojos cambiaron —murmuró—. Y tu olor. Ya no eres completamente el mismo.
Kael no negó nada.
—Lo sé. Siento… menos. El miedo sigue ahí, pero está lejos. Como si perteneciera a otra persona. En cambio tú… te siento más claro que nunca.
Damien cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una mezcla peligrosa de alivio y dolor en ellos.
—Eso era parte del precio. La reina lo advirtió. Parte de tu humanidad se iría. Y como el vínculo ya era absoluto… parte de la mía también se diluyó contigo. No lo suficiente para perderme. Pero suficiente para notarlo.
Kael levantó una mano y tocó el pecho de Damien, justo donde el corazón debería latir.
—¿Te arrepientes?
La pregunta salió más vulnerable de lo que pretendía.
Damien negó con la cabeza de inmediato. Atrapó la mano de Kael y la apretó contra su piel fría.
—No. Nunca. Preferiría perder trozos de lo que fui antes que perderte a ti. Pero necesito que me digas la verdad: ¿todavía me reconoces? ¿O el veneno te dejó demasiado lejos?
Kael sostuvo su mirada. A través del vínculo le envió todo lo que todavía era capaz de sentir: la necesidad, la confianza, esa posesión mutua que ya no tenía fisuras.
—Te reconozco —respondió con voz firme—. Eres lo único que se siente completamente real.
Damien soltó el aire que no necesitaba. Apoyó la frente contra la de Kael y se quedaron así un largo rato, respirando el mismo aire denso de las profundidades. El vínculo fluía entre ellos sin barreras, llevando cansancio, alivio y una determinación compartida.
Al final, Damien se separó apenas lo suficiente para hablar.
—Las memorias de la reina ahora están más claras. Después de usar el veneno, ella bajó todavía más. Hasta un lugar que llamaba el Nido de los Primeros. Allí están los que nunca debieron despertar. Los que ella no pudo destruir ni sellar del todo. Si lo que sentimos antes es uno de ellos… entonces el verdadero peligro todavía está debajo.
Kael miró el abismo. Los puntos de luz ámbar parecían más numerosos.
—¿Y el frasco vacío? ¿Fue suficiente?
—Para el que enfrentamos, sí. Para lo que queda… no lo sé. El veneno se diluyó en tu sangre. Todavía tienes parte de él, pero ya no es la dosis completa que ella usó.
Kael asintió con lentitud. El frío dentro de él pareció asentir también.
—Entonces vamos hasta el final. No hay otro camino.
Damien no discutió. Solo apretó su mano y juntos se acercaron al borde de la terraza. Unas escaleras estrechas, casi invisibles, bajaban pegadas a la pared del abismo. No había barandas. Solo la oscuridad a un lado y la piedra húmeda al otro.
Comenzaron a descender.
El descenso fue largo y silencioso. Cada cierto tiempo el abismo enviaba corrientes de aire frío que olían a poder antiguo. Kael sentía las presencias moviéndose abajo: algunas curiosas, otras abiertamente hostiles, todas conscientes de que la sangre real había usado el veneno de la reina.
A mitad de camino, Damien habló otra vez, la voz apenas un susurro.
—Cuando esto termine… si terminamos… ¿qué querrás hacer?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Kael miró la espalda del alfa mientras bajaban.
—No lo sé. Antes solo quería escapar. Ahora… ya no estoy seguro de que exista un “antes” al que volver. Tú eres lo único que todavía tiene sentido.
Damien se detuvo en un escalón y se giró. En la penumbra, sus ojos brillaban.
—Entonces quédate. Cuando salgamos de aquí —si salimos—, quédate. No como prisionero. No como herramienta. Como mío. Del todo.
No era una orden. Era una petición. La primera que Damien le hacía sin el peso del reclamo detrás.
Kael sintió que algo en el centro de su pecho —esa parte que el veneno no había logrado borrar del todo— respondía.
—Ya soy tuyo —dijo simplemente—. Desde que completamos el vínculo. Y tú eres mío. Aunque todavía te cueste admitirlo en voz alta.
Damien esbozó una sonrisa mínima, casi humana.
—Lo admito.
Siguieron bajando.
Cuando por fin alcanzaron el fondo del abismo, el paisaje cambió por completo. Ya no había túneles. Había una llanura de piedra negra que se extendía hasta perderse en la oscuridad. Aquí y allá se alzaban estructuras rotas: columnas, arcos, restos de lo que alguna vez pudo haber sido una ciudad. Y en el centro de todo, a lo lejos, brillaba una luz pálida y constante.
Damien se tensó.
—Allí. El Nido.
Kael sintió que el frío dentro de él se intensificaba. La gema en su marca latió con fuerza.
Antes de que pudieran dar un solo paso hacia esa luz, una voz antigua y enorme resonó desde todas direcciones a la vez:
—La heredera llegó. Y trajo consigo el veneno de la traidora.
El suelo tembló. A lo lejos, la luz pálida se movió. No era una luz fija. Era algo vivo. Algo que se estaba incorporando después de siglos.
Damien colocó a Kael detrás de él por reflejo, aunque ambos sabían que ya no había “detrás” que valiera.
—Cuántos son —preguntó Kael en voz baja.
Damien cerró los ojos un segundo, extendiendo los sentidos a través del vínculo y de su propia sangre antigua.
—No lo sé. Pero no son Guardianes Rotos. Son los Primeros. Los que estaban aquí antes de que existieran las casas. Antes de que existiera siquiera el concepto de reina.
La luz a lo lejos se elevó. Ahora se veía con más claridad: una figura colosal, hecha de sombra y fragmentos de hueso antiguo, con demasiados ojos ámbar abiertos en su superficie. Cuando habló otra vez, la voz hizo que la piedra misma vibrara.
—Pequeña sangre real. Bebiste el veneno. Mataste a uno de los nuestros. Y todavía te atreves a bajar hasta aquí con tu ancla. ¿Viniste a terminar el trabajo de la traidora… o a ofrecerte como reemplazo?
Kael sintió que Damien se preparaba para luchar. El vínculo se llenó de una decisión fría y absoluta.
Kael dio un paso al frente, colocándose a la altura del alfa. El frío dentro de él ya no le resultaba extraño. Era parte suya.
—Vine a terminar lo que ella no pudo —respondió con voz clara—. Y no estoy solo.
La figura colosal inclinó lo que parecía su cabeza. Todos esos ojos se enfocaron en la pareja.
—Entonces demostradlo, Omega de Sangre Real y príncipe Voss. El Nido os espera. Y esta vez… no hay sellos que os protejan.
El suelo frente a ellos se abrió en una serie de grietas profundas. De ellas comenzaron a emerger formas más pequeñas, pero igual de antiguas. Decenas. Quizás más.
Damien tomó la mano de Kael y la apretó con fuerza.
—Hasta el final —murmuró.
Kael apretó de vuelta.
—Hasta el final.
La primera de las criaturas se lanzó hacia ellos.
Y el verdadero final de las catacumbas… comenzó.