Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.
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El niño que me encontró
El bosque de la Manada Luna de Plata despertaba antes que el sol.
El rocío cubría las hojas de los enormes pinos, mientras la neblina se deslizaba entre los troncos como si el propio bosque respirara. A esa hora, solo los guerreros de guardia y quienes estaban destinados a liderar algún día recorrían los senderos.
—Camina con más atención, Kaleb —dijo una voz grave.
El niño de ocho años levantó la vista de inmediato.
A unos pasos delante de él caminaba su padre, el Alfa de la manada. Alto, imponente y de cabello oscuro, era un líder respetado incluso por las manadas vecinas. Kaleb llevaba toda la mañana intentando imitar cada uno de sus movimientos.
—Un Alfa nunca baja la guardia —continuó su padre—. El bosque siempre habla. Solo hay que aprender a escucharlo.
Kaleb asintió con seriedad.
A pesar de su corta edad, sabía perfectamente cuál era el destino que lo esperaba. Algún día ocuparía el lugar de su padre. Algún día toda la manada dependería de él.
Pero, por ahora…
Seguía siendo un niño.
Y como cualquier niño, su atención se desvió cuando escuchó un sonido extraño.
Un llanto.
Muy débil.
Casi perdido entre el canto de los pájaros.
—¿Lo escuchaste? —preguntó.
Su padre se detuvo.
Los dos guardaron silencio.
Entonces volvió a escucharse.
Era el llanto de una niña.
Sin esperar una orden, Kaleb echó a correr.
—¡Kaleb! —lo llamó el Alfa.
Pero el pequeño ya se abría paso entre los arbustos.
El sonido lo guiaba cada vez más adentro del bosque, hasta llegar a un enorme roble cuyas raíces sobresalían del suelo.
Y allí la vio.
Una niña muy pequeña estaba acurrucada entre las raíces.
Tendría unos cinco años.
Llevaba un vestido blanco cubierto de tierra y barro. Sus pies descalzos tenían pequeños rasguños, como si hubiera caminado durante horas.
Abrazaba con fuerza un colgante de plata.
Lloraba en silencio.
Kaleb se quedó inmóvil.
Nunca la había visto.
No pertenecía a la manada.
Su padre llegó apenas unos segundos después.
Su expresión cambió al verla.
Se arrodilló lentamente para no asustarla.
—Pequeña… ¿estás bien?
Ella levantó la cabeza.
Sus enormes ojos color miel estaban llenos de lágrimas.
Tardó varios segundos en responder.
—Tengo… tengo miedo…
Su voz era apenas un susurro.
El Alfa miró alrededor.
No había rastros de adultos.
Ni olores recientes.
Ni señales de una pelea.
Solo aquella niña.
Completamente sola.
—¿Cómo te llamas? —preguntó con suavidad.
Ella respiró hondo.
—Alyssa.
—¿Y tu apellido?
La niña negó con la cabeza.
—No lo sé…
—¿Dónde están tus padres?
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—No… no me acuerdo.
Kaleb sintió un nudo en el estómago.
Se quitó la pequeña chaqueta que llevaba puesta y la colocó sobre los hombros de Alyssa.
Ella lo observó con timidez.
Él le sonrió.
—Ya no estás sola.
Fue una frase sencilla.
Pronunciada por un niño de ocho años.
Pero Alyssa la recordaría durante el resto de su vida.
⸻
La noticia se extendió rápidamente por toda la manada.
Durante los días siguientes enviaron mensajeros a los territorios vecinos.
Preguntaron a otras manadas.
Buscaron familias desaparecidas.
Nadie conocía a Alyssa.
Nadie había perdido una niña.
Nadie reclamó su presencia.
Los días se convirtieron en semanas.
Y las semanas…
En meses.
Finalmente, el Consejo tomó una decisión.
Hasta que apareciera algún familiar, Alyssa viviría bajo la protección de la Manada Luna de Plata.
Kaleb fue el primero en celebrar la noticia.
Desde ese día comenzó a enseñarle todo.
Dónde crecían las moras más dulces.
Cuál era el mejor árbol para trepar.
Qué senderos debía evitar.
Y cómo distinguir el canto de un búho del de un halcón.
Alyssa hablaba poco.
Sonreía aún menos.
Pero cada vez que Kaleb aparecía…
El miedo desaparecía un poco.
⸻
Una noche, mientras todos dormían, Alyssa despertó sobresaltada.
Había tenido otra pesadilla.
No recordaba qué ocurría en ella.
Solo sabía que siempre despertaba llorando.
Al abrir la puerta de la pequeña habitación que le habían preparado, encontró a Kaleb sentado en el escalón de madera.
Tenía la cabeza apoyada contra la pared y dormía profundamente.
Había llevado una manta.
Como si hubiera sabido que volvería a tener miedo.
Alyssa sonrió por primera vez desde que llegó a la manada.
Con mucho cuidado, se sentó a su lado.
No dijo nada.
Él tampoco.
Pero, por primera vez desde que despertó sola en aquel bosque…
Sintió que tal vez había encontrado un lugar al que podía llamar hogar.
⸻
A varios metros de allí, una anciana observaba el colgante de plata que Alyssa había dejado sobre la mesa antes de dormir.
Lo tomó entre sus manos con cuidado.
En el centro había un símbolo antiguo: una luna creciente abrazando un lobo.
Su rostro perdió el color.
—No… —susurró.
Miró hacia la ventana de la habitación donde dormía la niña.
Después volvió a mirar el colgante.
—¿Cómo es posible…?
Cerró la mano con fuerza alrededor de la pieza de plata.
—Nadie debe saber que ella está aquí.
Todavía no.
Porque, si alguien descubría quién era realmente Alyssa…
Toda la manada correría peligro.