Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.
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Lo que significa ser familia
El verano estaba viviendo sus últimos días.
En Luna de Plata existía una tradición tan antigua que nadie recordaba quién la había comenzado.
La llamaban La Mesa del Verano.
La última comida antes del regreso a clases.
Antes de que los universitarios volvieran a Seattle.
Antes de que los niños cambiaran los juegos por cuadernos.
Antes de que el bosque volviera a quedarse un poco más silencioso durante las mañanas.
Ese día nadie entrenaba.
Nadie patrullaba, salvo los guardianes indispensables.
Nadie hablaba de trabajo.
Solo existía una regla.
Comer juntos.
⸻
Desde muy temprano, la plaza comenzó a llenarse de mesas largas de madera.
Los hombres colocaban bancos.
Las mujeres preparaban enormes ollas de estofado, pan recién horneado y postres.
Los niños corrían alrededor de todos, jugando a perseguirse entre los árboles.
Y, como ocurría cada año…
La cocina de Rowan y Mara se convirtió en el verdadero centro de operaciones.
—¡No entres! —gritó Mara.
La puerta se abrió de todas formas.
Kaleb apareció con la tranquilidad de quien llevaba trece años ignorando exactamente esa advertencia.
—Buenos días.
Mara soltó un suspiro resignado.
—¿Escuchaste lo que dije?
—Sí.
—¿Y?
—Pensé que no era para mí.
Rowan soltó una carcajada desde donde picaba verduras.
—Hace muchos años dejó de creer que las reglas aplican cuando entra aquí.
Kaleb sonrió mientras abría una alacena.
Tomó un vaso.
Después otro.
Buscó agua sin preguntar dónde estaba.
Alyssa observó la escena divertida.
—Eres un descarado.
—¿Por?
—Actúas como si esta fuera tu casa.
Kaleb bebió un trago de agua.
Miró alrededor.
Después respondió con total naturalidad.
—¿No lo es?
El silencio duró apenas dos segundos.
Mara dejó la cuchara de madera sobre la mesa.
Lo observó con una sonrisa llena de cariño.
—Hace mucho tiempo que eres parte de esta familia, Kaleb.
Él dejó lentamente el vaso.
Por alguna razón…
Aquellas palabras le llegaron mucho más hondo de lo que esperaba.
—Gracias.
Rowan levantó apenas la vista.
—No nos des las gracias.
Solo sigue entrando sin tocar.
Kaleb soltó una risa.
—Eso puedo hacerlo.
⸻
—Alyssa.
Mara llamó desde el otro extremo de la cocina.
—Ven conmigo.
La joven dejó lo que estaba haciendo y la siguió hasta una pequeña habitación donde guardaban manteles, utensilios antiguos y varias cajas de madera.
Mara abrió una de ellas.
Dentro había un delantal color crema.
Muy viejo.
Con algunas costuras remendadas.
Alyssa sonrió inmediatamente.
—No puede ser…
—Sí puede.
Lo tomó entre las manos.
—Todavía existe.
—Lo he remendado tantas veces que ya no sé cuál era la tela original.
Alyssa acarició la tela con cuidado.
Recordaba perfectamente aquel delantal.
Tenía siete años cuando Mara comenzó a enseñarle a cocinar.
El primer pan que intentó hacer terminó completamente negro.
El segundo quedó crudo.
Y el tercero…
Había explotado dentro del horno.
Alyssa comenzó a reír sola.
—¿Qué?
—El pan.
Mara también soltó una carcajada.
—Nunca había visto uno explotar.
—Yo tampoco.
En ese momento apareció Rowan.
—Sí habían explotado.
Las dos mujeres lo miraron.
—Cinco veces.
Alyssa hizo una mueca.
—Papá…
La palabra escapó con absoluta naturalidad.
Sin pensarla.
Sin corregirse.
Solo…
Papá.
Rowan se quedó completamente inmóvil.
