Es una cumbre empresarial internacional de alto nivel.
Él espera ver a otra ejecutiva manipulable o intimidada por su presencia.
Ella llega con su armadura de hierro, luciendo impecable, sin dejar que nadie pase por encima de ella.
La chispa: Cuando él intenta imponer su poder o coquetear de forma dominante, ella lo frena en seco y lo pone en su lugar frente a otros magnates. Nadie le ha hablado así jamás. Por primera vez, "El Demonio" encuentra a una mujer que no solo lo aguanta... sino que desafía su autoridad.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CENIZAS EN LA LLUVIA
La lluvia caía con furia torrencial sobre el viejo astillero del norte. El olor a salitre, hierro oxidado y combustible quemado saturaba el aire nocturno. Kael apaga el motor de la camioneta a un centenar de metros de las estructuras metálicas, dejando que el gigantesco vehículo se mimetizara entre las sombras de una hilera de contenedores abandonados.
El silencio en el interior del habitáculo blindado era absoluto. Kael miró a Isabella por última vez antes de destrabar los cierres de las puertas. Ella no dudó ni un instante: empuñaba la pistola de nueve milímetros con la firmeza de quien ha decidido no volver a ser víctima de nada ni de nadie.
—A mi señal, mantente a mi espalda —murmuró Kael con voz baja y tajante—. No buscamos una masacre, Isabella. Solo venimos a neutralizar la amenaza.
—Si él intenta apretar un gatillo contra nosotros, no habrá margen para la diplomacia, Kael —respondió ella, con sus ojos verdes fijos en la penumbra.
Ambos descendieron del vehículo. El agua helada los empapó en cuestión de segundos, pero la adrenalina amortiguaba el frío.
Moviéndose con la precisión de quienes conocen el peligro, bordearon el perímetro del galpón principal. Las suelas de sus calzados se hundían en el barro y la grava, pero los pasos eran firmes, calculados.
Dentro de la estructura en ruinas, el eco de una voz rasposa y alterada cortaba el sonido constante de la tormenta.
Kael hizo una señal con la mano e Isabella avanzó a su par, manteniendo el arma arriba y lista. Despacio, emergiendo pacientemente desde la absoluta oscuridad de los contenedores hacia el tenue haz de luz de un farol amarillo, ambos quedaron al descubierto. Isabella avanzó con el rostro rígido, sosteniendo la pistola con ambas manos, apuntando con una serenidad aterradora. A su lado, Kael caminaba como una sombra protectora, implacable, con la mirada fija en su objetivo.
En el centro del galpón, de pie junto a un muelle de carga que daba al mar embravecido, estaba Roberto Thorne. Lucía demacrado, con el traje salpicado de barro y una herida en la sien producto del choque del convoy. Sostenía un teléfono satelital pegado al oído y gritaba desesperadamente contra el ruido del viento.
—¡Me importa un carajo la marejada! ¡Tienen que mandar la lancha ya! —bramaba Roberto, caminando en círculos—. ¡Tengo el dinero en efectivo y las claves de las cuentas en Suiza! ¡Si me dejan tirado aquí, los voy a hundir a todos con...!
Roberto se congeló en seco.
El chasquido del cerrojo de la pistola de Isabella al alinearse en su dirección resonó como un trueno en el galpón vacío.
Roberto bajó lentamente el teléfono satelital, girándose hacia la entrada. Al ver a Isabella emerger de las sombras con el arma lista, y a Kael custodiándola a solo un paso de distancia, una mueca de incredulidad y rabia deformó su rostro.
—¿Tú...? —masculló Roberto, escupiendo al suelo—. La gran Viuda de Hierro jugando a ser soldado. Y te trajiste a tu nuevo perro de caza.
—Se acabó, Roberto —dijo Isabella, con la voz tan fría que cortaba la bruma de la lluvia—.
La policía viene en camino y tus contactos te han abandonado. No hay lancha, no hay escape y no hay más chantajes.
Roberto dejó escapar una risa amarga y desquiciada, dando un paso cauteloso hacia atrás, acercándose a la orilla del muelle.
—¿Crees que he perdido, niña estúpida? —siseó el viejo, con los ojos inyectados en sangre—. Me quitaron mi empresa, mi apellido y a mi familia. Si me voy al infierno, no me iré solo.
Todo ocurrió en una fracción de segundo.
Roberto no intentó negociar. Con un movimiento rápido y desesperado impulsado por el odio, metió la mano derecha bajo su gabardina para sacar un revólver de gran calibre que tenía oculto. Su mirada no estaba fija en Kael; apuntó directamente al pecho de Isabella, decidido a destruirla antes de ser capturado.
—¡Isabella, abajo! —gritó Kael.
Sin dudarlo un milisegundo, Kael no buscó cubrirse. Se lanzó de frente, interponiendo su propio cuerpo entre la trayectoria del arma de Roberto e Isabella. Al mismo tiempo, en un movimiento fluido y letal desenfundó el arma táctica que llevaba en la cintura.
¡BANG!
El estampido del disparo retumbó violentamente contra las paredes de latón del astillero.
El proyectil de Kael impactó con precisión absoluta en el pecho de Roberto Thorne antes de que el anciano pudiera apretar el gatillo.
Roberto se paralizó en el sitio; sus ojos se abrieron de par en par reflejando una sorpresa infinita mientras el revólver se le escapaba de los dedos, cayendo con un sonido sordo contra el suelo de concreto.
El cuerpo inerte de Roberto trastabilló hacia atrás, perdiendo el equilibrio en la orilla del muelle, hasta caer al vacío y desaparecer en las oscuras y agitadas aguas del mar.
El silencio volvió a adueñarse del galpón, roto únicamente por el martilleo incesante de la lluvia sobre el techo de zinc y el eco lejano de las sirenas policiales que finalmente se aproximaban a la zona industrial.
Kael bajó el arma lentamente, respirando con dificultad. La adrenalina comenzaba a ceder, dejando al descubierto el agotamiento de una larga noche. Se giró de inmediato hacia Isabella, tomándola por los hombros con urgencia, inspeccionándola con la mirada.
—¿Estás bien? ¿Te tocó? —preguntó Kael, con la voz quebrada por una angustia genuina que jamás había sentido por nadie.
Isabella bajó despacio su propia pistola, manteniendo la mirada fija en el punto del muelle donde Roberto había caído. Sus manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por el impacto de haber presenciado el fin de la pesadilla que había atormentado a su familia durante años. Luego, alzó los ojos y encontró la mirada de Kael: el hombre que lo había arriesgado todo, su imperio y su propia vida, para interponerse entre ella y la muerte.
—Estoy bien —susurró Isabella, acortando la distancia y apoyando una mano sobre el pecho de Kael, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. Gracias a ti.
Kael guardó su arma y cerró los ojos por un instante, dejando escapar un largo suspiro de alivio. La sombra de Roberto Thorne había desaparecido para siempre en las aguas del puerto. En medio de las cenizas de la violencia y bajo la lluvia inclemente, el último muro entre Kael e Isabella terminó de caer, dando paso definitivo al renacer de una alianza que ya nada en el mundo podría romper.