Durante años, las familias mafiosas más poderosas han mantenido un frágil equilibrio de poder. Sin embargo, una traición rompe esa paz cuando Noah Salvatore, el estratega de una organización rival, es entregado a Adrián De Luca, el temido líder de la mafia Cuervo Negro.
Todos esperan una ejecución inmediata. Adrián, en cambio, decide mantener con vida a aquel hombre de mirada desafiante que parece esconder secretos capaces de destruir el imperio criminal de la ciudad.
Obligados a colaborar para sobrevivir, la desconfianza pronto se convierte en respeto, el respeto en deseo y el deseo en un amor tan peligroso como la guerra que amenaza con consumirlos. Pero en el mundo de la mafia, amar a la persona equivocada puede costar la vida.
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Capítulo 17: El guardián de los recuerdos
La fotografía cayó sobre la vieja mesa de madera.
Noah la recogió con manos temblorosas.
No podía apartar la vista del hombre de ojos ámbar.
Su sonrisa era cálida.
Amable.
La de alguien incapaz de hacer daño.
Y, sin embargo...
Era el mismo hombre que aparecía detrás de la máscara del líder de la Orden Carmesí.
—Lo recuerdo... —susurró Noah.
Adrián levantó la vista de inmediato.
—¿Qué dijiste?
Noah cerró los ojos.
Fragmentos de su infancia comenzaron a regresar.
Un jardín cubierto de flores.
Él y Adrián corriendo entre los árboles.
Y aquel hombre levantándolos en brazos mientras reía.
—Nos llamaba "sus pequeños cuervos".
Adrián sintió un fuerte dolor de cabeza.
De pronto, otro recuerdo apareció.
El mismo hombre enseñándole a jugar ajedrez.
Corrigiendo su postura al sostener un arma de juguete.
Sonriendo con orgullo cuando resolvía un acertijo.
—Nos crió durante un tiempo...
Los dos se miraron al mismo tiempo.
No era posible.
¿Cómo podía alguien que había cuidado de ellos convertirse en el responsable de tantas muertes?
Mientras seguían inspeccionando la casa, Noah encontró una puerta oculta detrás de una estantería.
—Adrián...
Él se acercó inmediatamente.
Empujaron el mueble entre ambos.
Detrás apareció una escalera de piedra que descendía hacia un sótano.
El aire estaba cargado de humedad.
Las paredes estaban cubiertas por fotografías.
Había cientos.
No.
Miles.
Fotografías de Adrián y Noah desde que eran niños.
Jugando.
Estudiando.
Durmiendo.
Celebrando cumpleaños.
Incluso había imágenes recientes.
Noah en la mansión De Luca.
Adrián durante reuniones.
El beso que compartieron en la cámara subterránea.
Noah sintió un escalofrío.
—Nos han observado toda la vida...
Adrián apretó los puños.
—Esto significa que siempre estuvieron cerca.
Al fondo del sótano había un escritorio antiguo.
Sobre él descansaba un viejo proyector.
Cuando Noah presionó el botón de encendido, la máquina comenzó a funcionar.
Una imagen apareció sobre la pared.
Era un video.
El mismo hombre de ojos ámbar apareció sonriendo.
Ya no llevaba máscara.
Su voz sonaba tranquila.
—Si están viendo esta grabación, significa que finalmente encontraron esta casa.
Adrián dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
Como si pudiera escucharlo, el hombre respondió.
—Mi nombre es Gabriel Armand.
—Fui amigo de sus padres.
—Y durante algunos años... también fui el hombre que más los quiso.
Noah sintió un nudo en la garganta.
Gabriel continuó.
—Nunca quise convertirme en su enemigo.
Pero el Círculo de los Trece tomó una decisión imperdonable.
Eligieron el poder antes que a sus familias.
Eligieron sacrificar inocentes para conservar el equilibrio entre las mafias.
Yo me negué.
Y por eso me llamaron traidor.
Adrián negó lentamente.
—Está mintiendo...
Gabriel sonrió con tristeza.
—Eso mismo pensé de sus padres durante mucho tiempo.
Hasta que descubrí que ellos también intentaban detener aquella locura.
Pero ya era demasiado tarde.
La grabación terminó de repente.
Noah permanecía inmóvil.
Todo era cada vez más confuso.
¿Y si Gabriel decía la verdad?
¿Y si la historia que conocían estaba incompleta?
Adrián rompió el silencio.
—No importa lo que diga.
Ha asesinado demasiadas personas.
Eso no tiene justificación.
Noah asintió.
—Lo encontraremos.
Pero antes de que pudieran salir del sótano...
Escucharon un lento aplauso.
Los dos giraron al mismo tiempo.
Un hombre estaba de pie al final del pasillo.
Vestía un elegante abrigo negro.
Su cabello era gris.
Y sus ojos...
Ámbar.
No llevaba máscara.
Sonreía con serenidad.
—Han crecido mucho.
Noah dio un paso atrás.
La voz.
Era la misma.
—Gabriel...
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Me alegra que aún recuerdes mi nombre.
Adrián desenfundó su pistola de inmediato.
—¡No te muevas!
Gabriel no mostró miedo.
Al contrario.
Sonrió.
—Sabía que reaccionarías así.
Adrián apuntó directamente a su pecho.
—Se acabó.
Gabriel observó el arma.
Luego levantó lentamente las manos.
—Si quieres disparar...
Hazlo.
Pero antes...
Mira detrás de ti.
Noah giró por instinto.
No había nadie.
Solo una pequeña caja de madera que antes no estaba allí.
Al abrirla encontró un medallón de plata.
En su interior había una fotografía diminuta.
Aparecían Gabriel, los padres de Adrián y Noah...
Y una mujer desconocida sosteniendo a dos bebés recién nacidos.
En el reverso del medallón estaba grabada una frase:
"La verdad siempre tiene dos rostros."
Cuando Noah volvió a levantar la cabeza...
Gabriel había desaparecido.
Solo quedó el eco de su voz resonando en el sótano.
—Nos volveremos a encontrar... y ese día tendrán que decidir en quién creen realmente.
Adrián bajó lentamente el arma.
Por primera vez desde que comenzó aquella guerra...
No estaba seguro de quién decía la verdad.
Y esa duda era mucho más peligrosa que cualquier bala.
Continuará...