Apenas un instante.
Después carraspeó.
—Bueno…
Cinco veces.
Intentó seguir caminando hacia la puerta.
Pero Mara alcanzó a verlo limpiarse discretamente los ojos antes de salir.
Alyssa también lo vio.
Las lágrimas llegaron a sus propios ojos.
Mara la abrazó inmediatamente.
—Le haces muy feliz cuando lo llamas así.
Alyssa sonrió entre lágrimas.
—Porque es mi papá.
Mara besó su frente.
—Sí.
Lo es.
⸻
Una hora después…
Toda la comida estaba lista.
La plaza se llenó rápidamente.
Los niños ocupaban las primeras mesas.
Los ancianos las del centro.
Los jóvenes iban llegando poco a poco.
Ethan apareció con Elara.
Ella ya ayudaba a repartir platos como si hubiera vivido allí toda la vida.
Mara la observó unos segundos.
Después le entregó un delantal.
—¿Para mí?
—Claro.
Si vas a seguir viniendo…
Necesitarás uno.
Elara recibió la tela con una emoción imposible de ocultar.
No era un simple delantal.
Era una bienvenida.
Una forma silenciosa de decirle:
“Esta también puede ser tu casa.”
Ethan sonrió tanto que Nora le dio un pequeño codazo.
—Deja de verla así.
—¿Así cómo?
—Como si hubiera inventado la luna.
—No puedo.
Todos comenzaron a reír.
⸻
Camille apareció unos minutos después.
Buscó a Alyssa entre la gente.
—¿Puedo ayudarte?
—Claro.
Las dos comenzaron a colocar platos sobre una mesa.
Durante unos minutos trabajaron en silencio.
Hasta que Camille habló.
—Quiero disculparme.
Alyssa levantó la vista.
—¿Por qué?
—Creo que ayer te hice sentir incómoda.
—No.
—Sí.
Alyssa negó con una sonrisa amable.
—No hiciste nada malo.
Camille dejó un plato sobre la mesa.
Después sonrió.
—Ahora entiendo.
—¿Qué cosa?
Miró discretamente hacia Kaleb.
Él conversaba con Liam.
Pero cada pocos segundos levantaba la vista buscando algo.
O mejor dicho…
A alguien.
Cuando encontró a Alyssa…
Su expresión cambió apenas.
Solo un poco.
Lo suficiente para relajarse.
Después continuó hablando.
Camille volvió a mirar a Alyssa.
—Ahora entiendo por qué no podía dejar de buscarte.
Alyssa sintió que el corazón daba un pequeño salto.
—¿Perdón?
—No te preocupes.
Yo también habría hecho exactamente lo mismo.
—No entiendo.
Camille sonrió con mucha dulzura.
—No soy ciega.
Alyssa bajó inmediatamente la mirada.
—No…
No es lo que piensas.
—¿No?
La joven sonrió con ternura.
—Entonces espero que algún día se den cuenta.
Porque sería una pena que dos personas tan enamoradas siguieran creyendo que solo son amigos.
Alyssa permaneció completamente inmóvil.
Camille tomó el último plato.
Antes de alejarse dijo muy bajito:
—No todos los amores empiezan el día en que la Luna habla.
Algunos…
Empiezan muchos años antes.
⸻
La comida transcurrió entre risas.
Historias.
Música.
Niños corriendo.
Y Ethan intentando convencer a todos de que Elara ya pertenecía oficialmente a Luna de Plata.
—Todavía no se celebra el Juramento —le recordó Liam.
—Detalles administrativos.
—Muy importantes.
—Pero inevitables.
Elara negó divertida.
—No me has preguntado.
Ethan sonrió.
—Porque ya sé la respuesta.
Ella levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Y cuál es?
Ethan tomó suavemente su mano.
—Que donde yo esté…
Tú también vas a querer estar.
Elara negó sonriendo.
—Qué hombre tan confiado.
