De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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CAPÍTULO 6 EL PRECIO DE LA VERDAD
Caminaron río abajo durante horas, sin detenerse, sin hablar casi, solo escuchando el sonido del agua y sus propias respiraciones entrecortadas. La caja con los documentos y el diario del abuelo de Gael pesaba en la mochila como si llevara adentro no solo papeles, sino todo el peso de treinta años de mentiras. Cuando por fin el sol empezó a ocultarse y la oscuridad cubrió el bosque, encontraron un pequeño hueco entre las raíces de un árbol gigante, lo suficientemente amplio para sentarse juntos y esconderse de las miradas. Allí, protegidos por la sombra y el ruido constante del río, abrieron la caja de nuevo para revisar todo con calma.
El diario no solo hablaba del peligro del terreno. En sus páginas había nombres, fechas, cifras exactas de dinero que cambiaba de manos, y una lista de personas que sabían la verdad y que, por una razón u otra, habían guardado silencio durante décadas. Entre esos nombres había uno que llamó especialmente su atención: **Elena Márquez**, la persona que había sido secretaria del abuelo de Damián y que ahora trabajaba como asesora cercana de su padre.
—Ella sigue ahí —dijo Damián con voz tensa—. Ha estado todo este tiempo. Si alguien sabe dónde están todos los documentos ocultos, cuánto dinero se movió y quiénes estaban involucrados… es ella.
—Pero también es la persona más cercana a tu padre —señaló Gael con cautela—. Si le pedimos ayuda, lo más probable es que nos delate.
—No tenemos otra opción —respondió Damián levantando la vista, con una determinación que rara vez mostraba—. Ya no podemos escondernos ni esperar a que ellos cometan un error. Nosotros tenemos la prueba, pero ella tiene el resto. Si logramos que hable, podemos detener todo lo que planean antes de que sea demasiado tarde.
Pasaron la noche en ese refugio improvisado, abrazados para darse calor, hablando en voz baja de lo que harían al día siguiente. Damián le confesó a Gael que tenía miedo: no solo de que los atraparan, sino de descubrir que su propia madre también sabía algo y había callado. Gael le dijo que el miedo era normal, que él también lo sentía, pero que no debían dejar que el miedo les impidiera hacer lo correcto.
Al amanecer, se separaron temporalmente: Damián iría a la ciudad a buscar a Elena Márquez, mientras Gael se quedaría cerca del bosque vigilando los movimientos de los hombres que los perseguían y guardando la caja en un lugar seguro. Se prometieron encontrarse al atardecer en un lugar que solo ellos conocían, lejos de todas las casas y caminos principales.
Damián llegó a la ciudad con el corazón golpeándole desbocado. No fue a la oficina donde trabajaba ella, sino que esperó a la salida de su casa, donde nadie esperaría verlo. Cuando Elena apareció, vestida con su traje impecable y el semblante serio que siempre la caracterizaba, se detuvo al verlo como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué haces aquí, Damián? —preguntó mirando a todos lados con desconfianza—. Tu padre no quiere que nadie te hable. Si te ve aquí…
—No vine por mi padre —la interrumpió él acercándose un paso—. Vine por lo que usted sabe. Por lo que ocultó hace treinta años. Por el terreno inestable, por el dinero que desapareció, por todo lo que el abuelo de Gael escribió en su diario.
El rostro de Elena se volvió pálido como la nieve. Lo tomó del brazo con firmeza y lo llevó a un callejón desierto cercano, donde nadie pudiera escucharlos.
—¿Tienes ese diario? —susurró con urgencia—. ¿Lo tienes tú?
—Está a salvo —respondió Damián—. Pero necesito que me diga la verdad. ¿Sabía todo desde el principio? ¿Sabía que mi abuelo mintió?
Elena cerró los ojos y soltó un suspiro tembloroso, como si le doliera recordar.
—Lo supe demasiado tarde —confesó—. Cuando me di cuenta de lo que habían hecho, ya era demasiado tarde para detenerlos. Amenazaron a mi familia, a mis hijos. Tuve que elegir entre hablar y poner en peligro a los míos, o callar y vivir con la culpa todos los días. Elegí callar. Y cada año que pasaba era más difícil arreglarlo. Tu padre heredó el negocio y también los secretos. Ahora planea hacer exactamente lo mismo que su padre: empezar la construcción sin hacer los estudios de seguridad, sin decirle nada a nadie. Van a empezar la obra en dos semanas.
Damián sintió que se le helaba la sangre.
—¿Dos semanas? —repitió—. Si empiezan a trabajar ahí…
—Podría ocurrir un desastre —completó ella—. Y lo peor es que no actúan solos: hay inversores de fuera que solo quieren el beneficio rápido y no les importa el riesgo. Si tú y Gael no hubieran encontrado esos documentos, nadie se habría enterado hasta que fuera demasiado tarde.
—Entonces ayúdenos ahora —le pidió Damián—. Usted tiene los registros, los contratos verdaderos, las pruebas que faltan. Si nos da eso, podemos detenerlos antes de que empiecen.
Elena lo miró a los ojos durante un largo momento, luchando consigo misma. Al final asintió con la cabeza, pero con una expresión de profunda tristeza.
—Esta noche, a las once, en la entrada del viejo edificio de oficinas del centro. Llevaré todo lo que tengo. Pero ten cuidado, Damián. Tu padre sospecha que alguien está investigando. No confíes en nadie más que en esa persona con la que estás. Y aunque yo no aparezca… sigue adelante. La verdad debe salir aunque yo no tenga el valor de acompañarla.
Damián se fue de allí con la mente llena de pensamientos contradictorios: por fin tenían una oportunidad real, pero también entendía que Elena tenía miedo, y que ese miedo podía hacer que no se presentara. Cuando llegó al lugar donde había quedado con Gael, le contó todo lo que había descubierto.
—Dos semanas —repitió Gael con seriedad—. Tenemos menos tiempo del que creíamos.
—Y esta noche nos reunimos con ella —añadió Damián—. Pero tengo un mal presentimiento, Gael. Me da miedo que sea una trampa.
—Sea lo que sea —respondió Gael tomándole la mano—, iremos juntos. No te dejaré entrar solo a ningún lado.
Esa tarde la pasaron revisando los documentos, organizando lo que dirían y preparando copias de todo en caso de que algo les pasara. Damián notó que Gael estaba inusualmente serio, casi sombrío, y cuando le preguntó qué le pasaba, él respondió despacio:
—Mi abuelo solía decir que la verdad nunca se entrega sin cobrar. Me pregunto cuánto nos va a costar esta vez.
—No importa cuánto cueste —dijo Damián mirándolo a los ojos—. Mientras estemos juntos, podemos pagar cualquier precio.
Pero esa noche, cuando se dirigían al encuentro con Elena, Damián no sabía que esa promesa se pondría a prueba de la forma más dolorosa posible. Que lo que iban a encontrar no sería solo la verdad, sino también una traición que no esperaban. Y que el precio que tendrían que pagar sería mucho más alto de lo que ninguno de los dos podía imaginar.