Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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18
Emma
Los días subsiguientes a nuestra fuerte discusión, Dilan no volvió a aparecer frente a mí. Me dediqué exclusivamente a cumplir con mis obligaciones básicas en la oficina; fue fácil notar que me habían relegado por completo de cualquier asunto estratégico o de alta importancia en la empresa. Aunque una parte de mí se sentía aliviada porque así mis tíos no podrían extraer más información confidencial a través de mí, el distanciamiento me calaba hondo.
Me dolía que las cosas ya no fueran como antes. Solía sentir una profunda admiración profesional por Dilan; ahora, cada vez que lo cruzaba, solo podía mirarlo con el peso de la culpa aplastándome el pecho. Había traicionado a mi jefe y, peor aún, al hombre que era mi esposo.
—Necesito ver a mi hermano de inmediato —la imperiosa voz de Diego me obligó a levantar la vista. Estaba plantado frente a mi escritorio, con su habitual aire de superioridad.
—El señor Dilan se encuentra en una reunión de alta gerencia —respondí, manteniendo una seriedad profesional impecable.
—Eso me importa un demonio. Necesito hablar con él ahora mismo, es un asunto de suma importancia.
—Ya le advertí que no puede pasar...
—Haz tu maldito trabajo de una vez —la voz áspera y cortante de Dilan resonó desde el pasillo, interrumpiendo la disputa.
Venía caminando a paso rápido, con el rostro endurecido por el enfado. Detrás de él, pisándole los talones, avanzaban mi tío, Elena y Marina, la encargada de supervisión. Marina me dirigió una mirada cargada de nerviosismo y me saludó con un gesto rápido antes de detenerse junto al grupo frente al despacho presidencial.
—Lo más sensato dada la situación es cancelar el lanzamiento del producto hasta nuevo aviso —propuso Marina, intentando mantener la calma a pesar de la obvia tensión general.
—¿Ah, sí? ¿Y pretendes que paguemos las pérdidas del retraso con tu sueldo? —replicó Dilan, sarcástico y hostil, sin detener su caminata.
—Hermanito... —Diego exhibió una sonrisa ladina, claramente disfrutando el caos—. ¿En problemas comerciales tan temprano?
—¿Qué estás haciendo tú aquí? ¿Acaso no tienes pendientes en tu propio departamento? —le espetó Dilan, fulminándolo con la mirada.
—Por supuesto que los tengo, y por eso mismo he venido. Necesito que me informes detalladamente por qué razón tomaste la decisión unilateral de cancelar la gala de inauguración.
—Porque me dio la gana —sentenció Dilan. En ese instante, desvió sus ojos oscuros hacia mí y se plantó a escasos centímetros de mi escritorio—. Cancela toda mi agenda de esta tarde, Emma. Iré personalmente a los tribunales a tramitar mi demanda de divorcio —declaró con frialdad antes de dar media vuelta y encerrarse en su oficina.
No pude evitar sentir que el mundo se me venía abajo. Una profunda oleada de tristeza me oprimió el pecho, mi respiración se volvió errática y las lágrimas, traicioneras, comenzaron a agolparse en mis ojos. Elena se quedó con la boca abierta, procesando la información con evidente satisfacción, mientras que mi tío, fingiendo no comprender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, se acercó a mí a paso rápido.
—¿Qué demonios acaba de suceder, Emma? ¿Por qué Dilan dijo eso?
Me guardé las palabras. Me quedé estática en mi sitio, con la garganta completamente cerrada, incapaz de articular sonido alguno.
—¡Emma, te estoy haciendo una pregunta! ¿Qué pasó? —insistió mi tío, elevando el tono de voz, visiblemente más furioso que el propio Dilan.
—Se cansó de ella, viejo, eso es lo que pasa —intervino Diego desde atrás, cruzándose de brazos—. Tarde o temprano una farsa así tenía que reventar —la sonrisa de suficiencia que llevaba en el rostro era desagradablemente enorme
Tragándome el orgullo y con una rabia sorda quemándome las venas, me limpié las lágrimas de un manotazo. Comencé a guardar mis pertenencias y la agenda en el bolso de mano, decidida a terminar con esto. Me puse de pie y caminé con paso firme hacia la oficina de Dilan, ignorando los llamados de mis familiares.
Al entrar, lo encontré de pie junto al enorme ventanal que daba a la ciudad, sosteniendo un cigarrillo encendido entre los dedos. Al escuchar el clic de la puerta, se dio la vuelta lentamente, exhalando una densa nube de humo gris.
—Necesito hablar contigo —dije, extrayendo el documento de renuncia y los papeles del contrato de mi bolso.