—Muy.
⸻
Cuando el sol comenzó a ocultarse, Rowan dio unas palmadas.
—¡Fotografía!
Los niños comenzaron a correr hacia la plaza.
Los adultos buscaron su lugar.
Era otra tradición.
Una fotografía cada último verano antes del inicio de clases.
El fotógrafo comenzó a acomodarlos.
—Los más pequeños adelante.
Los ancianos al centro.
Los jóvenes atrás.
Kaleb se colocó, como siempre…
Detrás de Alyssa.
Rowan negó inmediatamente.
—No.
Tú aquí.
Lo tomó del brazo.
Lo movió apenas un paso.
Hasta dejarlo exactamente al lado de Alyssa.
Los hombros quedaron rozándose.
Ella levantó discretamente la vista hacia él.
Kaleb sonrió.
—Así está mejor.
El fotógrafo levantó la cámara.
—No se muevan.
Justo antes del destello…
Kaleb buscó instintivamente la mano de Alyssa.
No la miró.
No pensó.
Simplemente…
La buscó.
Sus dedos encontraron los de ella.
Los entrelazó apenas.
Alyssa volvió ligeramente la cabeza.
Lo miró sorprendida.
Él parecía no haberse dado cuenta siquiera de lo que acababa de hacer.
Solo seguía sonriendo hacia la cámara.
El destello iluminó la plaza.
La fotografía quedó tomada.
Mara observó las manos unidas.
Después miró a Nora.
Las dos sonrieron.
No dijeron absolutamente nada.
⸻
Cuando la celebración terminó y todos comenzaron a guardar las mesas, Rowan llamó a Alyssa.
—Ven un momento.
Ella lo siguió hasta el viejo roble que se encontraba detrás de la casa.
Él llevaba una pequeña caja de madera entre las manos.
Muy sencilla.
Sin adornos.
—¿Qué es?
—Ábrela.
Alyssa levantó lentamente la tapa.
Dentro descansaba un collar de plata.
Muy delicado.
Del colgante colgaba una pequeña hoja de roble.
Perfectamente tallada.
Alyssa levantó la vista.
—Papá…
Rowan sonrió.
—Lo hice yo.
Ella volvió a mirar el collar.
—Es precioso.
—Quería dártelo antes de que empieces la universidad.
Con mucho cuidado lo tomó entre sus manos.
Rowan dio un paso más cerca.
—Escúchame bien.
Alyssa levantó los ojos.
Él sonrió con ese cariño inmenso que siempre reservaba para ella.
—No importa a dónde te lleve la vida algún día.
No importa si estudias en Seattle.
Si viajas.
Si formas una familia.
O si el destino decide llevarte muy lejos de nosotros.
Hizo una pausa.
Después colocó suavemente el collar entre las manos de Alyssa.
—Siempre serás hija de esta casa.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente.
Alyssa dejó la caja sobre el banco más cercano.
Y se lanzó a abrazarlo.
Rowan la recibió con los brazos abiertos.
Como la primera vez.
Como siempre.
La abrazó con tanta fuerza que Alyssa volvió a sentirse aquella niña de cinco años que había despertado aterrada en una cama desconocida.
—Te quiero mucho, papá.
Él cerró los ojos.
—Yo también te quiero…
Hijita.
Muy cerca de allí, sin querer interrumpir, Kaleb había salido de la casa buscando a Rowan.
Se detuvo al ver la escena.
No dijo una sola palabra.
Solo sonrió.
Porque comprendió que el mayor regalo que Rowan y Mara le habían hecho a Alyssa no había sido un techo.
Había sido algo mucho más difícil de encontrar.
Una familia.
Y mientras el viento movía suavemente las hojas del gran roble, ninguno de ellos imaginó que aquella sería la última fotografía, la última celebración del verano y el último collar entregado por las manos de Rowan antes de que el destino decidiera poner a prueba todo aquello que tanto amaban.