Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo XI El precio de la venganza
El cielo sobre el cementerio estaba cubierto por un manto de nubes cenizas que amenazaban con una lluvia pesada. Entre el aroma a flores cortadas y la tierra húmeda, el ataúd de madera oscura descansaba frente a una fosa abierta. La ceremonia era pequeña, desoladora. No había allí rastros de la opulencia o la falsa aristocracia que solía rodear a los Villaseñor; solo quedaban los restos de una familia desmantelada por la ruina económica y aplastada por la peor de las tragedias.
Ismael permanecía de pie al borde de la tumba, con la mirada clavada en la madera pulida donde yacía lo único puro que le quedaba en la vida. Tenía los ojos inyectados en sangre, los puños tan fuertemente apretados que las uñas se le clavaban en la carne y la mandíbula tensa por un llanto contenido que amenazaba con desgarrarle la garganta. A su lado, su padre parecía un fantasma quebrantado, un anciano vaciado de todo orgullo que ni siquiera podía sostenerse en pie sin apoyarse en el hombro de Samanta, quien lloraba en silencio y desconsoladamente.
Fue entonces cuando el murmullo de los escasos asistentes cesó de golpe. Un escalofrío helado recorrió la espalda de Ismael antes de que se girara para mirar.
A varios metros de distancia, al final del sendero de piedra, una figura solitaria vestida de negro impecable se abría paso. Era Vincet Vane. Tenía el rostro sin expresión, pero cubría la mirada detrás de unos lentes oscuros y densos. Nadie más podía notarlo, pero detrás de ese cristal negro se escondían unos ojos devastados por tres noches enteras sin dormir, surcados por venas rojas y enmarcados por ojeras profundas. Vincet llevaba el alma hecha un desierto; la culpa lo devoraba vivo en un tormento silencioso que le impedía articular palabra o respirar con normalidad.
La presencia de Vincet en el funeral de Ester fue como arrojar gasolina sobre una pira encendida.
La sangre de Ismael hirvió con un frenesí salvaje. Ignorando el dolor en su cuerpo y las súplicas de Samanta, avanzó a pasos agigantados hacia Vincet. No hubo advertencias ni vacilaciones. Ismael se abalanzó sobre él y lo tomó con violencia por solapas del traje, sacudiéndolo con una furia desesperada.
—¡¿Qué demonios haces aquí?! —rugió Ismael, con la voz rota y distorsionada por la rabia y el llanto—. ¡¿Cómo te atreves a poner un solo pie en el lugar donde descansa mi hermana, maldito monstruo?! ¡Mírala! ¡Mira lo que hiciste!
Vincet no hizo el menor intento de defenderse. No levantó los puños, no llamó a su seguridad, no retrocedió un solo centímetro. Se dejó sacudir como un muñeco de trapo, soportando el peso de la furia de Ismael como un criminal que espera la sentencia de muerte. Su respiración era pesada, ahogada detrás de los cristales oscuros.
—¡Ella no tenía nada que ver con nuestro pasado! —gritó Ismael, clavando sus dedos en la tela del traje de Vincet mientras las lágrimas finalmente brotaban sin control por sus mejillas—. ¡Ella era inocente, Vane! ¡Ester solo sabía amar, solo sabía confiar! ¡Tú la destruiste, tú la empujaste a ese precipicio, tú le arrancaste la vida!
Un silencio sepulcral se apoderó del cementerio. Solo se escuchaba el jadeo violento de Ismael y el viento frío golpeando los árboles. Ismael pegó su rostro al de Vincet, tan cerca que podía sentir el temblor casi imperceptible en los labios del hombre que había destruido a su estirpe. Fue en ese segundo de cercanía brutal cuando Ismael comprendió la verdad. Vio la rigidez del cuerpo de Vincet, el aura de muerte que lo rodeaba y la lágrima solitaria que se deslizaba por debajo del marco del lente oscuro.
Ismael soltó una carcajada amarga, carente de cualquier atisbo de alegría, una risa que sonaba a pura tragedia.
—Mírate... —susurró Ismael, soltándolo bruscamente con un empujón que hizo tambalear a Vincet—. Mírate, pedazo de basura. Creíste que habías ganado, ¿verdad? Creíste que con quitarnos el dinero y la casa nos habías destruido por completo... Y sí, nos destruiste. Nos quitaste lo más preciado de nuestras vidas, nos dejaste en la absoluta nada.
Ismael dio un paso más hacia él, señalándolo con un dedo tembloroso, mientras su voz retumbaba en el aire como una maldición eterna.
—¡Pero tú también te destruiste, Vane! ¡Tú estás sufriendo exactamente igual o peor que nosotros! Porque la mataste, Vincet... ¡Tú provocaste la muerte de la única mujer que lograste amar en esta maldita vida!
Las palabras cayeron sobre Vincet como dagas al rojo vivo, perforando la última capa de la armadura que le quedaba. Detrás de los lentes oscuros, sus ojos se cerraron con un dolor agónico. El aire se negó a entrar en sus pulmones.
—Pensaste que estabas cobrando una deuda del pasado —continuó Ismael, ahogándose en su propia rabia y dolor—, pero ahora tendrás que vivir cada segundo de tu miserable existencia sabiendo que el verdugo de Ester fuiste tú. Cada vez que cierres los ojos, verás su rostro. Cada vez que escuches el mar, recordarás la explosión. ¡Nosotros perdimos a una hermana, pero tú te convertiste en el asesino de tu propia alma! ¡Vete al diablo!
Ismael no lo golpeó. Sabía que un golpe físico sería una misericordia que Vincet no merecía. En lugar de eso, le dio la espalda con desprecio y caminó de regreso a la fosa, desplomándose sobre sus rodillas junto al ataúd para llorar desconsoladamente el nombre de su hermana.
Vincet permaneció inmóvil en medio del sendero, sintiendo el peso de la mirada condenatoria de los pocos presentes. Sin decir una sola palabra, sin capacidad para articular respuesta alguna porque la garganta se le había cerrado en un nudo de hiedra y espinas, dio media vuelta.
Caminó hacia su auto bajo los primeros goterones de una lluvia helada, sabiendo que Ismael tenía razón: la venganza había terminado, pero él estaba muerto en vida.
Gracias querida escritora por tan hermosa historia 💕Felicidades 💕
Al final supieron renacer como pareja